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Emisión: 2 Noviembre 2005
Música:
Sidsel Endresen, Dusko Goykovich, Marc Copland & Gary Peacock, Rabih Abou-Khalil, Dave Grusin, Michel Portal, Dave Douglas, Tiny Bell Trío, Enrico Rava & Stefano Bollani y Ramón López Quartet
Título:
Off

 

Se levantó de la cama como lo hacía todos los días, empujado por las voces informativas de la mañana radiofónica. Su radio-despertador puso fin al sueño cerca de las nueve de la mañana. No gustaba de madrugar, más que nada porque trasnochaba demasiado. Se acostaba con la radio y se levantaba con ella. Voces excitadas al acostarse y excitadas al levantarse. Las nocturnas, por las pasiones amorosas más ocultas; las matinales, por las pasiones políticas más exacerbadas. Sin embargo aquella mañana el tono de la voz que le empujó de la cama tenía un matiz diferente, menos árido de lo habitual. Era lunes, parte de un puente festivo para algunos. Pensó que quizá ese carácter medio ocioso del lunes había rebajado la habitual tensión informativa. En los primeros momentos del despertar no era capaz nunca de entender lo que se hablaba, pero sí de percibir el tono de las voces, habitualmente demasiado cabreadas para llevar el sol únicamente una hora y media en acción. Pero no ese lunes.

Apagó su radio-despertador y remoloneó con las sábanas. Esos momentos en que uno se resiste a ceder a la rutina y prolonga durante cuatro o cinco minutos el inevitable despertar. Se incorporó. Puso el pie izquierdo sobre el suelo, luego el derecho. Se quedó uno o dos minutos sentado mirando a la nada. Rostro tremendamente expresivo por su inexpresividad. Suspiró profundamente, se puso de pie y comenzó a caminar hacia el baño. Levantó la tapa del váter y comenzó a orinar. Esa primera orina era para él uno de los momentos más placenteros del día, capaz de saciar la acuciante necesidad de evacuación de su vejiga y de rebajar su primera erección del día, una de las pocas, quizá la única, sin motivación sexual. Finalizó, tiró de la cadena y bajó la tapa. Cogió el albornoz y caminó somnoliento hacia su cuarto de trabajo. Abrió las cortinas. La luz del sol cegó su vista durante unos instantes. Abrió la ventana y predijo el tiempo. “Hoy va a llover”, se dijo mientras veía llover.

Dirigió sus pasos hacia la cocina. Su gato Trotsky maullaba y se enredaba entre sus piernas. Era su felina manera de darle los buenos días. O eso creía él. Encendió las luces de la cocina. Le cegaron igualmente unos segundos. Cogió un vaso y lo llenó de agua. Bebió. Notó bajar el agua por su cuerpo. Se sintió más limpio, al menos por dentro. Luego se ducharía para completar la doble función higiénica del agua. Abrió el armario donde guardaba la caja de cereales, indispensables para su desayuno. La depositó sobre la mesa. Abrió el frigorífico y cogió la leche. Abrió el cajón de los cubiertos y cogió una cuchara. Además, la servilleta. Se sentó frente a la caja de cereales, la cuchara, la leche y la servilleta. Reflexionó. Se levantó producto de la reflexión y acudió al armario donde guardaba los tazones. Ahora sí, todo estaba preparado.

Momento de encender la radio. “On” en su transistor. Las mismas voces que minutos antes le habían empujado de la cama sonaban ahora por el transistor de la cocina. La diferencia es que ahora sí entendía lo que decían, no sólo su tono. Cogió la caja de cereales y sacó la bolsa. Comenzó a verter los cereales en el tazón. Cuando lo hubo llenado inclinó la caja de leche sobre el tazón hasta llenar el espacio que los cereales habían dejado. Tomó la cucharilla y comenzó a juguetear con ellos. Hundió la cuchara y la sacó llena de cereales bañados en leche. Empezó a masticar. La radio se hacía inaudible ante el crujir de los cereales dentro de su boca. Fue entonces consciente de que no había hecho caso a la radio desde que la había encendido. Y ahora, aunque quisiera, no podía entender. Debería esperar al final de su desayuno para poder conocer si la actualidad cambiaría su vida aquel lunes por la mañana.

Terminó los cereales ante la mirada ansiosa de su gato Trotsky. Desde que éste había descubierto el placer de la leche no cesaba su insistencia hasta que obtenía la recompensa de los últimos lametazos al tazón. Mientras Trotsky lamía, él recogía cada uno de los elementos previamente seleccionados para su desayuno. Fue entonces cuando las palabras radiofónicas se hicieron audibles de nuevo, y fue entonces cuando por primera vez esa mañana les prestó el sentido del oído. No había duda. Las primeras palabras, aunque inconexas para él, tenían un único significado: los príncipes habían sido papás. A él le resultaba algo extraño pensar que vivía en un país con príncipes y princesas, reyes y reinas. Siempre había creído que esas cosas pasaban sólo en el mundo de fantasía de los niños. Lo mismo que los Reyes Magos eran los padres, lo mismo que Papa Noel era un empleado temporal de la tienda de regalos, lo mismo que Cristo era un personaje de novela histórica. Pero no, para su asombro, en su país había reyes y reinas, príncipes y princesas.

