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Cuando llegaba el
lunes, Javier se levantaba temprano. Su despertador sonaba hacia
las ocho de la mañana. Interrumpía un sueño que pedía más
minutos, horas incluso, pero que él obligaba a finalizar para
llegar a tiempo a su trabajo. Nadie le exigía llegar a una hora
determinada, ni cumplir unos horarios de trabajo estrictos. El
único que se exigía era el propio Javier a sí mismo. Él y el
periódico que le mantenía alimentado gracias a su semanal
artículo de actualidad. Para su fortuna sus artículos
dominicales tenían buena aceptación, lo que proporcionaba un
dinero digno con el que poder dedicarse, casi en exclusiva, a
escribir sus cosas. Novelas, relatos y alguna poesía.
Era lunes, y como cada lunes cumplía el mismo ritual nada más
levantarse. Se levantó con celeridad como medida preventiva ante
la pereza. Fue directo al baño. Orinó, se duchó, secó y vistió.
Bajó a la calle y compró el periódico en una pequeña librería
junto al portal de su casa. Subió a su piso, preparó la
cafetera, tostó el pan de molde, lo untó de mantequilla y sorbió
su café recién hecho mientras ojeaba por primera vez el
periódico. Más tarde lo leería con mayor atención para tomar
apuntes de las noticias del día que, quizá, podrían inspirarle
para el próximo artículo que habría de publicarse el siguiente
domingo. Su aparato de radio interpretaba la séptima sinfonía de
Shostakovich. Debía ser la única emisora que no era consciente
de que era lunes por la mañana y que, por lo tanto, lo propio
era emitir todo tipo de exabruptos para tensar el pulso de los
deprimidos ciudadanos un lunes por la mañana.
Terminó su café, las tostadas y el repaso al periódico. Recogió
la mesa de la cocina y se dirigió a su cuarto de trabajo. Antes
de encender el ordenador portátil miraba por la ventana y se
preparaba mentalmente para lo que vendría, un aluvión de correos
electrónicos favorables a su persona en unos casos e insultantes
en otros, la mayoría. Era la cosecha que recogía cada mañana de
lunes tras sembrar, con su opinión, la página del periódico que
leían cientos de miles de personas cada domingo. Javier había
llegado a la profiláctica convicción de que los lectores
mayoritariamente estaban de acuerdo con sus opiniones, pero que
era más fácil despertar la reacción de los contrarios que
recibir los elogios de quienes pensaban como él. Al menos, eso
quería creer.
Encendió el ordenador. Esperó hasta que en la pantalla apareció
el escritorio con todas sus carpetas para enchufar los
altavoces. Si algo odiaba en un ordenador era la música de
bienvenida. Le parecía especialmente deprimente, aunque siempre
le llevaba a pensar en la persona que había compuesto esa
melodía. Encontraba en ese anónimo, para él, un aparente
parecido con su propia vida. Visualizaba en su imaginación un
compositor que vivía gracias a todo tipo de encargos, como
componer música para un programa de ordenador o para un anuncio
de compresas, que gracias a ellos podía dedicar el resto de su
tiempo, si es que este existía con tan probable variedad de
encargos, para escribir la música que a él verdaderamente le
emocionaba y llenaba. A Javier le gustaba considerarse un músico
que tocaba a través del teclado del ordenador las letras que
compondrían una sinfonía de palabras con personajes disonantes o
historias que comenzaban a tempo lento para seguir in crescendo
hasta llegar a un final capaz de poner en pie al lector más
ávido de emociones.
Abrió su correo electrónico. Lucía, la secretaria del jefe de la
sección de opinión del periódico, se encargaba de enviarle las
reacciones recibidas en el correo de la redacción por su
artículo. Javier utilizaba para ello una dirección electrónica
dedicada, en exclusiva, a recibir los correos de Lucía, es
decir, de sus lectores. El programa de descarga le avisó que
tenía setenta y tres mensajes por bajar. Suspiró ruidosamente y
aguardó. Los setenta y tres mensajes llenaron la carpeta
bautizada “Reacciones Artículo”. Echó primero un vistazo a los
títulos de los mensajes. “Hijo de puta”, el primero. “Que te
follen”, el segundo. “Gilipollas”, el tercero. “Una
puntualización”, el cuarto. “No tienes ni puta idea”, el quinto.
