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Llevaban apenas unas
semanas juntos. Se habían conocido por casualidad a la salida
del cine tras ver la última película de Woody Allen. Él se había
sentado en la fila número ocho, en un lateral, el izquierdo para
ser más exactos, para poder “estirar” las piernas en el pasillo.
Ella se había sentado en la fila número ocho, en un lateral, el
derecho para ser más exactos, ya que era la única entrada que
quedaba libre en aquella sesión. Ella utilizaba gafas, él no.
Puede parecer que el detalle carezca de importancia pero sin
ellas quizá ellos nunca se hubieran conocido. ¿Pudo ella ver con
las gafas lo atractivo que él era y por ello se había acercado a
hablar con él? No, no fue así. Podía haberlo sido pero no. ¿Qué
importancia tuvo que compartieran la misma sala y vieran la
misma película? Quizá ninguna, pero casi seguro que si así no
hubiera sido no se hubieran conocido.
Pero volvamos a las gafas. Las mismas que habían permitido que
ella viera la película. Esas gafas permanecieron delante de su
vista durante la proyección, incluso durante los títulos de
crédito finales, también cuando las luces de la sala se
encendieron, incluso cuando se levantó de la butaca, recogió el
abrigo y se encaminó hacia el pasillo que daba acceso a las
diversas salas de proyección y, a su vez, a la entrada y salida
del hall del cine. Llegó a él, al hall, y se detuvo frente a un
panel que contenía información sobre las películas que se
proyectarían próximamente en aquellas salas.
¿Y él? ¿Dónde estaba él entonces? Él, que se había levantado
igualmente de la butaca, recogido el abrigo y encaminado hacia
el pasillo, además de caminado por él, se encontraba entonces en
el servicio de hombres del recinto. El baño, o servicio
comunitario, era una sala alargada que contenía a ambos lados,
derecho e izquierdo, tres cabinas de uso individual, y por el
largo espacio que separaba derecha de izquierda una serie
interminable de urinarios de pared con su correspondiente
araña-pegatina con el objetivo de evitar la salpicadura de las
uretras masculinas cuyos dueños manejan dispuestos contra la
pared. ¿Es importante en sí esta descripción? No demasiado, pero
seguramente el entretenimiento que produce en los hombres, o al
menos en él, apuntar a la araña-pegatina y ahogarla en orina,
posibilitó que el tiempo de su estancia en el baño fuera el
suficiente para coincidir con ella e iniciar la relación que,
mientras ahogaba a la araña-pegatina, desconocía iba a
iniciarse.
Pero, ¿qué tienen que ver las gafas en todo esto? Tranquilidad.
Es mejor no adelantarse. Todo tiene un proceso y todavía es
preciso que él se suba la bragueta y ella muestre interés,
mientras tanto y, por supuesto no en el servicio masculino si no
frente al panel de información sito en el hall de entrada, por
la película coreana que anunciaba la empresa para próximas
semanas. Es importante porque el tiempo exacto que él tardó en
subírsela, la bragueta, y bajar las escaleras que unen los
servicios de la primera planta al hall, y ella en terminar de
leer la ficha técnica de la película coreana de próxima
proyección, fue el preciso para que él bajara al hall, ella se
quitara con la mano derecha las gafas de delante de su vista y,
al iniciar el gesto de introducción de las gafas en la funda
correspondiente, ambos tropezaran provocando la caída de las
gafas al suelo que, en un desafortunado movimiento, él pisó y
rompió hasta dejar inservibles. Podéis imaginar la sensación de
bochorno que le invadió en ese momento al encontrarse su pie
sobre las gafas, ya inservibles, de ella. Podéis imaginar que la
reacción de ella fue en ese momento la de una mezcla de enfado y
desconcierto que fue sustituida, ipso facto, por la visual
fascinación procedente de su incompleta visión sin gafas. Él
era, para ella, guapísimo y además resultaba entrañable su
abochornada reacción que teñía de rojo sus carnosas mejillas.
Recogió él las inservibles gafas de ella y se las devolvió
pidiéndole mil perdones. Ella las cogió y metió en su funda,
quitándole trascendencia al hecho, mostrándole la más seductora
de sus sonrisas. Él, tratando de sentirse mejor consigo mismo y,
de paso, tratando de compensar la pérdida económica y práctica
que la rotura de las gafas suponía para ella, le invitó a tomar
algo en algún local cercano. Ella no tenía ningún compromiso.
Era tarde, cerca de la una de la madrugada, y nada ni nadie
aparecía en su agenda como para impedirle irse con él a tomar
una copa. Él tampoco tenía mayores planes programados y nadie le
esperaba en su casa de soltero empedernido. Quizá estos tampoco
sean detalles de mayor importancia porque lo sustancial es que
ella aceptara, salieran del cine rumbo a su primera copa juntos,
intimaran y se gustaran, pero el que ambos no tuvieran nada que
hacer programado facilitó que hoy estén sentados uno frente al
otro celebrando su primer mes juntos.
