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Ha llegado el sábado.
Sabe que tiene que estudiar, no tanto porque quiera hacerlo si
no porque sus padres dedicaron años de trabajo para que él
pudiera estar allí, en esa universidad de prestigio, lejos de
casa, aprendiendo lo que quizá ellos nunca tuvieron la
oportunidad de aprender. Pero no sólo por eso. También están los
exámenes que en apenas un mes comenzarán para su desesperación.
Quizá entre sus motivos para estudiar se encuentre la vocación,
que esa fuera la carrera que él eligió porque de ella saldría su
dedicación vital a partir de ese punto de su vida, pero si ese
era un punto a favor del estudio, los motivos no los recuerda
este sábado.
Ha llegado el sábado y se acuerda que la semana empezó muy bien.
No tanto por lo que algún profesor le contara en clase, que no
recuerda muy bien si fue historia o ética, si no porque el
compañero de piso de un amigo de su compañero de piso cumplía
años. Y a pesar de que fuera lunes, a pesar de que la mañana
siguiente llegara demasiado pronto, la excusa era perfecta para
prolongar el anterior fin de semana. ¡Qué demonios! Bastante
duro era tener que soportar que fuera lunes como para no
permitirse el pequeño placer de una buena cena con alcohol en
compañía de otros y otras como él, jóvenes estudiantes cuyo
futuro profesional depende en gran medida de lo que estudien
esos cuatro o cinco años de carrera. Pero, ¿qué era una noche
dentro de sus cuatro o cinco años de carrera? ¿Acaso iba a
importar demasiado al final de su vida universitaria que aquel
lunes bebiera un poco más de la cuenta o flirteara con alguna de
las invitadas al festín? No, imposible que unas cuantas horas
supusieran toda una vida. Así que recuerda que las aprovechó
bien porque el alcohol excesivo era, por fin, alcohol de primera
categoría. Era cojonudo el vino tinto “Ribera del Duero” que
trajo alguien cuyo nombre ya no recuerda. Era la polla el blanco
de Galicia que trajo alguien que, sí, debía ser de Galicia pero
al ser gallego su nombre le resultó algo complicado como para
recordarlo. Y, ¿qué decir de ese ron canario de primera? No
recuerda haber tomado ninguno mejor en su vida. Y mira que a él
le gusta el ron, pero a partir de entonces, y siempre que la
cartera subvencionada por sus padres lo permitiera, iba a pedir
ese mismo allá donde fuera. Y no deberíamos obviar esa cerveza
de importación que el alumno con beca “Erasmus” había llevado
para ganarse la admiración de los allí presentes.
De todo aquello bebió esa noche. Pero que fuera alcohol de
primera categoría no impidió la terrible resaca posterior que
descubrió al amanecer en cama ajena al lado de una chica de su
carrera. Una chica poco agraciada ante sus ojos, y que recordó
entonces llevaba tiempo intentando conquistarle. Pero ya habría
tiempo de solucionar el problema. Al fin y al cabo el dolor de
cabeza de la resaca ocupaba todas y cada una de sus neuronas que
a esas horas, las horas en que debía ya haber ido a clase, se
debatían todavía entre el agotamiento alcohólico y la necesidad
del sueño. Se inclinaron un rato más por lo segundo seducidas
por lo primero.
Amaneció ese martes a mediodía. Fue ella la que se levantó de la
cama y le despertó con un beso en la mejilla. Cuando abrió los
ojos, el gesto somnoliento de su cara cambió su dibujo por el de
la decepción. A pesar de que ella fue todo lo amable que puede
ser una amante enamorada, igualmente resacosa, que ha de
comunicarle a su deseado amado que debe levantarse porque tiene
que irse en veinte minutos, él le devolvió un gruñido por
respuesta. Se había levantado desnudo y se había vestido lo más
rápido que había podido, dada su limitada respuesta física
momentánea, mientras ella sonreía y le pedía hablar de lo que
había pasado aquella noche. O al menos eso cree recordar, ya que
le seguía doliendo la cabeza como nunca y su pensamiento estaba
únicamente centrado en la droga médica que contenía el botiquín
que le aguardaba en el baño de su casa que, entonces, no sabía
si estaba cerca o lejos de la cama de la que se acababa de
levantar. Una vez se hubo vestido, salió bruscamente de la casa
ajena con un portazo precedido por dos únicas palabras: “ya
hablaremos”.
Recuerda el alivio que sintió al salir a la calle. La casa de
ella estaba sólo a cinco minutos de la suya. Es decir, la droga,
y el botiquín que la contenía, estaba muy cerca de su mano
primero, su boca después, y su estómago un poco más tarde.