“Gracias”, el sexto. Se detuvo en este último y lo abrió. Leyó.
“Estimado Javier. Soy un lector habitual de sus artículos. Cada
domingo compro el periódico y lo abro directamente por la página
en que se publican sus artículos.”
Javier dibujó una sonrisa de satisfacción en su rostro. Siguió
leyendo.
“Imagino que son muchos los lectores que le escriben cada día
para agradecerle sus comentarios, así que tenía muchas dudas de
si hacerlo. Supongo que estará cansado de recibir tantos correos
elogiosos.”
Javier se rió ante el comentario. Si realmente algo echaba en
falta cada lunes eran esos “correos elogiosos”. Continuó la
lectura.
“Bien, pues como supongo que son muchos esos correos simplemente
quería hacerle llegar la opinión de los lectores a los que nos
la sudan sus opiniones, utilizamos la página de su artículo para
limpiar la mierda de nuestro gato y luego la tiramos a la
basura. Es usted un miserable e ignorante. ¡Váyase al
infierno!”.
El emilio finalizaba con un “Gracias por leer este correo”.
Javier cogió ese y otros sesenta mensajes con títulos
insultantes y los metió en la subcarpeta “Reacciones Negativas y
Otros Insultos”. Contabilizó un total acumulado de más de mil en
ella. Los otros doce mensajes fueron a parar a otra subcarpeta,
“Reacciones varias”. Apenas un centenar con unos pocos elogios y
muchas sugerencias y correcciones.
Decidió no perder el tiempo leyendo todos aquellos correos que,
una vez más, quedarían desterrados a una futura lectura que,
quizá, nunca existiría. Se había acostumbrado de tal manera a
aquella furibunda reacción colectiva que se sentía inmune a los
abundantes calificativos denigrantes. Decidió que era el momento
de tomarse en serio la lectura del periódico del día y tomar
apuntes por si alguna de las noticias le pudiera servir para su
próximo artículo.
Encendió la radio. La séptima sinfonía de Shostakovich caminaba
entonces por el final de su tercer movimiento. Cogió su libreta,
un bolígrafo y comenzó a leer. Primero la portada, después la
sección de “Internacional” con sus noticias y correspondientes
articulistas de opinión. La sección de “Nacional”, “Cultura”,
“Sociedad”, “Deportes”, “Economía”, “Televisión”. Llegó a la
contraportada ocupada por la increíble historia de un mono que
había hecho un corte de mangas al paso del presidente Bush. Miró
su cuaderno de notas. Estaba en blanco. Nada de lo que había
leído le había motivado como para desarrollar ante los lectores
su propia opinión. Lo del mono le había hecho gracia, pero sabía
que alguno de los otros escritores que, como él, escribían
artículos para el periódico como método de supervivencia, haría
algún símil entre el mono y Bush.
Dejó la libreta y pensó que quizá con el periódico del martes
tendría más suerte. Además todavía tenía margen suficiente como
para encontrar la inspiración. Toda la semana por delante.
Volvió a la cocina y comprobó su suerte al encontrar en la
cafetera la cantidad suficiente de café como para poder tomarse
el segundo del día, sin necesidad de tener que repetir el
proceloso proceso de preparación. Llenó la taza y calentó el
líquido en el microondas. Una vez caliente añadió unas gotitas
de leche y volvió a su cuarto de trabajo.