La criatura, una niña nacida para joder tradiciones sucesorias, había visto la luz en la oscuridad de la madrugada. “Cómo habrá jodido a los periódicos”, pensó él. Una vez hubo recogido todo se sentó de nuevo para prestar durante unos minutos atención a la radio. Entre sus vicios malsanos estaba el de informarse de la actualidad. Sin embargo aquella mañana la actualidad estaba monopolizada por la criatura. Su venida a este mundo debía de ser como el alumbramiento del Mesías. A tenor de las palabras que vomitaban los altavoces de su transistor, su llegada tenía los efectos más increíbles y sanatorios jamás vistos. “Pobre criatura”, pensó fugazmente. Todo eran parabienes para alguien que ni siquiera había dicho todavía sus primeras palabras. Por su cabeza pasaron todo tipo de posibles primeras palabras. Claro que, además de improbables, eran demasiado maliciosas. Y si las hubiera, ya se encargarían de no hacérnoslas saber. El locutor dio paso a los oyentes tras formularles una pregunta: “¿Qué le supone a usted el nacimiento de la niña?”. Él, atónito, asistió a una devastadora sucesión de llamadas de gentes anónimas, de ciudadanos emocionados por la noticia que, fundamentalmente, mandaban parabienes para los padres recientes. Pero muchas llamadas no se limitaban a los parabienes, muchas veían en la niña la solución a los problemas del país. El Mesías era mujer.

¿Cómo una niña de horas podía resultar la solución a todo aquello que cada lunes excitaba, de verdad, las palabras informativas de la mañana? Increíble. ¿Qué mágicos poderes traía consigo la niña del útero materno? Apagó la radio. Suficiente por ahora. Apagó también la luz de la cocina y caminó hacia su cuarto de trabajo. Antes de la ducha gustaba de informarse también a través de Internet. Encendió su ordenador y esperó el proceloso proceso de carga. Una vez éste hubo finalizado abrió su correo electrónico. De entre los aproximadamente cuarenta correos acumulados durante la madrugada más de la mitad le prometían alargar su pene por módicos precios. Lo sintió mucho. Estaba más que satisfecho con el que ya tenía por lo que tiró las ofertas a la basura virtual. Abrió el navegador y escribió la dirección de su página favorita de información. Una enorme foto del príncipe presidía la página. La cerró compulsivamente tras el susto. Probó con otra pero la reacción fue la misma. Apagó el ordenador.

Se dirigió al dormitorio. Cogió allí la ropa que le vestiría tras la ducha y se dirigió a ella. Encendió las luces del baño y sin pensar encendió la radio, como hacía todos los días al ducharse. Se desnudó y entró en la ducha. Bajo el agua fue consciente de que la radio estaba encendida. Prestó atención, ya debían haber dejado hacía minutos el tema del día. Nada. Seguían con la niña. Ahora una periodista experta en la materia disertaba sobre las bondades de la Casa Real, sobre los gestos humanos del príncipe, sobre la modernidad monárquica ya que, increíblemente, en pleno siglo veintiuno habían informado a la prensa a través de mensajes de teléfono móvil. Pensó en apagar la radio pero ésta no quedaba al alcance de su mano desde la ducha. Debía hacer un ejercicio de abstracción para no dejar de disfrutar de las bondades del agua caliente y el jabón. Al terminar, lo primero que hizo fue apagar la radio. Sintió un reconfortante silencio, el silencio maravilloso de los ignorantes y desinformados.

Se secó con la toalla, se vistió, se limpió los dientes y volvió a su cuarto. Eligió los zapatos y se los puso. Cogió las llaves y salió de casa. Todos los días caminaba las dos manzanas que le separaban de su tienda de periódicos. Gustaba de comprar todos los días un periódico para leer lo que ya le había contado la radio. Sonrió en su interior pensando que, por fortuna, la noticia de la llegada del Mesías femenino había llegado demasiado tarde para que los periódicos la recogieran. Alguna nota quizá, pero no la portada. Miró a su alrededor y todo, curiosamente, tenía el aspecto habitual de cada lunes. Nada parecía diferente a pesar de la noticia. Un obrero trabajaba agujereando el mismo suelo que semanas atrás había agujereado otro obrero. El mismo suelo que entre medias había sido cubierto y adecentado por un tercer obrero. El cartero repartía el correo con la misma desidia de cada lunes por la mañana. Las tiendas estaban abiertas como siempre. Nada diferente. Nada ni nadie que pareciera consciente o afectado por la gran noticia. Sólo le faltaba un último escollo. La tienda de periódicos solía ser el mentidero de marujas, desocupados e indiscretos. La dueña ofrecía además de periódicos y pan su disposición a escuchar las tonterías más nimias de cada uno de sus clientes. Seguro que allí el tema de conversación iba ser el de la dichosa niña, el Mesías de la unión de un país amenazado según algunas excitadas voces de la mañana radiofónica.

Abrió la puerta de la tienda. En su interior las mismas caras marujas, desocupadas e indiscretas de siempre a esas horas. Saludó y fue saludado. Se acercó a la pila de periódicos y eligió el suyo. Agudizó el oído indiscreto y cuál fue su sorpresa cuando nadie de los allí presentes mencionaba a la dichosa niña. Depositó su periódico sobre el mostrador, pidió su barra de pan, sacó el dinero exacto y pagó. Seguían hablando mientras pero nada al respecto. Agradeció el servicio, fue agradecido por la compra y se dirigió hacia la puerta erguido y orgulloso de la evolución de marujas, desocupados en indiscretos. Fue ese el único momento en que se sintió satisfecho por la venida a este mundo de la niña, del Mesías femenino. Creyó por un instante en la bondad de su llegada. La gente se había cansado tanto de la dichosa niña que a nadie parecía preocuparle lo más mínimo y parecían dedicar tiempo a cuestiones menos mediáticas pero más importantes en la vida de cada uno. Recuperó su perdida fe en la humanidad. Abrió la puerta de la tienda y se despidió. Puso ambos pies en la acera y fue entonces, justo en el momento en que la puerta estaba a punto de cerrarse, cuando lo escuchó.

- ¡Bueno, ya tenemos reina!
 

Carlos Pérez Cruz