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Emisión: 9 Noviembre 2005
Música:
Mikel Andueza, Hans Koch, Julien Pinol & Ramón López, Dmitri Shostakovich, Nat King Cole, Ramón López, Paolo Fresu, Michel Godard, Dave Douglas, Tiny Bell Trío, Louis Armstrong, Kenny Werner Trío, Tanya Kalmanovitch, Christine Wodrascka & Ramón López, Wynton Marsalis, Geri Allen, Lincoln Center Jazz Orchestra y John Coltrane
Título:
Proceso creativo

 

Cuando llegaba el lunes, Javier se levantaba temprano. Su despertador sonaba hacia las ocho de la mañana. Interrumpía un sueño que pedía más minutos, horas incluso, pero que él obligaba a finalizar para llegar a tiempo a su trabajo. Nadie le exigía llegar a una hora determinada, ni cumplir unos horarios de trabajo estrictos. El único que se exigía era el propio Javier a sí mismo. Él y el periódico que le mantenía alimentado gracias a su semanal artículo de actualidad. Para su fortuna sus artículos dominicales tenían buena aceptación, lo que proporcionaba un dinero digno con el que poder dedicarse, casi en exclusiva, a escribir sus cosas. Novelas, relatos y alguna poesía.

Era lunes, y como cada lunes cumplía el mismo ritual nada más levantarse. Se levantó con celeridad como medida preventiva ante la pereza. Fue directo al baño. Orinó, se duchó, secó y vistió. Bajó a la calle y compró el periódico en una pequeña librería junto al portal de su casa. Subió a su piso, preparó la cafetera, tostó el pan de molde, lo untó de mantequilla y sorbió su café recién hecho mientras ojeaba por primera vez el periódico. Más tarde lo leería con mayor atención para tomar apuntes de las noticias del día que, quizá, podrían inspirarle para el próximo artículo que habría de publicarse el siguiente domingo. Su aparato de radio interpretaba la séptima sinfonía de Shostakovich. Debía ser la única emisora que no era consciente de que era lunes por la mañana y que, por lo tanto, lo propio era emitir todo tipo de exabruptos para tensar el pulso de los deprimidos ciudadanos un lunes por la mañana.

Terminó su café, las tostadas y el repaso al periódico. Recogió la mesa de la cocina y se dirigió a su cuarto de trabajo. Antes de encender el ordenador portátil miraba por la ventana y se preparaba mentalmente para lo que vendría, un aluvión de correos electrónicos favorables a su persona en unos casos e insultantes en otros, la mayoría. Era la cosecha que recogía cada mañana de lunes tras sembrar, con su opinión, la página del periódico que leían cientos de miles de personas cada domingo. Javier había llegado a la profiláctica convicción de que los lectores mayoritariamente estaban de acuerdo con sus opiniones, pero que era más fácil despertar la reacción de los contrarios que recibir los elogios de quienes pensaban como él. Al menos, eso quería creer.

Encendió el ordenador. Esperó hasta que en la pantalla apareció el escritorio con todas sus carpetas para enchufar los altavoces. Si algo odiaba en un ordenador era la música de bienvenida. Le parecía especialmente deprimente, aunque siempre le llevaba a pensar en la persona que había compuesto esa melodía. Encontraba en ese anónimo, para él, un aparente parecido con su propia vida. Visualizaba en su imaginación un compositor que vivía gracias a todo tipo de encargos, como componer música para un programa de ordenador o para un anuncio de compresas, que gracias a ellos podía dedicar el resto de su tiempo, si es que este existía con tan probable variedad de encargos, para escribir la música que a él verdaderamente le emocionaba y llenaba. A Javier le gustaba considerarse un músico que tocaba a través del teclado del ordenador las letras que compondrían una sinfonía de palabras con personajes disonantes o historias que comenzaban a tempo lento para seguir in crescendo hasta llegar a un final capaz de poner en pie al lector más ávido de emociones.