Miró su reloj de pulsera, puesto sobre la mesa, y se sobresaltó
al ver que el repaso detallado al periódico del día le había
robado gran parte de la mañana. Eran más de las once y todavía
no había conseguido producir nada, ni para el periódico ni para
su propia creación literaria. Decidió que era el momento de
ponerse a escribir. Llevaba semanas inmerso en un proyecto de
relatos cortos que quería fuese su próxima publicación. Todos
ellos tenían en el café el tema común de inspiración. Historias
en torno a un café o en las que éste apareciera en algún momento
con causa justificada. Su intención era presentarlo al editor en
un par de meses. Estaba contento por lo escrito hasta entonces
pero tenía dudas sobre si iba a ser capaz de terminar en ese
periodo de tiempo. Había escrito sobre amores, sobre desamores,
sobre situaciones divertidas, otras más tristes, pero todavía no
era suficiente para poder llegar a publicar un libro. En más de
una ocasión había pensado en abandonar el proyecto, había
llegado a verse incapaz de encontrar en esa bebida la excusa
suficiente y coherente para todo un libro. Sin embargo Javier
era un escritor muy exigente consigo mismo y se prohibía dejar
proyectos a medio hacer, fuera o no lo que hiciera lo que le
apeteciera en ese momento.
Abrió en el ordenador su programa de escritura. Seleccionó el
tipo de letra que le resultaba más agradable a la vista, si bien
la editorial elegiría el suyo propio, y el tamaño adecuado para
no cansar demasiado sus ojos. El cursor esperaba el pulso de sus
dedos sobre el teclado para empezar a llenar el blanco papel
electrónico de negras palabras que juntas querían contar una
buena historia llena de café.
Empezó a pensar posibles ideas. Se apoyó sobre el respaldo de la
silla, juntó ambas manos y puso en ellas el peso de su cabeza.
Suspiró. Separó las manos, se inclinó hacia el teclado y limpió
el polvo de la pantalla del ordenador. Volvió a juntar las manos
y colocarlas sobre la nuca. Se balanceó de atrás hacia adelante,
de adelante hacia atrás en la silla. Miró a izquierda y derecha.
Suspiró. Se levantó de la silla y caminó en círculos por la
habitación. Miró a la ventana. El día había amanecido
tímidamente soleado, algo húmedo por el frío del invierno que se
anunciaba próximo. La abrió y asomó su cabeza. Respiró la
humedad y cerró los ojos. Intentó afinar su oído para captar
sonidos o voces que le pudieran traer por el aire una historia
de café. Abrió los ojos. Vio y oyó el martilleo de unas obras
próximas. Un obrero vestido con el reglamentario azul de su buzo
trabajaba peligrosamente sobre el tejado de una casa próxima. No
parecía llevar ningún tipo de protección o sujeción de seguridad
para evitar posibles caídas. Pensó que ese podía ser un buen
tema para el próximo artículo periodístico. Cerró la ventana y
cogió la libreta de notas y apuntó: “Lunes 23. Obrero sobre el
tejado sin protección. Accidentes laborales”.
Pensó fugazmente la posibilidad de empezar a escribir sobre
aquello. Decidió que sólo era lunes y que, probablemente,
martes, miércoles, jueves y viernes trajeran consigo más temas
de inspiración para poder elegir. El sábado por la mañana, como
tarde, debía entregar su trabajo. Apartó su libreta recién
estrenada con la primera inspiración de la semana.
Volvió a sentarse en la silla. El ordenador había ocupado su
pantalla con una frase: “Para ti soy ateo. Para Dios la
oposición”. Era la frase de Woody Allen que Javier usaba como
protector de pantalla. Movió el ratón de su ordenador y se
volvió a encontrar con el blanco papel electrónico. Decidió, al
menos, darle nombre al archivo. Abrió la carpeta que tenía
dedicada a recopilar los relatos sobre café y vio que eran nueve
en total. Volvió a la hoja en blanco y la guardó como “Café 10”.
El primer paso para dotar de sentido a aquel espacio todavía en
blanco.
Sonó el teléfono. Lo cogió sin pensar. Al otro lado le aguardaba
una antigua novia que vivía ahora lejos. De vez en cuando volvía
a saber de ella. Normalmente cuando ella se sentía deprimida por
su trabajo o no tenía ganas de hacer nada. Esta vez se trataba
de lo primero y de lo segundo a la vez. Javier se lamentó por no
haber mirado el número antes de descolgar el teléfono. Sabía lo
obsesiva que solía ser ella y lo difícil que resultaba cortarle
el discurso.
