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Los dos sabían por qué
estaban allí. Nunca necesitaban hablarlo, de hecho nunca lo
habían hecho, pero ambos conocían la verdad de la que no podían,
o no sabían, escapar. Él trabajaba como conductor de autobuses.
Ella, en casa. Había dejado su anterior trabajo como contable de
una empresa cuando tuvieron su primer y único hijo. Decidieron
entonces que él seguiría trayendo el dinero a casa y ella se
quedaría al cuidado de su hijo y del hogar. Fue su único momento
de felicidad, su hijo, aunque ahora lo recuerdan como una
decisión no decidida ni deseada. Un desliz del que les hubiera
gustado haber prescindido a tiempo.
Fueron juntos a la comida que cada año ofrecía la empresa de
transportes a sus empleados. Estaba con ella porque quería
salvaguardar la imagen familiar ante sus jefes y compañeros.
Estaba con él porque quería salvaguardar su imagen de falsa
felicidad ante el mundo. Estaba con ella aunque le hubiera
gustado estar con la otra. Estaba con él aunque le hubiera
gustado quedarse en casa y sorber lentamente el whisky del
olvido. Ambos lucían una sonrisa ensayada en soledad para
parecer espontánea y sentida en sociedad.
Entraron juntos, saludaron efusivamente. Él, con la hipocresía
medida de quien muestra respeto a quien no soporta. Ella, con la
necesidad de sentir un beso en su mejilla. Recordó las caras que
cada año volvía a conocer. Preguntó por los mismos nombres que
se habían dicho un año antes, y otro antes también. Él charlaba
del partido de fútbol de anoche con algunos compañeros, aunque
no lo había visto. Había estado cuidando el hijo del que la otra
también hubiera querido prescindir. Otra reunión de trabajo más
para ella en la excusa desgastada.
Se sentaron juntos en una mesa circular que circundaban tres
parejas más. Vestían todos con la elegancia exigida por el
inconsciente de la norma social. Corbata en ellos, collar de
perlas en ellas. Exhibían sonrisas sujetas por la obligación de
la apariencia. La felicidad matrimonial que no acaricia manos,
ni intercambia miradas cómplices, que no coquetea bajo el
mantel, ni juega a enredarse en los pies ajenos. Pura formalidad
expectante ante el plato por servir.
Diez años habían pasado del “sí, quiero”. Diez años de comidas
de empresa. Nueve del “quizá me precipité”. Nueve como
figurantes. Siete con la otra. Siete en que ella lo imaginaba.
Seis desde el parto. Seis del “¿cómo es posible?”. Cuatro del de
la otra. Cuatro del “¿estás segura?”. Cuatro del “no lo tengas”.
Cuatro del “lo voy a tener, no te pido nada”. Dos del “deja a tu
mujer”. Dos del “quizá lo haga”. Uno del “¿cuándo lo vas a
hacer?”. Uno del “no es tan fácil”.
Ella encontró en el vino blanco un sucedáneo del whisky del
olvido. Él en el teléfono móvil el tormento de su otra realidad.
Hubo de excusarse y levantarse de la mesa en las tres ocasiones
en que la otra reclamó su presencia ante el hijo enfermo.
Encontró en su hermano, para ella, la mentirosa explicación de
las llamadas. Un asunto de familia. El solomillo con salsa
roquefort fue, para ella, el mayor placer de los sentidos de
toda la semana.
El café, bien cargado, fue la bebida estimulante que preparó el
baile de cada año con la misma inútil orquesta. Al compás del
primer vals, algunas de las parejas, que circundaban las diez
mesas del comedor, se levantaron y dirigieron a la improvisada
pista de baile. Otras permanecieron indiferentes al reclamo.
Algunos, los menos, carecían de partenaire en una soltería
soñada por ambos. Ambos permanecieron sentados esperando
encontrar la excusa para largarse o, al menos, un reloj de horas
en segundos.
Uno de los menos, un veinteañero recién llegado a la empresa,
pasó junto a ambos camino del baño. Al hacerlo rozó el respaldo
de ella. Su bolso cayó al suelo. El suelo se llenó de los
inútiles accesorios de ella. El veinteañero comenzó a recogerlos
con la velocidad de quien quiere resolver lo antes posible una
situación embarazosa. Ella se agachó para ayudarle y restarle
importancia al rojo de sus mejillas. Él los ignoró por completo
mientras sorbía las últimas gotas del café bien cargado. El
veinteañero le invitó a ella a un baile de desagravio. Ella
aceptó no sin antes remolonear.
Él se levantó y salió a la calle. Volvió a hablar con la otra.
La cuarta insistencia fue calmada con un “pronto estaré allí”.
Ella bailaba con el veinteañero al ritmo de un segundo vals
descoordinado por el vino blanco que ella había bebido en
exceso, al igual que su torpe compañero de baile. Él colgó la
llamada de su promesa y encendió un cigarro para el suspiro.
Ella se acercaba más y más en su baile al cuerpo casi
adolescente del recién llegado buscando el roce de los sentidos.
Él caminaba en idas y venidas por la acera. Ella colocó su
rostro pegado al otro. Él apuraba un cigarro que soñaba
infinito. Ella rozó la nobleza del desorientado veinteañero y
pasó discreta la lengua por su oreja. Él volvió a entrar en el
que antes fue restaurante y ahora discoteca. Ella le susurró
algo al oído. Él fue directo al baño para prolongar su ausencia.
Ella le agarró del brazo y sacó del baile. Él cerró la puerta
con pestillo y comenzó a bajarse la cremallera del pantalón.
Ella le metió en el baño de ellas y comenzó a bajarle la
cremallera del pantalón. Él sacó su miembro y lo apuntó hacia la
araña. Ella le sacó el miembro y lo dirigió hacia su boca. Él no
tenía dentro nada que dirigir a la araña y disfrutó del tacto de
su mano sobre su miembro. Ella desagravió el desagravio del
veinteañero desconcertado y excitado. Él encontró algo que
dirigir a la araña. Ella abrió el grifo del lavabo y se limpió.
Él pulsó el agua que se llevó el recuerdo de su paso. Ella cerró
el grifo, le subió la cremallera, le dio un beso en la mejilla y
abrió el pestillo de la puerta. Él se subió la cremallera, miró
al espejo y abrió el pestillo de la puerta.
Ambas puertas se abrieron a la vez. Una junto a la otra en un
corto pasillo tenuemente iluminado. Ambos entraron en él en el
mismo instante. Ella dibujaba una leve sonrisa compasiva cuando
le vio. Él mantenía su mirada indiferente perpetuada por los
años. Ella borró su sonrisa de golpe. Él mantuvo su indiferencia
presente. El silencio del pasillo dejó de serlo cuando el sonido
de la cadena del baño de mujeres sonó de repente. Él no tuvo
tiempo de sospechar porque ella se lo dijo. Era algo que a él le
hubiera encantado oír hacía mucho tiempo porque lo que menos
quería era seguir con ella. Pero hubo de aguardar hasta entonces
para poder escucharlo de su boca recién lavada. “¿Nos vamos?”
Carlos Pérez Cruz |