Abrió su correo electrónico. Lucía, la secretaria del jefe de la sección de opinión del periódico, se encargaba de enviarle las reacciones recibidas en el correo de la redacción por su artículo. Javier utilizaba para ello una dirección electrónica dedicada, en exclusiva, a recibir los correos de Lucía, es decir, de sus lectores. El programa de descarga le avisó que tenía setenta y tres mensajes por bajar. Suspiró ruidosamente y aguardó. Los setenta y tres mensajes llenaron la carpeta bautizada “Reacciones Artículo”. Echó primero un vistazo a los títulos de los mensajes. “Hijo de puta”, el primero. “Que te follen”, el segundo. “Gilipollas”, el tercero. “Una puntualización”, el cuarto. “No tienes ni puta idea”, el quinto. “Gracias”, el sexto. Se detuvo en este último y lo abrió. Leyó.

“Estimado Javier. Soy un lector habitual de sus artículos. Cada domingo compro el periódico y lo abro directamente por la página en que se publican sus artículos.”

Javier dibujó una sonrisa de satisfacción en su rostro. Siguió leyendo.

“Imagino que son muchos los lectores que le escriben cada día para agradecerle sus comentarios, así que tenía muchas dudas de si hacerlo. Supongo que estará cansado de recibir tantos correos elogiosos.”

Javier se rió ante el comentario. Si realmente algo echaba en falta cada lunes eran esos “correos elogiosos”. Continuó la lectura.

“Bien, pues como supongo que son muchos esos correos simplemente quería hacerle llegar la opinión de los lectores a los que nos la sudan sus opiniones, utilizamos la página de su artículo para limpiar la mierda de nuestro gato y luego la tiramos a la basura. Es usted un miserable e ignorante. ¡Váyase al infierno!”.

El emilio finalizaba con un “Gracias por leer este correo”. Javier cogió ese y otros sesenta mensajes con títulos insultantes y los metió en la subcarpeta “Reacciones Negativas y Otros Insultos”. Contabilizó un total acumulado de más de mil en ella. Los otros doce mensajes fueron a parar a otra subcarpeta, “Reacciones varias”. Apenas un centenar con unos pocos elogios y muchas sugerencias y correcciones.

Decidió no perder el tiempo leyendo todos aquellos correos que, una vez más, quedarían desterrados a una futura lectura que, quizá, nunca existiría. Se había acostumbrado de tal manera a aquella furibunda reacción colectiva que se sentía inmune a los abundantes calificativos denigrantes. Decidió que era el momento de tomarse en serio la lectura del periódico del día y tomar apuntes por si alguna de las noticias le pudiera servir para su próximo artículo.

Encendió la radio. La séptima sinfonía de Shostakovich caminaba entonces por el final de su tercer movimiento. Cogió su libreta, un bolígrafo y comenzó a leer. Primero la portada, después la sección de “Internacional” con sus noticias y correspondientes articulistas de opinión. La sección de “Nacional”, “Cultura”, “Sociedad”, “Deportes”, “Economía”, “Televisión”. Llegó a la contraportada ocupada por la increíble historia de un mono que había hecho un corte de mangas al paso del presidente Bush. Miró su cuaderno de notas. Estaba en blanco. Nada de lo que había leído le había motivado como para desarrollar ante los lectores su propia opinión. Lo del mono le había hecho gracia, pero sabía que alguno de los otros escritores que, como él, escribían artículos para el periódico como método de supervivencia, haría algún símil entre el mono y Bush.

Dejó la libreta y pensó que quizá con el periódico del martes tendría más suerte. Además todavía tenía margen suficiente como para encontrar la inspiración. Toda la semana por delante. Volvió a la cocina y comprobó su suerte al encontrar en la cafetera la cantidad suficiente de café como para poder tomarse el segundo del día, sin necesidad de tener que repetir el proceloso proceso de preparación. Llenó la taza y calentó el líquido en el microondas. Una vez caliente añadió unas gotitas de leche y volvió a su cuarto de trabajo.