Llegó, la ingirió y se metió en la cama. “No, hoy no como”, fue
lo último que recuerda haberle dicho a uno de sus compañeros de
piso. Al único de los cuatro compañeros que se quedó durmiendo
el lunes por la noche en su cama y que acababa de volver de la
universidad.
Recuerda que era de noche cuando amaneció por tercera vez aquel
martes. Recuerda que había cambiado el dolor de cabeza por la
desorientación horaria de quien despierta de una siesta
excesiva. No ha olvidado que recibió una llamada de ella, la
chica poco agraciada ante sus ojos, que le pidió que quedaran a
tomar un café aquella tarde. Él encontró en el estudio la excusa
perfecta para evitar un cara a cara, pero la excusa fue
imperfecta cuando ella le vio una hora después en una cafetería
del barrio tomándose una infusión con uno de sus compañeros de
piso, el único que había comido y el único que había ido a clase
aquella mañana y parte de la tarde. Su mentira, lejos de ser
piadosa, había agravado la necesaria conversación con ella
además de, como se temió unos minutos después de verse
descubierto, empeorado su imagen ante el resto de compañeras de
carrera. Y eso sí le preocupaba, ya que la morena y algo entrada
en carnes, aunque seductora, joven que cada día ocupaba el
lateral derecho de la fila octava de su clase, le gustaba y era
probable que su metedura de pata de aquella noche llegara a sus
oídos y dificultara su ya de por sí difícil posible relación con
ella. Había intentado hablar con su conquista nocturna al ser
descubierto, pero ésta había salido corriendo del local sin
pagar su consumición, que él pagó para evitar que el camarero
saliera tras ella como él estuvo tentado de hacer.
La tarea pendiente, y no precisamente relacionada con los
estudios, la tuvo que afrontar el miércoles por la mañana.
Acudió a la primera de las clases matinales, pero aprovechó el
descanso entre una y otra hora para coger del brazo a la
conquista nocturna del lunes e invitarla a una charla de
reconciliación y aclaración de situaciones en la cafetería de la
facultad. A ella habían llegado, no sin dedicar dos o tres
minutos a tratar de convencer a la joven de que él no era tan
cabrón y que todo tenía su explicación. La explicación se
extendió por espacio de un par de horas tras las que su imagen
quizá había mejorado, pero no tanto por las explicaciones
persuasivas que él había preparado durante la primera hora de
clase, si no porque terminó invitándole a ella a ver una
película aquella tarde en el cine. Cuando llegó a casa dividió
el esfuerzo de sus neuronas entre la labor de cocinar, que le
correspondía según el calendario de obligaciones establecido
entre los cuatro compañeros de piso, y la labor de descifrar
cómo había terminado invitándole al cine si, esa chica, no le
gustaba ni lo más mínimo. ¿Quizá por pena? ¿Por intentar acabar
con ella en su cama de nuevo para saciar su dependencia
hormonal? El caso es que su tarde de estudio fue para el cine y
para después de él zanjar su error con ella, que acabó
mandándole a tomar por culo. Una reacción que a él le pareció
lógica, dado su comportamiento, pero mal resultado después de
los esfuerzos invertidos en tratar de mejorar su imagen.
El jueves comenzó demasiado pronto. Eran las cinco de la mañana
cuando su despertador interrumpió el acto sexual que mantenía
con Sandra Bullock. Además de para descubrir si su despertador
conocía aquellas cifras, el motivo por el cual se levantó tan
temprano fue acabar un trabajo que debía presentar aquel jueves
y que había dejado incompleto desde hacía una semana. Eso hizo,
aunque no tuvo demasiado tiempo para repasar lo escrito, así que
cruzó los dedos y esperó no haber cambiado demasiadas bes por
uves.
La primera clase, la de las ocho y media de la mañana, la
soportó bastante bien aunque la acabó viviendo entrecortada por
la frenética actividad de sus pesados párpados. Decidió faltar a
la segunda hora para ver si un buen café en la cafetería de la
facultad le ayudaba a sobrellevar mejor la jornada. Se había
prometido a sí mismo acudir a la tercera hora, la segunda de
Historia aquella semana, pero su promesa la incumplió por un
buen motivo. La morena y algo entrada en carnes, aunque
seductora, joven que cada día ocupaba el lateral derecho de la
fila octava de su clase entró en la semivacía estancia y se
dirigió a él insinuante. “Qué, ¿tampoco tu vas a clase?”. Esas
palabras precedieron a una larga conversación que acabó con la
cita programada de ambos para aquella noche en la zona de movida
universitaria. La euforia le desbordaba, pero no hasta el punto
de hacerle perder el sueño. Es decir, que el madrugón de las
cinco de la mañana le seguía pasando factura, así que decidió no
acudir aquella tarde a la facultad y quedarse en casa durmiendo
para poder cumplir como debía aquella noche con la cita de sus
sueños, con la morena y algo entrada en carnes, aunque
seductora, joven que cada día ocupaba el lateral derecho de la
fila octava de su clase, que no con Sandra Bullock.
