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Emisión: 7 Diciembre 2005
Música:
B.S.O. Poderosa Afrodita, Earl Hines, Nguyên Lê, Arto Tunçboyaciyan, B.S.O. Cotton Club y Phillip Glass
Título:
Las gafas

 

Llevaban apenas unas semanas juntos. Se habían conocido por casualidad a la salida del cine tras ver la última película de Woody Allen. Él se había sentado en la fila número ocho, en un lateral, el izquierdo para ser más exactos, para poder “estirar” las piernas en el pasillo. Ella se había sentado en la fila número ocho, en un lateral, el derecho para ser más exactos, ya que era la única entrada que quedaba libre en aquella sesión. Ella utilizaba gafas, él no. Puede parecer que el detalle carezca de importancia pero sin ellas quizá ellos nunca se hubieran conocido. ¿Pudo ella ver con las gafas lo atractivo que él era y por ello se había acercado a hablar con él? No, no fue así. Podía haberlo sido pero no. ¿Qué importancia tuvo que compartieran la misma sala y vieran la misma película? Quizá ninguna, pero casi seguro que si así no hubiera sido no se hubieran conocido.

Pero volvamos a las gafas. Las mismas que habían permitido que ella viera la película. Esas gafas permanecieron delante de su vista durante la proyección, incluso durante los títulos de crédito finales, también cuando las luces de la sala se encendieron, incluso cuando se levantó de la butaca, recogió el abrigo y se encaminó hacia el pasillo que daba acceso a las diversas salas de proyección y, a su vez, a la entrada y salida del hall del cine. Llegó a él, al hall, y se detuvo frente a un panel que contenía información sobre las películas que se proyectarían próximamente en aquellas salas.

¿Y él? ¿Dónde estaba él entonces? Él, que se había levantado igualmente de la butaca, recogido el abrigo y encaminado hacia el pasillo, además de caminado por él, se encontraba entonces en el servicio de hombres del recinto. El baño, o servicio comunitario, era una sala alargada que contenía a ambos lados, derecho e izquierdo, tres cabinas de uso individual, y por el largo espacio que separaba derecha de izquierda una serie interminable de urinarios de pared con su correspondiente araña-pegatina con el objetivo de evitar la salpicadura de las uretras masculinas cuyos dueños manejan dispuestos contra la pared. ¿Es importante en sí esta descripción? No demasiado, pero seguramente el entretenimiento que produce en los hombres, o al menos en él, apuntar a la araña-pegatina y ahogarla en orina, posibilitó que el tiempo de su estancia en el baño fuera el suficiente para coincidir con ella e iniciar la relación que, mientras ahogaba a la araña-pegatina, desconocía iba a iniciarse.

Pero, ¿qué tienen que ver las gafas en todo esto? Tranquilidad. Es mejor no adelantarse. Todo tiene un proceso y todavía es preciso que él se suba la bragueta y ella muestre interés, mientras tanto y, por supuesto no en el servicio masculino si no frente al panel de información sito en el hall de entrada, por la película coreana que anunciaba la empresa para próximas semanas. Es importante porque el tiempo exacto que él tardó en subírsela, la bragueta, y bajar las escaleras que unen los servicios de la primera planta al hall, y ella en terminar de leer la ficha técnica de la película coreana de próxima proyección, fue el preciso para que él bajara al hall, ella se quitara con la mano derecha las gafas de delante de su vista y, al iniciar el gesto de introducción de las gafas en la funda correspondiente, ambos tropezaran provocando la caída de las gafas al suelo que, en un desafortunado movimiento, él pisó y rompió hasta dejar inservibles. Podéis imaginar la sensación de bochorno que le invadió en ese momento al encontrarse su pie sobre las gafas, ya inservibles, de ella. Podéis imaginar que la reacción de ella fue en ese momento la de una mezcla de enfado y desconcierto que fue sustituida, ipso facto, por la visual fascinación procedente de su incompleta visión sin gafas. Él era, para ella, guapísimo y además resultaba entrañable su abochornada reacción que teñía de rojo sus carnosas mejillas.

Recogió él las inservibles gafas de ella y se las devolvió pidiéndole mil perdones. Ella las cogió y metió en su funda, quitándole trascendencia al hecho, mostrándole la más seductora de sus sonrisas. Él, tratando de sentirse mejor consigo mismo y, de paso, tratando de compensar la pérdida económica y práctica que la rotura de las gafas suponía para ella, le invitó a tomar algo en algún local cercano. Ella no tenía ningún compromiso. Era tarde, cerca de la una de la madrugada, y nada ni nadie aparecía en su agenda como para impedirle irse con él a tomar una copa. Él tampoco tenía mayores planes programados y nadie le esperaba en su casa de soltero empedernido. Quizá estos tampoco sean detalles de mayor importancia porque lo sustancial es que ella aceptara, salieran del cine rumbo a su primera copa juntos, intimaran y se gustaran, pero el que ambos no tuvieran nada que hacer programado facilitó que hoy estén sentados uno frente al otro celebrando su primer mes juntos.

