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Una arruga en su rostro
sostiene la sonrisa. Un rostro de obligada felicidad que
disfraza la tristeza de nostalgia y contagia la alegría eterna.
Una mirada acostumbrada a reír imposible de soportar para los
corazones de sal. Unos ojos que rompen el pulso firme del sereno
y dibujan un futuro feliz en su inocencia.
Su arruga aparece y le recuerda al antiguo soñador que un día
fue ella. Perdió el sueño de lo imposible por rostros sin arruga
y tristezas sin nostalgia. Aparece su sonrisa y él pierde años.
Encoge las medidas de la edad y vuelve a las de ella. Recibe el
premio del contagio mientras acaricia su mano.
Las miradas se cruzan iluminadas por la cambiante luz de la
lumbre. Fuera hace frío. Fuera la inmensidad de la montaña
recibe las primeras nieves en silencio. Escucha el sonido sordo
de los copos que mañana convertirán en imaginación una realidad
de ensueño. Un manto para la frágil marca de sus pasos.
Los cuerpos dibujan en paralelo el pasado de él junto al
presente de ella. Se envuelven en un calor de madera y juegan a
amarse en el silencio de minutos cómplices de las horas.
Intercambian cuerpos, indiferentes al indiscreto reloj que
anuncia el paso irremediable del tiempo.
La oscuridad gana dentro el terreno que ya conquistó fuera. La
lumbre cede a la noche el reino de la luz. Sus cuerpos desnudos
yacen cubiertos por un manto de pasión desatada que cierra sus
ojos al placer. El frío pierde la batalla del calor ante los
rescoldos del deseo.
Duermen ya sus cuerpos y despiertan sus ilusiones. El rostro de
él dibuja en sueños la arruga que ella le regala día y noche.
Carlos Pérez Cruz |