Colgó. El contador de tiempo de llamada marcaba treinta y cinco
minutos, cuarenta y tres segundos. Se puso nervioso por el
tiempo perdido. Se dio cuenta de que ni siquiera se acordaba de
lo que había hablado o escuchado. Le aburría tanto tener que
aguantar ese tipo de conversaciones que mientras estaba en ellas
su mente se evadía.
Eran las doce y media y no había conseguido más que poner nombre
al archivo, ni siquiera al relato que no tenía ni idea de qué
iba a tratar. Sólo tenía claro que la palabra “café” debía
aparecer en algún momento. ¿Era necesario? Por un instante pensó
realizar algún tipo de ejercicio literario. Escribir sobre el
café sin que éste apareciera mencionado en ningún momento. El
entusiasmo inicial se apagó rápidamente. El problema seguía
siendo el mismo. Apareciera o no la palabra “café” la historia
seguía sin existir.
Sonó el timbre de la casa. Se acercó a la puerta y la abrió sin
echar un vistazo por la mirilla. Ante él apareció un hombre
elegantemente trajeado con una Biblia en la mano. Se identificó
como Santiago Adán. Mostraba una enorme sonrisa de oreja a
oreja. Antes de que Javier pudiera preguntarle nada, Santiago ya
estaba hablándole de las bondades de “nuestro señor Jesucristo”.
Le informó, sin ser preguntado, que la “salvación estaba cerca”.
Igualmente subrayó la importancia de la gripe aviar, de la que
se informaba compulsivamente en los medios, como una “señal de
la llegada del Mesías” que acabaría “con los infieles”. Le puso
al corriente de una manifestación contra el gobierno porque
“quería acabar con la religión” y estaba “poseído por el
demonio”. Javier trataba infructuosamente de replicar a
Santiago, pero su discurso era vehemente e imparable. Javier
cerró la puerta de golpe y escuchó a Santiago Adán maldecir,
enviándole “al infierno de los infieles”.
El reloj avanzaba inexorable y se acercaba a la hora trece del
día, del cual, calculó, había desperdiciado al menos cuatro
horas. Dejaba una hora de margen al necesario aseo y alimento
del cuerpo, y las ocho primeras para el descanso obligado. Tenía
que conseguir algo antes de que llegara la hora de comer. Una
hora exacta, la de las catorce. Era muy estricto con sus
obligaciones alimenticias desde que un médico le aconsejara
regular las comidas para evitar problemas de obesidad, a los que
era propenso. Tenía por delante poco más de una hora para
intentar que el blanco papel electrónico no lo fuera.
Volvió a sentarse frente al ordenador. El sol, tímido en las
primeras horas, había conseguido imponer su fuerza fuera. Fue
una circunstancia que mantuvo absorto unos instantes a Javier.
Unos instantes que él creyó segundos pero fueron minutos.
Profirió un sonoro “joder” como reprimenda y volvió a plantar su
mirada en la pantalla. Tecleó una serie de palabras sin sentido
para comprobar que, en efecto, el tipo de letra elegida se
correspondía con la deseada. En ese momento decidió empezar a
establecer un escenario concreto para una acción y un desarrollo
que él todavía desconocía. Le pareció que era una manera de ir
acercándose a la historia. Comenzó a escribir.
“La casa estaba situada en medio de un verde prado en una zona
de acantilados. El día era hermoso, radiante y el sol convertía
la casa en un”
No pudo seguir. El timbre de la puerta había vuelto a sonar.
Incisivo e insistente. Se acordó de toda su familia,
especialmente de aquellas personas con las que se había ido
peleando a lo largo de los años. Se levantó y dirigió
discretamente hacia la puerta, tratando no hacer ruido para
evitar que desde fuera se percibiese su presencia. Levantó la
mirilla. En ese instante redujo su juramento familiar a una
única persona. A la única persona de su familia que estaba allí
presente, frente a su puerta. Su madre.
