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Emisión: 14 Diciembre 2005
Música:
Michel Portal, P.A.F., Biréli Lagrène, Terence Blanchard, Marcelo Mercadante, Ramón López, Arto Tunçboyaciyan y Louis Sclavis
Título:
Universitario

 

Ha llegado el sábado. Sabe que tiene que estudiar, no tanto porque quiera hacerlo si no porque sus padres dedicaron años de trabajo para que él pudiera estar allí, en esa universidad de prestigio, lejos de casa, aprendiendo lo que quizá ellos nunca tuvieron la oportunidad de aprender. Pero no sólo por eso. También están los exámenes que en apenas un mes comenzarán para su desesperación. Quizá entre sus motivos para estudiar se encuentre la vocación, que esa fuera la carrera que él eligió porque de ella saldría su dedicación vital a partir de ese punto de su vida, pero si ese era un punto a favor del estudio, los motivos no los recuerda este sábado.

Ha llegado el sábado y se acuerda que la semana empezó muy bien. No tanto por lo que algún profesor le contara en clase, que no recuerda muy bien si fue historia o ética, si no porque el compañero de piso de un amigo de su compañero de piso cumplía años. Y a pesar de que fuera lunes, a pesar de que la mañana siguiente llegara demasiado pronto, la excusa era perfecta para prolongar el anterior fin de semana. ¡Qué demonios! Bastante duro era tener que soportar que fuera lunes como para no permitirse el pequeño placer de una buena cena con alcohol en compañía de otros y otras como él, jóvenes estudiantes cuyo futuro profesional depende en gran medida de lo que estudien esos cuatro o cinco años de carrera. Pero, ¿qué era una noche dentro de sus cuatro o cinco años de carrera? ¿Acaso iba a importar demasiado al final de su vida universitaria que aquel lunes bebiera un poco más de la cuenta o flirteara con alguna de las invitadas al festín? No, imposible que unas cuantas horas supusieran toda una vida. Así que recuerda que las aprovechó bien porque el alcohol excesivo era, por fin, alcohol de primera categoría. Era cojonudo el vino tinto “Ribera del Duero” que trajo alguien cuyo nombre ya no recuerda. Era la polla el blanco de Galicia que trajo alguien que, sí, debía ser de Galicia pero al ser gallego su nombre le resultó algo complicado como para recordarlo. Y, ¿qué decir de ese ron canario de primera? No recuerda haber tomado ninguno mejor en su vida. Y mira que a él le gusta el ron, pero a partir de entonces, y siempre que la cartera subvencionada por sus padres lo permitiera, iba a pedir ese mismo allá donde fuera. Y no deberíamos obviar esa cerveza de importación que el alumno con beca “Erasmus” había llevado para ganarse la admiración de los allí presentes.

De todo aquello bebió esa noche. Pero que fuera alcohol de primera categoría no impidió la terrible resaca posterior que descubrió al amanecer en cama ajena al lado de una chica de su carrera. Una chica poco agraciada ante sus ojos, y que recordó entonces llevaba tiempo intentando conquistarle. Pero ya habría tiempo de solucionar el problema. Al fin y al cabo el dolor de cabeza de la resaca ocupaba todas y cada una de sus neuronas que a esas horas, las horas en que debía ya haber ido a clase, se debatían todavía entre el agotamiento alcohólico y la necesidad del sueño. Se inclinaron un rato más por lo segundo seducidas por lo primero.

Amaneció ese martes a mediodía. Fue ella la que se levantó de la cama y le despertó con un beso en la mejilla. Cuando abrió los ojos, el gesto somnoliento de su cara cambió su dibujo por el de la decepción. A pesar de que ella fue todo lo amable que puede ser una amante enamorada, igualmente resacosa, que ha de comunicarle a su deseado amado que debe levantarse porque tiene que irse en veinte minutos, él le devolvió un gruñido por respuesta. Se había levantado desnudo y se había vestido lo más rápido que había podido, dada su limitada respuesta física momentánea, mientras ella sonreía y le pedía hablar de lo que había pasado aquella noche. O al menos eso cree recordar, ya que le seguía doliendo la cabeza como nunca y su pensamiento estaba únicamente centrado en la droga médica que contenía el botiquín que le aguardaba en el baño de su casa que, entonces, no sabía si estaba cerca o lejos de la cama de la que se acababa de levantar. Una vez se hubo vestido, salió bruscamente de la casa ajena con un portazo precedido por dos únicas palabras: “ya hablaremos”.

