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Emisión: 23 Noviembre 2005
Música:
Mark Isham, Guillermo Bazzola, Marcelo Mercadante y Romano, Sclavis, Texier
Título:
Comida de Empresa

 

Los dos sabían por qué estaban allí. Nunca necesitaban hablarlo, de hecho nunca lo habían hecho, pero ambos conocían la verdad de la que no podían, o no sabían, escapar. Él trabajaba como conductor de autobuses. Ella, en casa. Había dejado su anterior trabajo como contable de una empresa cuando tuvieron su primer y único hijo. Decidieron entonces que él seguiría trayendo el dinero a casa y ella se quedaría al cuidado de su hijo y del hogar. Fue su único momento de felicidad, su hijo, aunque ahora lo recuerdan como una decisión no decidida ni deseada. Un desliz del que les hubiera gustado haber prescindido a tiempo.

Fueron juntos a la comida que cada año ofrecía la empresa de transportes a sus empleados. Estaba con ella porque quería salvaguardar la imagen familiar ante sus jefes y compañeros. Estaba con él porque quería salvaguardar su imagen de falsa felicidad ante el mundo. Estaba con ella aunque le hubiera gustado estar con la otra. Estaba con él aunque le hubiera gustado quedarse en casa y sorber lentamente el whisky del olvido. Ambos lucían una sonrisa ensayada en soledad para parecer espontánea y sentida en sociedad.

Entraron juntos, saludaron efusivamente. Él, con la hipocresía medida de quien muestra respeto a quien no soporta. Ella, con la necesidad de sentir un beso en su mejilla. Recordó las caras que cada año volvía a conocer. Preguntó por los mismos nombres que se habían dicho un año antes, y otro antes también. Él charlaba del partido de fútbol de anoche con algunos compañeros, aunque no lo había visto. Había estado cuidando el hijo del que la otra también hubiera querido prescindir. Otra reunión de trabajo más para ella en la excusa desgastada.

Se sentaron juntos en una mesa circular que circundaban tres parejas más. Vestían todos con la elegancia exigida por el inconsciente de la norma social. Corbata en ellos, collar de perlas en ellas. Exhibían sonrisas sujetas por la obligación de la apariencia. La felicidad matrimonial que no acaricia manos, ni intercambia miradas cómplices, que no coquetea bajo el mantel, ni juega a enredarse en los pies ajenos. Pura formalidad expectante ante el plato por servir.

Diez años habían pasado del “sí, quiero”. Diez años de comidas de empresa. Nueve del “quizá me precipité”. Nueve como figurantes. Siete con la otra. Siete en que ella lo imaginaba. Seis desde el parto. Seis del “¿cómo es posible?”. Cuatro del de la otra. Cuatro del “¿estás segura?”. Cuatro del “no lo tengas”. Cuatro del “lo voy a tener, no te pido nada”. Dos del “deja a tu mujer”. Dos del “quizá lo haga”. Uno del “¿cuándo lo vas a hacer?”. Uno del “no es tan fácil”.

Ella encontró en el vino blanco un sucedáneo del whisky del olvido. Él en el teléfono móvil el tormento de su otra realidad. Hubo de excusarse y levantarse de la mesa en las tres ocasiones en que la otra reclamó su presencia ante el hijo enfermo. Encontró en su hermano, para ella, la mentirosa explicación de las llamadas. Un asunto de familia. El solomillo con salsa roquefort fue, para ella, el mayor placer de los sentidos de toda la semana.

El café, bien cargado, fue la bebida estimulante que preparó el baile de cada año con la misma inútil orquesta. Al compás del primer vals, algunas de las parejas, que circundaban las diez mesas del comedor, se levantaron y dirigieron a la improvisada pista de baile. Otras permanecieron indiferentes al reclamo. Algunos, los menos, carecían de partenaire en una soltería soñada por ambos. Ambos permanecieron sentados esperando encontrar la excusa para largarse o, al menos, un reloj de horas en segundos.

Uno de los menos, un veinteañero recién llegado a la empresa, pasó junto a ambos camino del baño. Al hacerlo rozó el respaldo de ella. Su bolso cayó al suelo. El suelo se llenó de los inútiles accesorios de ella. El veinteañero comenzó a recogerlos con la velocidad de quien quiere resolver lo antes posible una situación embarazosa. Ella se agachó para ayudarle y restarle importancia al rojo de sus mejillas. Él los ignoró por completo mientras sorbía las últimas gotas del café bien cargado. El veinteañero le invitó a ella a un baile de desagravio. Ella aceptó no sin antes remolonear.

Él se levantó y salió a la calle. Volvió a hablar con la otra. La cuarta insistencia fue calmada con un “pronto estaré allí”. Ella bailaba con el veinteañero al ritmo de un segundo vals descoordinado por el vino blanco que ella había bebido en exceso, al igual que su torpe compañero de baile. Él colgó la llamada de su promesa y encendió un cigarro para el suspiro. Ella se acercaba más y más en su baile al cuerpo casi adolescente del recién llegado buscando el roce de los sentidos. Él caminaba en idas y venidas por la acera. Ella colocó su rostro pegado al otro. Él apuraba un cigarro que soñaba infinito. Ella rozó la nobleza del desorientado veinteañero y pasó discreta la lengua por su oreja. Él volvió a entrar en el que antes fue restaurante y ahora discoteca. Ella le susurró algo al oído. Él fue directo al baño para prolongar su ausencia. Ella le agarró del brazo y sacó del baile. Él cerró la puerta con pestillo y comenzó a bajarse la cremallera del pantalón. Ella le metió en el baño de ellas y comenzó a bajarle la cremallera del pantalón. Él sacó su miembro y lo apuntó hacia la araña. Ella le sacó el miembro y lo dirigió hacia su boca. Él no tenía dentro nada que dirigir a la araña y disfrutó del tacto de su mano sobre su miembro. Ella desagravió el desagravio del veinteañero desconcertado y excitado. Él encontró algo que dirigir a la araña. Ella abrió el grifo del lavabo y se limpió. Él pulsó el agua que se llevó el recuerdo de su paso. Ella cerró el grifo, le subió la cremallera, le dio un beso en la mejilla y abrió el pestillo de la puerta. Él se subió la cremallera, miró al espejo y abrió el pestillo de la puerta.

Ambas puertas se abrieron a la vez. Una junto a la otra en un corto pasillo tenuemente iluminado. Ambos entraron en él en el mismo instante. Ella dibujaba una leve sonrisa compasiva cuando le vio. Él mantenía su mirada indiferente perpetuada por los años. Ella borró su sonrisa de golpe. Él mantuvo su indiferencia presente. El silencio del pasillo dejó de serlo cuando el sonido de la cadena del baño de mujeres sonó de repente. Él no tuvo tiempo de sospechar porque ella se lo dijo. Era algo que a él le hubiera encantado oír hacía mucho tiempo porque lo que menos quería era seguir con ella. Pero hubo de aguardar hasta entonces para poder escucharlo de su boca recién lavada. “¿Nos vamos?”
 

Carlos Pérez Cruz