Despertó con el olor de la cena de uno de sus compañeros de
piso, se duchó, acicaló, cenó y vio un rato la televisión antes
de salir nervioso e ilusionado camino de su cita más deseada.
Llegó al lugar acordado, una fuente en la que todo el mundo
solía citarse, a la hora establecida. Obviamente, al menos para
él, ella todavía no había llegado. Pensó que estaría poniéndose
guapa y que por ello llegaría cinco o seis minutos tarde.
Aprovechó para encender un cigarrillo, para mirar repetidamente
su teléfono móvil por si ella le hacía llegar algún mensaje de
aviso por tardanza y para leer el folleto promocional de una
discoteca que una adolescente aleccionada le había dado en mano.
No tenía mal aspecto aquel lugar. Quizá acabara con ella
bailando a altas horas de la madrugada antes de acostarse por
primera vez con ella.
Pasaron los minutos y la suma de los mismo fue algo más allá de
los cinco o seis previstos. Pasaban veinte y nada. No aparecía
por ninguno de los accesos a aquella plaza con fuente. Hasta que
una joven, que reconoció de su clase, se le acercó, saludó y le
dio en mano una carta que él abrió mientras ella se alejaba sin
mediar más palabras. La abrió ansioso y se quedó paralizado. Un
único folio ocupaba el sobre. Un folio en el que predominaba el
blanco para hacer más presente la única palabra, en color rosa
fucsia, que le dirigía un claro mensaje con dos firmas. Las de
ella, la morena y algo entrada en carnes, aunque seductora,
joven que cada día ocupaba el lateral derecho de la fila octava
de su clase, y la de ella, la chica poco agraciada ante sus ojos
con la que se había acostado la noche del lunes, metido la pata
el martes y cubierto de gloria el miércoles. “Jódete”, pudo
leer.
La humillación seguía presente en su cabeza al sonar el
despertador la mañana del viernes. Lo apagó y tiró al suelo con
violencia para impedir que volviera a recordarle diez minutos
después que era hora de volver a la realidad. En realidad la
realidad se había hecho presente a lo largo de toda su noche de
insomnio, que trató de combatir con alguna serie de televisión a
la que no prestó demasiada atención. Pero a pesar del intento de
su despertador no estaba dispuesto a acudir aquella mañana a
clase. Sabía lo humillante que podía ser llegar y ser objeto de
todas las miradas indiscretas que, deducía, conocerían ya a esas
horas su historia. Pero, ¿cómo había llegado a saber ella, la
morena y algo entrada en carnes, aunque seductora, joven que
cada día ocupaba el lateral derecho de la fila octava de su
clase, que a él le gustaba? Se lo preguntaba porque sólo dos o
tres personas de su confianza, quizá ya no a partir de entonces,
sabían aquello. En el fondo sabía que lo mejor era ir a clase
para dar la cara, para mostrar que su orgullo no podía verse
herido tan fácilmente, pero el sueño por fin había llegado con
las primeras horas del sol y vencido a la humillación que le
impedía pegar ojo.
Permaneció todo el día en casa. La mañana durmiendo. Y la tarde
viendo una película que pasaban por la televisión. Aquella noche
no saldría. Era demasiado arriesgado para su herida estima y,
además, en la televisión ponían su programa favorito de aquel
año, un concurso en el que famosos mostraban sus dotes para la
canción. Patético, pensaba, pero le enganchaba hasta el punto de
grabárselo cada viernes que salía por la noche. Y así,
permaneció hundido en el sofá frente al televisor hasta que hubo
terminado el concurso y el sueño de la pereza le invadió y
encaminó a la cama de nuevo.
Y así, igualmente sentado, más bien hundido en el sofá y frente
al televisor, le tenemos esta mañana de sábado. Sin ducharse
todavía, con el desayuno sobre la mesa del salón sin recoger y
zapeando por los diversos canales de televisión hasta que
encuentra una película. Decide engancharse a ella. Puede ser una
manera de seguir evadiéndose mentalmente. De evitar recordar
todas las meteduras de pata de la semana. Parece una película
sobre universitarios. Aparece en pantalla quien debe de ser el
director de la universidad dirigiéndose a un auditorio lleno de
alumnos. Y les está arengando. “Vosotros, sois el futuro de
nuestra sociedad”.
Carlos Pérez Cruz |