Recuerda el alivio que sintió al salir a la calle. La casa de ella estaba sólo a cinco minutos de la suya. Es decir, la droga, y el botiquín que la contenía, estaba muy cerca de su mano primero, su boca después, y su estómago un poco más tarde. Llegó, la ingirió y se metió en la cama. “No, hoy no como”, fue lo último que recuerda haberle dicho a uno de sus compañeros de piso. Al único de los cuatro compañeros que se quedó durmiendo el lunes por la noche en su cama y que acababa de volver de la universidad.

Recuerda que era de noche cuando amaneció por tercera vez aquel martes. Recuerda que había cambiado el dolor de cabeza por la desorientación horaria de quien despierta de una siesta excesiva. No ha olvidado que recibió una llamada de ella, la chica poco agraciada ante sus ojos, que le pidió que quedaran a tomar un café aquella tarde. Él encontró en el estudio la excusa perfecta para evitar un cara a cara, pero la excusa fue imperfecta cuando ella le vio una hora después en una cafetería del barrio tomándose una infusión con uno de sus compañeros de piso, el único que había comido y el único que había ido a clase aquella mañana y parte de la tarde. Su mentira, lejos de ser piadosa, había agravado la necesaria conversación con ella además de, como se temió unos minutos después de verse descubierto, empeorado su imagen ante el resto de compañeras de carrera. Y eso sí le preocupaba, ya que la morena y algo entrada en carnes, aunque seductora, joven que cada día ocupaba el lateral derecho de la fila octava de su clase, le gustaba y era probable que su metedura de pata de aquella noche llegara a sus oídos y dificultara su ya de por sí difícil posible relación con ella. Había intentado hablar con su conquista nocturna al ser descubierto, pero ésta había salido corriendo del local sin pagar su consumición, que él pagó para evitar que el camarero saliera tras ella como él estuvo tentado de hacer.

La tarea pendiente, y no precisamente relacionada con los estudios, la tuvo que afrontar el miércoles por la mañana. Acudió a la primera de las clases matinales, pero aprovechó el descanso entre una y otra hora para coger del brazo a la conquista nocturna del lunes e invitarla a una charla de reconciliación y aclaración de situaciones en la cafetería de la facultad. A ella habían llegado, no sin dedicar dos o tres minutos a tratar de convencer a la joven de que él no era tan cabrón y que todo tenía su explicación. La explicación se extendió por espacio de un par de horas tras las que su imagen quizá había mejorado, pero no tanto por las explicaciones persuasivas que él había preparado durante la primera hora de clase, si no porque terminó invitándole a ella a ver una película aquella tarde en el cine. Cuando llegó a casa dividió el esfuerzo de sus neuronas entre la labor de cocinar, que le correspondía según el calendario de obligaciones establecido entre los cuatro compañeros de piso, y la labor de descifrar cómo había terminado invitándole al cine si, esa chica, no le gustaba ni lo más mínimo. ¿Quizá por pena? ¿Por intentar acabar con ella en su cama de nuevo para saciar su dependencia hormonal? El caso es que su tarde de estudio fue para el cine y para después de él zanjar su error con ella, que acabó mandándole a tomar por culo. Una reacción que a él le pareció lógica, dado su comportamiento, pero mal resultado después de los esfuerzos invertidos en tratar de mejorar su imagen.

El jueves comenzó demasiado pronto. Eran las cinco de la mañana cuando su despertador interrumpió el acto sexual que mantenía con Sandra Bullock. Además de para descubrir si su despertador conocía aquellas cifras, el motivo por el cual se levantó tan temprano fue acabar un trabajo que debía presentar aquel jueves y que había dejado incompleto desde hacía una semana. Eso hizo, aunque no tuvo demasiado tiempo para repasar lo escrito, así que cruzó los dedos y esperó no haber cambiado demasiadas bes por uves.

La primera clase, la de las ocho y media de la mañana, la soportó bastante bien aunque la acabó viviendo entrecortada por la frenética actividad de sus pesados párpados. Decidió faltar a la segunda hora para ver si un buen café en la cafetería de la facultad le ayudaba a sobrellevar mejor la jornada. Se había prometido a sí mismo acudir a la tercera hora, la segunda de Historia aquella semana, pero su promesa la incumplió por un buen motivo. La morena y algo entrada en carnes, aunque seductora, joven que cada día ocupaba el lateral derecho de la fila octava de su clase entró en la semivacía estancia y se dirigió a él insinuante. “Qué, ¿tampoco tu vas a clase?”. Esas palabras precedieron a una larga conversación que acabó con la cita programada de ambos para aquella noche en la zona de movida universitaria. La euforia le desbordaba, pero no hasta el punto de hacerle perder el sueño. Es decir, que el madrugón de las cinco de la mañana le seguía pasando factura, así que decidió no acudir aquella tarde a la facultad y quedarse en casa durmiendo para poder cumplir como debía aquella noche con la cita de sus sueños, con la morena y algo entrada en carnes, aunque seductora, joven que cada día ocupaba el lateral derecho de la fila octava de su clase, que no con Sandra Bullock.