Abrió la puerta. Ella entró como siempre lo hacía, sin esperar a
ser invitada ni ser saludada. Imponiendo su acelerado ritmo
vital, fijando su objetivo en la cocina y sus armarios que
llenaría de productos que deducía, no siempre con acierto, su
hijo nunca compraría. Hacía un par de semanas que Javier no veía
a su madre, pero esto no afectaba a la conversación unilateral
que su madre mantenía, como si sus palabras fueran una
prolongación de una conversación iniciada minutos atrás, cuando,
en realidad, si en alguna ocasión empezó fue hace dos semanas.
Javier trató de hacer ver a su madre que estaba inmerso en pleno
proceso creativo y que necesitaba concentración. Ella le
aseguró, como siempre hacía, que no sería una molestia, que tras
llenarle los armarios de la cocina se marcharía. Javier sabía
que eso nunca sucedía, aunque siempre mantenía la esperanza de
que alguna vez fuera la primera. Por supuesto, no fue ésta. Su
madre terminaría cocinando parte de lo previamente comprado dado
que, tal y como las madres suelen pensar, un hijo no es capaz de
hacerse una comida sana, equilibrada y completa. Javier, al ver
a su madre con el delantal de cocinero, se marchó a su cuarto de
trabajo a tratar de aislarse en su mundo creativo. Cerró la
puerta del cuarto y se sentó en la silla.
“Para ti soy ateo. Para Dios la oposición”. De nuevo el
salvapantallas, tras varios minutos sin una mano que mantuviera
activo el ordenador y, lo que era peor, escribiera una sola
palabra en el blanco papel informático. Retomó el texto.
“mágico lugar, casi encantado. El sonido del mar rompiendo sus
olas sobre las rocas lo invadía todo y marcaba el pulso de una
vida apaci”
Una nueva interrupción. Su madre abrió la puerta. Mantenía el
delantal puesto. Irrumpió para contarle a Javier las últimas
novedades sobre su familia. Información de trabajos y paros,
amores y desamores, partos recientes y futuros. Javier, que
hacía años que había limitado su vida familiar a sus padres y
dos hermanos, trató de hacerle ver que no tenía ningún interés
en ello y que lo único que le interesaba en ese momento era
poder empezar el relato número diez de su serie “Café”. Algo
que, por supuesto, no impidió que ella continuara su relato como
si a las palabras de su hijo se las llevara el viento. La
actividad familiar de las últimas semanas parecía haber sido tan
intensa que la oportunidad de ser productivo esa mañana se
desvaneció cuando llegó la hora de comer. Las catorce horas y su
madre todavía no había dejado de hablar.
Se sentó en la mesa e hizo un cálculo aproximado de dos horas
inhábiles por la comida y la continuación del monólogo materno.
Casi acertó. Pero fue peor de lo que pensaba. El reloj marcaba
las dieciséis horas y treinta minutos cuando su madre anunció su
marcha. Él fue rápidamente a por el abrigo de ella en un claro
gesto de invitación a dejarle sólo, aunque ella no pareció
ofenderse. Sólo continuaba hablando. Se fue.
Javier estaba exhausto. Dos cosas en la vida le dejaban así. Su
madre y una noche sin dormir. Decidió tumbarse en el sofá de su
salón durante veinte minutos para descansar viendo la televisión
y se prometió ponerse a escribir para las diecisiete horas. Una
cabezada y... las diecisiete y dieciocho minutos. Se sobresaltó
al mirar la hora y, con un incipiente dolor de cabeza, abandonó
el sofá y lo cambió por la silla de trabajo frente al ordenador,
que hibernaba tras horas en desuso.
Releyó lo escrito. Cuatro líneas descriptivas que le parecieron
demasiado ingenuas para un escritor de su trayectoria. Deshizo
lo escrito y volvió a encontrase ante el original blanco papel
electrónico. Abandonó la idea de describir primero un entorno y
trató de concentrarse para lograr una historia de cafés. Fuera
lucía un sol mortecino, el frío sol de invierno que se oculta
demasiado pronto, demasiado perezoso. Javier volvió a
encontrarse absorto ante la imagen del exterior. Al darse cuenta
se dio un golpe seco con la mano derecha sobre su mejilla
derecha. Tenía que espabilarse de una vez.