Miró su reloj de pulsera, puesto sobre la mesa, y se sobresaltó al ver que el repaso detallado al periódico del día le había robado gran parte de la mañana. Eran más de las once y todavía no había conseguido producir nada, ni para el periódico ni para su propia creación literaria. Decidió que era el momento de ponerse a escribir. Llevaba semanas inmerso en un proyecto de relatos cortos que quería fuese su próxima publicación. Todos ellos tenían en el café el tema común de inspiración. Historias en torno a un café o en las que éste apareciera en algún momento con causa justificada. Su intención era presentarlo al editor en un par de meses. Estaba contento por lo escrito hasta entonces pero tenía dudas sobre si iba a ser capaz de terminar en ese periodo de tiempo. Había escrito sobre amores, sobre desamores, sobre situaciones divertidas, otras más tristes, pero todavía no era suficiente para poder llegar a publicar un libro. En más de una ocasión había pensado en abandonar el proyecto, había llegado a verse incapaz de encontrar en esa bebida la excusa suficiente y coherente para todo un libro. Sin embargo Javier era un escritor muy exigente consigo mismo y se prohibía dejar proyectos a medio hacer, fuera o no lo que hiciera lo que le apeteciera en ese momento.

Abrió en el ordenador su programa de escritura. Seleccionó el tipo de letra que le resultaba más agradable a la vista, si bien la editorial elegiría el suyo propio, y el tamaño adecuado para no cansar demasiado sus ojos. El cursor esperaba el pulso de sus dedos sobre el teclado para empezar a llenar el blanco papel electrónico de negras palabras que juntas querían contar una buena historia llena de café.

Empezó a pensar posibles ideas. Se apoyó sobre el respaldo de la silla, juntó ambas manos y puso en ellas el peso de su cabeza. Suspiró. Separó las manos, se inclinó hacia el teclado y limpió el polvo de la pantalla del ordenador. Volvió a juntar las manos y colocarlas sobre la nuca. Se balanceó de atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás en la silla. Miró a izquierda y derecha. Suspiró. Se levantó de la silla y caminó en círculos por la habitación. Miró a la ventana. El día había amanecido tímidamente soleado, algo húmedo por el frío del invierno que se anunciaba próximo. La abrió y asomó su cabeza. Respiró la humedad y cerró los ojos. Intentó afinar su oído para captar sonidos o voces que le pudieran traer por el aire una historia de café. Abrió los ojos. Vio y oyó el martilleo de unas obras próximas. Un obrero vestido con el reglamentario azul de su buzo trabajaba peligrosamente sobre el tejado de una casa próxima. No parecía llevar ningún tipo de protección o sujeción de seguridad para evitar posibles caídas. Pensó que ese podía ser un buen tema para el próximo artículo periodístico. Cerró la ventana y cogió la libreta de notas y apuntó: “Lunes 23. Obrero sobre el tejado sin protección. Accidentes laborales”.

Pensó fugazmente la posibilidad de empezar a escribir sobre aquello. Decidió que sólo era lunes y que, probablemente, martes, miércoles, jueves y viernes trajeran consigo más temas de inspiración para poder elegir. El sábado por la mañana, como tarde, debía entregar su trabajo. Apartó su libreta recién estrenada con la primera inspiración de la semana.

Volvió a sentarse en la silla. El ordenador había ocupado su pantalla con una frase: “Para ti soy ateo. Para Dios la oposición”. Era la frase de Woody Allen que Javier usaba como protector de pantalla. Movió el ratón de su ordenador y se volvió a encontrar con el blanco papel electrónico. Decidió, al menos, darle nombre al archivo. Abrió la carpeta que tenía dedicada a recopilar los relatos sobre café y vio que eran nueve en total. Volvió a la hoja en blanco y la guardó como “Café 10”. El primer paso para dotar de sentido a aquel espacio todavía en blanco.

Sonó el teléfono. Lo cogió sin pensar. Al otro lado le aguardaba una antigua novia que vivía ahora lejos. De vez en cuando volvía a saber de ella. Normalmente cuando ella se sentía deprimida por su trabajo o no tenía ganas de hacer nada. Esta vez se trataba de lo primero y de lo segundo a la vez. Javier se lamentó por no haber mirado el número antes de descolgar el teléfono. Sabía lo obsesiva que solía ser ella y lo difícil que resultaba cortarle el discurso.