Sí, aquí están, uno frente al otro treinta días después de ver
la última película de Woody Allen y conocerse. Uno frente al
otro con una mesa entre medias. La mesa de un caro restaurante
de comida tailandesa que él había reservado para darle a ella
una sorpresa. No sé, quizá este detalle no sea demasiado
importante pero lo cuento por si a alguien se lo parece. Él, sin
saberlo, acertó de lleno en la elección ya que la comida
tailandesa era la favorita de ella. Imaginad su satisfacción. Al
fin y al cabo la tailandesa era la comida favorita de él
también, y la apuesta había sido de riesgo a la hora de elegir
un restaurante.
Él, tal y como ella le había pedido, llevó algunos álbumes de
fotografías de su infancia a la cena. Días antes ella le había
enseñado algunas de cuando era una niña y tenía curiosidad por
conocer cómo era él de niño. Varias razones le hacían
interesarse en ello. Por un lado le encantaban los niños, y él
lo había sido hacía ya unos cuantos años. Y, además, le gustaba
jugar a intentar recordar qué hacía o dónde estaba ella en
momentos de sus vidas cuando todavía no se conocían.
La cena está transcurriendo casi mejor de lo que él había
soñado. Iba a contaros que ambos han coincidido en la elección
de los platos, pero tampoco nos pasemos. Sólo coinciden en el
primero. Segundo y postres son antónimos, si es que carne y
pescado, fruta y tarta, se consideran tal. Están hablando de sus
cosas, de sus respectivas semanas laborales. De lunes a viernes
apenas se pueden ver. Así que se ponen al día. Él le acaba de
acariciar el pelo y ella ha sonreído. ¿Quién les iba a decir que
unas gafas rotas podían haber cambiado tanto sus vidas? Hablando
de las gafas, ella las sacará dentro de unos minutos para ver
las fotografías de la infancia de él. Las gafas que él le regaló
al día siguiente de romperle las anteriores.
¡Cómo disfruta ella de su tarta! Por cierto, muy tailandesa no
es, pero el restaurante sabe que con sólo comida de aquel país
no sobreviviría.
Y, ¿qué importa todo esto? Más bien nada, pero es lo que está
pasando en este momento. Y es importante no adelantarse a los
acontecimientos. Porque estos llegan con el café. Llegan cuando
él saca de una bolsa de plástico varios álbumes de fotos. El más
antiguo que ha conseguido localizar es el de las fotos de sus
cinco años. Y van a empezar por él. Ambos son bastante metódicos
y deciden el orden cronológico. “¡Qué curioso!”, le está
diciendo ella. “Ese año nací yo”. Este era un detalle que quizá
debiera haberos comentado antes, pero más vale tarde que nunca.
Él es cinco años mayor que ella. Ella está cogiendo sus gafas,
las que él le regaló al día siguiente de que le rompiera las
anteriores, y se las está colocando delante de su vista. Él abre
el álbum y le enseña las fotografías de su quinto cumpleaños, en
el mes de enero de 1980. Ella se sienta a su lado para verlas
mejor y le agarra de la mano. Le está sonriendo complacida.
Feliz por estar con él, feliz porque el vino le ha alegrado la
noche y feliz porque él se acordó del detalle de las
fotografías.
Siguen recorriendo la historia fotográfica de sus cinco años de
vida. Están viendo las fotos de la primavera de ese año. Él
aparece tumbado en el suelo llorando junto a un león. Le
reconoce haber sido un niño llorón. Esa foto muestra uno de sus
ataques de histeria habituales entonces. El león, para que no se
preocupen, está enjaulado. Es la visita al zoo de una localidad
costera al que sus padres llevaron durante las vacaciones de
primavera. Pero quizá tampoco esto sea tan importante como para
contároslo, dado que no voy a profundizar en la personalidad de
él y ella. Al fin y al cabo toda su historia como pareja está
por escribir y yo no voy a estar ahí para contároslo. No me
gusta inmiscuirme en la vida privada de los demás. ¿Qué hago
entonces? Lo que quiero es contaros una pequeña anécdota que
está a punto de pasarles. Después, lo prometo, les dejaré en paz
y permitiré que continúen la velada en la intimidad. Pero es que
él está a punto de llegar a las fotos del verano de 1980. Sí,
¡ya! Acaban de llegar a ellas y a ella acaba de cambiarle la
cara. Él sigue hablando, sigue contándole que ese verano lo pasó
en un pequeño pueblo de la costa mediterránea. Que recuerda que
iban a la playa todos los días y que se lo pasó muy bien cuando
conoció a un chico de Madrid con el que jugaba mientras sus
padres, los del chico de Madrid y los suyos, comían y se ponían
al tanto de sus respectivas vidas ya que, igualmente ellos, se
acababan de conocer.
Él ha empezado a dar la vuelta a la hoja que contiene las
primeras cuatro fotografías de ese verano en la playa pero ella
le detiene. Él acaba de darse cuenta de que la cara de ella ha
cambiado y muestra gran sorpresa y emoción. Ella dirige su mano
hacia el álbum y con un dedo señala una de las fotografías. En
concreto sitúa el dedo índice sobre la imagen de una mujer que
parece caminar en bañador por detrás de los padres de él, que
posan sonrientes en el paseo marítimo. Esa mujer muestra claros
síntomas de embarazo. Ella se gira hacia él, le mira a los ojos
y casi llorando le dice: “esa es mi madre”.
Carlos Pérez Cruz |