Empezó a navegar por Internet en páginas muy diversas tratando
de encontrar la inspiración. Entró en páginas de información
general, de opinión, de cine, pornográficas y deportivas. En
estas últimas encontró una información muy útil. Pero no útil
para su relato en ciernes si no para su ociosa necesidad de
saber los resultados de la última jornada de liga. Se enredó con
las estadísticas de cada partido, a las que era muy aficionado.
Las dieciocho horas eran ya una realidad en el reloj. Al ser
consciente lanzó un excitado grito al aire que resonó por toda
la casa. Era una nueva manera de amonestarse por su falta de
concentración.
Tenía por costumbre hacer deporte hacia las diecinueve horas y
treinta minutos. Era otra de sus prescripciones médicas
inalterables. Así que tenía por delante unos ochenta minutos
para intentar escribir. Diez los necesitaba para cambiarse de
ropa.
Miró la pantalla del ordenador. Siguió mirando. Permaneció
impasible. Las ideas no aparecían en su cabeza como en otras
ocasiones. Pensó que quizá debía releer algunas de las historias
de cafés ya escritas por si estas le inspiraban. Pensó que quizá
no era una buena idea. Tal como estaba de ánimo era capaz de
borrarlas todas. No sería una decisión inteligente aunque
puntualmente pudiera parecer terapéutica. Siguió mirando. Y
mirando. Y una idea surgió en su cabeza. En vez de situar un
lugar pensó en crear un personaje. Pensó que todavía no había
aparecido ningún camarero en los relatos anteriores y que éste
era un personaje clave para una historia de cafés. Empezó a
escribir de nuevo.
“Marcelo trabajaba media jornada en la cafetería de la esquina.
Un hombre joven y apacible, que servía los mejores cafés que se
habían conocido”
Pegó un golpe sobre la mesa. ¿¡Qué clase de mierda literaria
estaba escribiendo!? Volvió a empezar.
“Marcelo, un humilde obrero de clase baja, trabajaba por las
noches en una cafetería que abría las veinticuatro horas del
día”
¡No quería contar otra historia de marginalidad, de obreros
supervivientes! Su idea era crear una serie de historias amables
y divertidas, no depresivas. Las piernas de Javier temblaban
ansiosas por la tensión acumulada de las horas perdidas y las
ideas no encontradas. Sonó el teléfono móvil. Lo cogió y tiró
con fuerza contra el suelo. Quedó destrozado. Al menos ya nadie
le molestaría por hoy, pensó enfadado. Sonó el timbre de la
puerta de casa. Su enfado tornó en ira. Caminó sin discreción y
con paso firme hacia ella. Abrió sin pensárselo y ante él
apareció el presidente de la comunidad de vecinos. Luis, que era
su nombre, le explicó que la vecina de abajo creía tener goteras
y que necesitaba que dejara pasar a unos fontaneros para
comprobar que todo estaba en orden en su casa. Javier accedió
resignado. Luis le aseguró que como máximo estarían allí media
hora. Fue una, y para Javier perdida por el ruido que hicieron
con sus pesquisas intentando encontrar la fuente de la aparente
gotera de la vecina de abajo. No pudo concentrarse. Y lo peor,
dadas las circunstancias, es que también retrasaron su siempre
exacta hora de iniciar la carrera deportiva. Trece minutos más
tarde de lo habitual se enfundó el chándal y salió a correr.
Correr era, para Javier, lo mejor del día en muchas ocasiones.
Le despejaba la mente, mantenía en forma y conseguía aliviar las
tensiones. Fue lo único que le salió bien a Javier hasta ese
momento aquel lunes. A pesar del retraso se sintió bien al
llegar a casa y ducharse. Entre una cosa y otra era ya la hora
de cenar.
Se obligó a no pensar en el relato, en esa historia que todavía
no lo era. Pensó que si conseguía mantenerse relajado durante la
cena podría encontrar el estado de concentración necesario para
escribir y cerrar una horrible jornada de lunes de la mejor
manera. Disfrutó de un buen plato de pasta con tomate, del
postre y hasta de un café descafeinado con el que consiguió
darse el placer de tomarse un café, un placer que había derivado
en literatura, esperaba, de próxima publicación, y no afectar su
frágil sueño con la estimulante cafeína. Una vez hubo terminado
volvió a su cuarto de trabajo. En el exterior la oscuridad sólo
se veía manipulada por la luz de las farolas.