Colgó. El contador de tiempo de llamada marcaba treinta y cinco minutos, cuarenta y tres segundos. Se puso nervioso por el tiempo perdido. Se dio cuenta de que ni siquiera se acordaba de lo que había hablado o escuchado. Le aburría tanto tener que aguantar ese tipo de conversaciones que mientras estaba en ellas su mente se evadía.

Eran las doce y media y no había conseguido más que poner nombre al archivo, ni siquiera al relato que no tenía ni idea de qué iba a tratar. Sólo tenía claro que la palabra “café” debía aparecer en algún momento. ¿Era necesario? Por un instante pensó realizar algún tipo de ejercicio literario. Escribir sobre el café sin que éste apareciera mencionado en ningún momento. El entusiasmo inicial se apagó rápidamente. El problema seguía siendo el mismo. Apareciera o no la palabra “café” la historia seguía sin existir.

Sonó el timbre de la casa. Se acercó a la puerta y la abrió sin echar un vistazo por la mirilla. Ante él apareció un hombre elegantemente trajeado con una Biblia en la mano. Se identificó como Santiago Adán. Mostraba una enorme sonrisa de oreja a oreja. Antes de que Javier pudiera preguntarle nada, Santiago ya estaba hablándole de las bondades de “nuestro señor Jesucristo”. Le informó, sin ser preguntado, que la “salvación estaba cerca”. Igualmente subrayó la importancia de la gripe aviar, de la que se informaba compulsivamente en los medios, como una “señal de la llegada del Mesías” que acabaría “con los infieles”. Le puso al corriente de una manifestación contra el gobierno porque “quería acabar con la religión” y estaba “poseído por el demonio”. Javier trataba infructuosamente de replicar a Santiago, pero su discurso era vehemente e imparable. Javier cerró la puerta de golpe y escuchó a Santiago Adán maldecir, enviándole “al infierno de los infieles”.

El reloj avanzaba inexorable y se acercaba a la hora trece del día, del cual, calculó, había desperdiciado al menos cuatro horas. Dejaba una hora de margen al necesario aseo y alimento del cuerpo, y las ocho primeras para el descanso obligado. Tenía que conseguir algo antes de que llegara la hora de comer. Una hora exacta, la de las catorce. Era muy estricto con sus obligaciones alimenticias desde que un médico le aconsejara regular las comidas para evitar problemas de obesidad, a los que era propenso. Tenía por delante poco más de una hora para intentar que el blanco papel electrónico no lo fuera.

Volvió a sentarse frente al ordenador. El sol, tímido en las primeras horas, había conseguido imponer su fuerza fuera. Fue una circunstancia que mantuvo absorto unos instantes a Javier. Unos instantes que él creyó segundos pero fueron minutos. Profirió un sonoro “joder” como reprimenda y volvió a plantar su mirada en la pantalla. Tecleó una serie de palabras sin sentido para comprobar que, en efecto, el tipo de letra elegida se correspondía con la deseada. En ese momento decidió empezar a establecer un escenario concreto para una acción y un desarrollo que él todavía desconocía. Le pareció que era una manera de ir acercándose a la historia. Comenzó a escribir.

“La casa estaba situada en medio de un verde prado en una zona de acantilados. El día era hermoso, radiante y el sol convertía la casa en un”

No pudo seguir. El timbre de la puerta había vuelto a sonar. Incisivo e insistente. Se acordó de toda su familia, especialmente de aquellas personas con las que se había ido peleando a lo largo de los años. Se levantó y dirigió discretamente hacia la puerta, tratando no hacer ruido para evitar que desde fuera se percibiese su presencia. Levantó la mirilla. En ese instante redujo su juramento familiar a una única persona. A la única persona de su familia que estaba allí presente, frente a su puerta. Su madre.