Despertó con el olor de la cena de uno de sus compañeros de piso, se duchó, acicaló, cenó y vio un rato la televisión antes de salir nervioso e ilusionado camino de su cita más deseada. Llegó al lugar acordado, una fuente en la que todo el mundo solía citarse, a la hora establecida. Obviamente, al menos para él, ella todavía no había llegado. Pensó que estaría poniéndose guapa y que por ello llegaría cinco o seis minutos tarde. Aprovechó para encender un cigarrillo, para mirar repetidamente su teléfono móvil por si ella le hacía llegar algún mensaje de aviso por tardanza y para leer el folleto promocional de una discoteca que una adolescente aleccionada le había dado en mano. No tenía mal aspecto aquel lugar. Quizá acabara con ella bailando a altas horas de la madrugada antes de acostarse por primera vez con ella.

Pasaron los minutos y la suma de los mismo fue algo más allá de los cinco o seis previstos. Pasaban veinte y nada. No aparecía por ninguno de los accesos a aquella plaza con fuente. Hasta que una joven, que reconoció de su clase, se le acercó, saludó y le dio en mano una carta que él abrió mientras ella se alejaba sin mediar más palabras. La abrió ansioso y se quedó paralizado. Un único folio ocupaba el sobre. Un folio en el que predominaba el blanco para hacer más presente la única palabra, en color rosa fucsia, que le dirigía un claro mensaje con dos firmas. Las de ella, la morena y algo entrada en carnes, aunque seductora, joven que cada día ocupaba el lateral derecho de la fila octava de su clase, y la de ella, la chica poco agraciada ante sus ojos con la que se había acostado la noche del lunes, metido la pata el martes y cubierto de gloria el miércoles. “Jódete”, pudo leer.

La humillación seguía presente en su cabeza al sonar el despertador la mañana del viernes. Lo apagó y tiró al suelo con violencia para impedir que volviera a recordarle diez minutos después que era hora de volver a la realidad. En realidad la realidad se había hecho presente a lo largo de toda su noche de insomnio, que trató de combatir con alguna serie de televisión a la que no prestó demasiada atención. Pero a pesar del intento de su despertador no estaba dispuesto a acudir aquella mañana a clase. Sabía lo humillante que podía ser llegar y ser objeto de todas las miradas indiscretas que, deducía, conocerían ya a esas horas su historia. Pero, ¿cómo había llegado a saber ella, la morena y algo entrada en carnes, aunque seductora, joven que cada día ocupaba el lateral derecho de la fila octava de su clase, que a él le gustaba? Se lo preguntaba porque sólo dos o tres personas de su confianza, quizá ya no a partir de entonces, sabían aquello. En el fondo sabía que lo mejor era ir a clase para dar la cara, para mostrar que su orgullo no podía verse herido tan fácilmente, pero el sueño por fin había llegado con las primeras horas del sol y vencido a la humillación que le impedía pegar ojo.

Permaneció todo el día en casa. La mañana durmiendo. Y la tarde viendo una película que pasaban por la televisión. Aquella noche no saldría. Era demasiado arriesgado para su herida estima y, además, en la televisión ponían su programa favorito de aquel año, un concurso en el que famosos mostraban sus dotes para la canción. Patético, pensaba, pero le enganchaba hasta el punto de grabárselo cada viernes que salía por la noche. Y así, permaneció hundido en el sofá frente al televisor hasta que hubo terminado el concurso y el sueño de la pereza le invadió y encaminó a la cama de nuevo.

Y así, igualmente sentado, más bien hundido en el sofá y frente al televisor, le tenemos esta mañana de sábado. Sin ducharse todavía, con el desayuno sobre la mesa del salón sin recoger y zapeando por los diversos canales de televisión hasta que encuentra una película. Decide engancharse a ella. Puede ser una manera de seguir evadiéndose mentalmente. De evitar recordar todas las meteduras de pata de la semana. Parece una película sobre universitarios. Aparece en pantalla quien debe de ser el director de la universidad dirigiéndose a un auditorio lleno de alumnos. Y les está arengando. “Vosotros, sois el futuro de nuestra sociedad”.
 

Carlos Pérez Cruz