Volvió a sentarse de nuevo en aquella silla, quejosa por el
abuso de horas de uso de Javier. Volvió a despertar a su
ordenador que, de nuevo, hibernaba. Volvió a encontrarse con el
blanco papel electrónico. Respiró profundo y rogó que la noche
oscura fuese misericordiosa con él y le proporcionara la genial
idea para un relato de café.
Podía escuchar el silencio y sentir el paso de los minutos.
Cerró los ojos y esperó escuchar las musas que en ocasiones
anteriores le habían confesado historias increíbles que luego
Javier reproducía compulsivamente con sus dedos tecleando
violentamente el teclado del ordenador. ¿Dónde estaban las musas
aquella noche?
Abrió la ventana y se asomó. Hacía frío fuera pero éste le
sentaba bien a su maltrecha cabeza. Trató de buscar en la
oscuridad, entre la luz de las farolas, alguna imagen que fuera
idea. Las musas ya estaban descartadas. Nada se movía fuera.
Sólo la luz que se encendió en una ventana varió el inalterado
paisaje. Y no le pareció, precisamente, la luz de una buena
idea.
Eran más de las once de la noche. La silla pedía tregua, su
mente dimisión. Y fue entonces cuando un furor creativo se
apoderó de él. ¡Tenía su historia de café! Bueno, en realidad
tenía una historia, el café ya llegaría a ella en algún momento.
Quizá ese lunes no hubiera sido tan horrible, quizá todo lo que
había vivido era parte del trabajo de sus musas que le habían
puesto ante sus narices a los personajes de una nueva historia.
Empezó a llenar el blanco papel electrónico de palabras que,
unidas unas con otras, hablaban de una madre que al ir a ver a
su hijo se encontraba con un predicador que le convertía a una
extraña religión que adoraba a Shostakovich y que, en vez de
iglesias, tenía casas en medio de verdes praderas situadas en
acantilados. En ellas trabajaba un camarero, ¡y aquí era donde
entraba el café!, que les servía café en la cama, dado que entre
la madre y el predicador existía más que fe, amor desenfrenado
al son de la séptima sinfonía de Shostakovich. Entonces una
ex-novia aparecía arrebatada por los celos al conocer el romance
del predicador con la madre, si bien ella en ese momento vivía
el suyo propio con el presidente de su comunidad de vecinos.
Miró el reloj. Eran más de las una de la madrugada. Acabó
exhausto y extasiado. Encendió la impresora, la llenó de papeles
y comenzó a imprimir su relato. Se tumbó mientras en el suelo
tratando de recomponer su maltrecha espalda y de descansar la
mente.
La impresora acabó su trabajo. Javier recogió quince folios, el
producto de toda una jornada de dedicación a la escritura. Se
dirigió al sofá del cuarto de estar, se tumbó y comenzó a leer.
No consiguió acabar de leerlo. Sintió una profunda depresión
ante lo que era, sin duda para él, basura digna de una
telenovela de sobremesa. Tiró los papeles al suelo. Se levantó
del sofá, los recogió y comenzó a hacerlos trizas. Las palabras
perdieron el significado que adquirían juntas ahora que estaban
dispersas por cientos de pequeños papelitos producto de la
frustración de Javier. Volvió a su cuarto de trabajo, depositó
su destrozado trabajo en la papelera, despertó una vez más su
ordenador, encontró el archivo “Café 10” y lo eliminó sin pasar
por la papelera virtual.
Apagó el ordenador. Cerró las cortinas de su ventanal. Caminó
hacia su dormitorio. Se desnudó. Roto, física y mentalmente, se
dejó caer sobre la cama. Su último pensamiento antes de dormir
fue para su alter ego, el compositor. Quizá él hubiera tenido
mejor suerte aquel día.
Carlos Pérez Cruz |