Abrió la puerta. Ella entró como siempre lo hacía, sin esperar a ser invitada ni ser saludada. Imponiendo su acelerado ritmo vital, fijando su objetivo en la cocina y sus armarios que llenaría de productos que deducía, no siempre con acierto, su hijo nunca compraría. Hacía un par de semanas que Javier no veía a su madre, pero esto no afectaba a la conversación unilateral que su madre mantenía, como si sus palabras fueran una prolongación de una conversación iniciada minutos atrás, cuando, en realidad, si en alguna ocasión empezó fue hace dos semanas.

Javier trató de hacer ver a su madre que estaba inmerso en pleno proceso creativo y que necesitaba concentración. Ella le aseguró, como siempre hacía, que no sería una molestia, que tras llenarle los armarios de la cocina se marcharía. Javier sabía que eso nunca sucedía, aunque siempre mantenía la esperanza de que alguna vez fuera la primera. Por supuesto, no fue ésta. Su madre terminaría cocinando parte de lo previamente comprado dado que, tal y como las madres suelen pensar, un hijo no es capaz de hacerse una comida sana, equilibrada y completa. Javier, al ver a su madre con el delantal de cocinero, se marchó a su cuarto de trabajo a tratar de aislarse en su mundo creativo. Cerró la puerta del cuarto y se sentó en la silla.

“Para ti soy ateo. Para Dios la oposición”. De nuevo el salvapantallas, tras varios minutos sin una mano que mantuviera activo el ordenador y, lo que era peor, escribiera una sola palabra en el blanco papel informático. Retomó el texto.

“mágico lugar, casi encantado. El sonido del mar rompiendo sus olas sobre las rocas lo invadía todo y marcaba el pulso de una vida apaci”

Una nueva interrupción. Su madre abrió la puerta. Mantenía el delantal puesto. Irrumpió para contarle a Javier las últimas novedades sobre su familia. Información de trabajos y paros, amores y desamores, partos recientes y futuros. Javier, que hacía años que había limitado su vida familiar a sus padres y dos hermanos, trató de hacerle ver que no tenía ningún interés en ello y que lo único que le interesaba en ese momento era poder empezar el relato número diez de su serie “Café”. Algo que, por supuesto, no impidió que ella continuara su relato como si a las palabras de su hijo se las llevara el viento. La actividad familiar de las últimas semanas parecía haber sido tan intensa que la oportunidad de ser productivo esa mañana se desvaneció cuando llegó la hora de comer. Las catorce horas y su madre todavía no había dejado de hablar.

Se sentó en la mesa e hizo un cálculo aproximado de dos horas inhábiles por la comida y la continuación del monólogo materno. Casi acertó. Pero fue peor de lo que pensaba. El reloj marcaba las dieciséis horas y treinta minutos cuando su madre anunció su marcha. Él fue rápidamente a por el abrigo de ella en un claro gesto de invitación a dejarle sólo, aunque ella no pareció ofenderse. Sólo continuaba hablando. Se fue.

Javier estaba exhausto. Dos cosas en la vida le dejaban así. Su madre y una noche sin dormir. Decidió tumbarse en el sofá de su salón durante veinte minutos para descansar viendo la televisión y se prometió ponerse a escribir para las diecisiete horas. Una cabezada y... las diecisiete y dieciocho minutos. Se sobresaltó al mirar la hora y, con un incipiente dolor de cabeza, abandonó el sofá y lo cambió por la silla de trabajo frente al ordenador, que hibernaba tras horas en desuso.

Releyó lo escrito. Cuatro líneas descriptivas que le parecieron demasiado ingenuas para un escritor de su trayectoria. Deshizo lo escrito y volvió a encontrase ante el original blanco papel electrónico. Abandonó la idea de describir primero un entorno y trató de concentrarse para lograr una historia de cafés. Fuera lucía un sol mortecino, el frío sol de invierno que se oculta demasiado pronto, demasiado perezoso. Javier volvió a encontrarse absorto ante la imagen del exterior. Al darse cuenta se dio un golpe seco con la mano derecha sobre su mejilla derecha. Tenía que espabilarse de una vez.

