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Un día hubo agua.
Entonces podía caminar. Caminaba unos metros por encima de donde
estoy ahora. Los suficientes para poder hacerlo día sí y día
también, de un punto al otro y del otro al punto. Descansé algún
festivo, alguna tormenta me dejó a resguardo, pero esas veces
fueron las menos. Mi vida estaba en ese camino con agua. Ahora
el camino existe, pero no el agua.
El camino sin agua a nadie importa. Su belleza estaba en
recorrerlo como yo lo hacía, unos cuantos metros por encima de
él. Venían cientos de personas cada día y yo les llevaba de un
punto al otro y les devolvía del otro al punto. Venían familias
enteras, solitarios domingueros sin nada que hacer, jóvenes
parejas. Incluso una banda de jazz sonaba al son de mi ritmo,
pausado pero constante.
Hubo un día en que un viejo sólo y borracho se arrojó al camino
y desapareció. Hubo otro en que una novia despechada tiró su
anillo de bodas tras el primer desengaño y éste desapareció. Un
recién nacido recibió su primera gran bronca tras tirar y perder
el chupete. Un pintor retrató el camino y vendió su primer
cuadro al volver del otro al punto. Ella recibió su primer beso
de él. Él recibió el primer beso de ella. Ellos se vieron por
última vez yendo conmigo.
Conmigo sucedieron muchas cosas pero se dijeron más. Se conspiró
contra el familiar ausente. Se inventó la broma de una futura
fiesta de cumpleaños. Se susurró la noche de bodas y la
esperanza de nueve meses. Un poeta puso letra espontánea a mi
pausado pero constante caminar. Se diseñó discreta trama de
atraco. Un anciano predicador anunció el Apocalipsis. Él pidió
matrimonio y ella lo negó. Ella pidió tiempo y él se lo dio.
Ellos se dijeron brusco adiós y todos lo escucharon.
Ahora espero. Pasan las horas y los días, los meses y los años.
Espero poder volver a caminar por donde solía. Rezo el agua y
llueve fuego. Sueño nubes y amanece sol. El crudo morir de mi
vida inútil sin agua. Miro a mi alrededor y la esperanza no
tiene riego.
Carlos Pérez Cruz |