Sí, aquí están, uno frente al otro treinta días después de ver la última película de Woody Allen y conocerse. Uno frente al otro con una mesa entre medias. La mesa de un caro restaurante de comida tailandesa que él había reservado para darle a ella una sorpresa. No sé, quizá este detalle no sea demasiado importante pero lo cuento por si a alguien se lo parece. Él, sin saberlo, acertó de lleno en la elección ya que la comida tailandesa era la favorita de ella. Imaginad su satisfacción. Al fin y al cabo la tailandesa era la comida favorita de él también, y la apuesta había sido de riesgo a la hora de elegir un restaurante.

Él, tal y como ella le había pedido, llevó algunos álbumes de fotografías de su infancia a la cena. Días antes ella le había enseñado algunas de cuando era una niña y tenía curiosidad por conocer cómo era él de niño. Varias razones le hacían interesarse en ello. Por un lado le encantaban los niños, y él lo había sido hacía ya unos cuantos años. Y, además, le gustaba jugar a intentar recordar qué hacía o dónde estaba ella en momentos de sus vidas cuando todavía no se conocían.

La cena está transcurriendo casi mejor de lo que él había soñado. Iba a contaros que ambos han coincidido en la elección de los platos, pero tampoco nos pasemos. Sólo coinciden en el primero. Segundo y postres son antónimos, si es que carne y pescado, fruta y tarta, se consideran tal. Están hablando de sus cosas, de sus respectivas semanas laborales. De lunes a viernes apenas se pueden ver. Así que se ponen al día. Él le acaba de acariciar el pelo y ella ha sonreído. ¿Quién les iba a decir que unas gafas rotas podían haber cambiado tanto sus vidas? Hablando de las gafas, ella las sacará dentro de unos minutos para ver las fotografías de la infancia de él. Las gafas que él le regaló al día siguiente de romperle las anteriores.

¡Cómo disfruta ella de su tarta! Por cierto, muy tailandesa no es, pero el restaurante sabe que con sólo comida de aquel país no sobreviviría.

Y, ¿qué importa todo esto? Más bien nada, pero es lo que está pasando en este momento. Y es importante no adelantarse a los acontecimientos. Porque estos llegan con el café. Llegan cuando él saca de una bolsa de plástico varios álbumes de fotos. El más antiguo que ha conseguido localizar es el de las fotos de sus cinco años. Y van a empezar por él. Ambos son bastante metódicos y deciden el orden cronológico. “¡Qué curioso!”, le está diciendo ella. “Ese año nací yo”. Este era un detalle que quizá debiera haberos comentado antes, pero más vale tarde que nunca. Él es cinco años mayor que ella. Ella está cogiendo sus gafas, las que él le regaló al día siguiente de que le rompiera las anteriores, y se las está colocando delante de su vista. Él abre el álbum y le enseña las fotografías de su quinto cumpleaños, en el mes de enero de 1980. Ella se sienta a su lado para verlas mejor y le agarra de la mano. Le está sonriendo complacida. Feliz por estar con él, feliz porque el vino le ha alegrado la noche y feliz porque él se acordó del detalle de las fotografías.

Siguen recorriendo la historia fotográfica de sus cinco años de vida. Están viendo las fotos de la primavera de ese año. Él aparece tumbado en el suelo llorando junto a un león. Le reconoce haber sido un niño llorón. Esa foto muestra uno de sus ataques de histeria habituales entonces. El león, para que no se preocupen, está enjaulado. Es la visita al zoo de una localidad costera al que sus padres llevaron durante las vacaciones de primavera. Pero quizá tampoco esto sea tan importante como para contároslo, dado que no voy a profundizar en la personalidad de él y ella. Al fin y al cabo toda su historia como pareja está por escribir y yo no voy a estar ahí para contároslo. No me gusta inmiscuirme en la vida privada de los demás. ¿Qué hago entonces? Lo que quiero es contaros una pequeña anécdota que está a punto de pasarles. Después, lo prometo, les dejaré en paz y permitiré que continúen la velada en la intimidad. Pero es que él está a punto de llegar a las fotos del verano de 1980. Sí, ¡ya! Acaban de llegar a ellas y a ella acaba de cambiarle la cara. Él sigue hablando, sigue contándole que ese verano lo pasó en un pequeño pueblo de la costa mediterránea. Que recuerda que iban a la playa todos los días y que se lo pasó muy bien cuando conoció a un chico de Madrid con el que jugaba mientras sus padres, los del chico de Madrid y los suyos, comían y se ponían al tanto de sus respectivas vidas ya que, igualmente ellos, se acababan de conocer.

Él ha empezado a dar la vuelta a la hoja que contiene las primeras cuatro fotografías de ese verano en la playa pero ella le detiene. Él acaba de darse cuenta de que la cara de ella ha cambiado y muestra gran sorpresa y emoción. Ella dirige su mano hacia el álbum y con un dedo señala una de las fotografías. En concreto sitúa el dedo índice sobre la imagen de una mujer que parece caminar en bañador por detrás de los padres de él, que posan sonrientes en el paseo marítimo. Esa mujer muestra claros síntomas de embarazo. Ella se gira hacia él, le mira a los ojos y casi llorando le dice: “esa es mi madre”.
 

Carlos Pérez Cruz