Empezó a navegar por Internet en páginas muy diversas tratando de encontrar la inspiración. Entró en páginas de información general, de opinión, de cine, pornográficas y deportivas. En estas últimas encontró una información muy útil. Pero no útil para su relato en ciernes si no para su ociosa necesidad de saber los resultados de la última jornada de liga. Se enredó con las estadísticas de cada partido, a las que era muy aficionado. Las dieciocho horas eran ya una realidad en el reloj. Al ser consciente lanzó un excitado grito al aire que resonó por toda la casa. Era una nueva manera de amonestarse por su falta de concentración.

Tenía por costumbre hacer deporte hacia las diecinueve horas y treinta minutos. Era otra de sus prescripciones médicas inalterables. Así que tenía por delante unos ochenta minutos para intentar escribir. Diez los necesitaba para cambiarse de ropa.

Miró la pantalla del ordenador. Siguió mirando. Permaneció impasible. Las ideas no aparecían en su cabeza como en otras ocasiones. Pensó que quizá debía releer algunas de las historias de cafés ya escritas por si estas le inspiraban. Pensó que quizá no era una buena idea. Tal como estaba de ánimo era capaz de borrarlas todas. No sería una decisión inteligente aunque puntualmente pudiera parecer terapéutica. Siguió mirando. Y mirando. Y una idea surgió en su cabeza. En vez de situar un lugar pensó en crear un personaje. Pensó que todavía no había aparecido ningún camarero en los relatos anteriores y que éste era un personaje clave para una historia de cafés. Empezó a escribir de nuevo.

“Marcelo trabajaba media jornada en la cafetería de la esquina. Un hombre joven y apacible, que servía los mejores cafés que se habían conocido”

Pegó un golpe sobre la mesa. ¿¡Qué clase de mierda literaria estaba escribiendo!? Volvió a empezar.

“Marcelo, un humilde obrero de clase baja, trabajaba por las noches en una cafetería que abría las veinticuatro horas del día”

¡No quería contar otra historia de marginalidad, de obreros supervivientes! Su idea era crear una serie de historias amables y divertidas, no depresivas. Las piernas de Javier temblaban ansiosas por la tensión acumulada de las horas perdidas y las ideas no encontradas. Sonó el teléfono móvil. Lo cogió y tiró con fuerza contra el suelo. Quedó destrozado. Al menos ya nadie le molestaría por hoy, pensó enfadado. Sonó el timbre de la puerta de casa. Su enfado tornó en ira. Caminó sin discreción y con paso firme hacia ella. Abrió sin pensárselo y ante él apareció el presidente de la comunidad de vecinos. Luis, que era su nombre, le explicó que la vecina de abajo creía tener goteras y que necesitaba que dejara pasar a unos fontaneros para comprobar que todo estaba en orden en su casa. Javier accedió resignado. Luis le aseguró que como máximo estarían allí media hora. Fue una, y para Javier perdida por el ruido que hicieron con sus pesquisas intentando encontrar la fuente de la aparente gotera de la vecina de abajo. No pudo concentrarse. Y lo peor, dadas las circunstancias, es que también retrasaron su siempre exacta hora de iniciar la carrera deportiva. Trece minutos más tarde de lo habitual se enfundó el chándal y salió a correr.

Correr era, para Javier, lo mejor del día en muchas ocasiones. Le despejaba la mente, mantenía en forma y conseguía aliviar las tensiones. Fue lo único que le salió bien a Javier hasta ese momento aquel lunes. A pesar del retraso se sintió bien al llegar a casa y ducharse. Entre una cosa y otra era ya la hora de cenar.

Se obligó a no pensar en el relato, en esa historia que todavía no lo era. Pensó que si conseguía mantenerse relajado durante la cena podría encontrar el estado de concentración necesario para escribir y cerrar una horrible jornada de lunes de la mejor manera. Disfrutó de un buen plato de pasta con tomate, del postre y hasta de un café descafeinado con el que consiguió darse el placer de tomarse un café, un placer que había derivado en literatura, esperaba, de próxima publicación, y no afectar su frágil sueño con la estimulante cafeína. Una vez hubo terminado volvió a su cuarto de trabajo. En el exterior la oscuridad sólo se veía manipulada por la luz de las farolas.

Volvió a sentarse de nuevo en aquella silla, quejosa por el abuso de horas de uso de Javier. Volvió a despertar a su ordenador que, de nuevo, hibernaba. Volvió a encontrarse con el blanco papel electrónico. Respiró profundo y rogó que la noche oscura fuese misericordiosa con él y le proporcionara la genial idea para un relato de café.

Podía escuchar el silencio y sentir el paso de los minutos. Cerró los ojos y esperó escuchar las musas que en ocasiones anteriores le habían confesado historias increíbles que luego Javier reproducía compulsivamente con sus dedos tecleando violentamente el teclado del ordenador. ¿Dónde estaban las musas aquella noche?

Abrió la ventana y se asomó. Hacía frío fuera pero éste le sentaba bien a su maltrecha cabeza. Trató de buscar en la oscuridad, entre la luz de las farolas, alguna imagen que fuera idea. Las musas ya estaban descartadas. Nada se movía fuera. Sólo la luz que se encendió en una ventana varió el inalterado paisaje. Y no le pareció, precisamente, la luz de una buena idea.

Eran más de las once de la noche. La silla pedía tregua, su mente dimisión. Y fue entonces cuando un furor creativo se apoderó de él. ¡Tenía su historia de café! Bueno, en realidad tenía una historia, el café ya llegaría a ella en algún momento. Quizá ese lunes no hubiera sido tan horrible, quizá todo lo que había vivido era parte del trabajo de sus musas que le habían puesto ante sus narices a los personajes de una nueva historia.

Empezó a llenar el blanco papel electrónico de palabras que, unidas unas con otras, hablaban de una madre que al ir a ver a su hijo se encontraba con un predicador que le convertía a una extraña religión que adoraba a Shostakovich y que, en vez de iglesias, tenía casas en medio de verdes praderas situadas en acantilados. En ellas trabajaba un camarero, ¡y aquí era donde entraba el café!, que les servía café en la cama, dado que entre la madre y el predicador existía más que fe, amor desenfrenado al son de la séptima sinfonía de Shostakovich. Entonces una ex-novia aparecía arrebatada por los celos al conocer el romance del predicador con la madre, si bien ella en ese momento vivía el suyo propio con el presidente de su comunidad de vecinos.

Miró el reloj. Eran más de las una de la madrugada. Acabó exhausto y extasiado. Encendió la impresora, la llenó de papeles y comenzó a imprimir su relato. Se tumbó mientras en el suelo tratando de recomponer su maltrecha espalda y de descansar la mente.

La impresora acabó su trabajo. Javier recogió quince folios, el producto de toda una jornada de dedicación a la escritura. Se dirigió al sofá del cuarto de estar, se tumbó y comenzó a leer. No consiguió acabar de leerlo. Sintió una profunda depresión ante lo que era, sin duda para él, basura digna de una telenovela de sobremesa. Tiró los papeles al suelo. Se levantó del sofá, los recogió y comenzó a hacerlos trizas. Las palabras perdieron el significado que adquirían juntas ahora que estaban dispersas por cientos de pequeños papelitos producto de la frustración de Javier. Volvió a su cuarto de trabajo, depositó su destrozado trabajo en la papelera, despertó una vez más su ordenador, encontró el archivo “Café 10” y lo eliminó sin pasar por la papelera virtual.

Apagó el ordenador. Cerró las cortinas de su ventanal. Caminó hacia su dormitorio. Se desnudó. Roto, física y mentalmente, se dejó caer sobre la cama. Su último pensamiento antes de dormir fue para su alter ego, el compositor. Quizá él hubiera tenido mejor suerte aquel día.
 

Carlos Pérez Cruz