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Se levantó de la cama
como lo hacía todos los días, empujado por las voces
informativas de la mañana radiofónica. Su radio-despertador puso
fin al sueño cerca de las nueve de la mañana. No gustaba de
madrugar, más que nada porque trasnochaba demasiado. Se acostaba
con la radio y se levantaba con ella. Voces excitadas al
acostarse y excitadas al levantarse. Las nocturnas, por las
pasiones amorosas más ocultas; las matinales, por las pasiones
políticas más exacerbadas. Sin embargo aquella mañana el tono de
la voz que le empujó de la cama tenía un matiz diferente, menos
árido de lo habitual. Era lunes, parte de un puente festivo para
algunos. Pensó que quizá ese carácter medio ocioso del lunes
había rebajado la habitual tensión informativa. En los primeros
momentos del despertar no era capaz nunca de entender lo que se
hablaba, pero sí de percibir el tono de las voces, habitualmente
demasiado cabreadas para llevar el sol únicamente una hora y
media en acción. Pero no ese lunes.
Apagó su radio-despertador y remoloneó con las sábanas. Esos
momentos en que uno se resiste a ceder a la rutina y prolonga
durante cuatro o cinco minutos el inevitable despertar. Se
incorporó. Puso el pie izquierdo sobre el suelo, luego el
derecho. Se quedó uno o dos minutos sentado mirando a la nada.
Rostro tremendamente expresivo por su inexpresividad. Suspiró
profundamente, se puso de pie y comenzó a caminar hacia el baño.
Levantó la tapa del váter y comenzó a orinar. Esa primera orina
era para él uno de los momentos más placenteros del día, capaz
de saciar la acuciante necesidad de evacuación de su vejiga y de
rebajar su primera erección del día, una de las pocas, quizá la
única, sin motivación sexual. Finalizó, tiró de la cadena y bajó
la tapa. Cogió el albornoz y caminó somnoliento hacia su cuarto
de trabajo. Abrió las cortinas. La luz del sol cegó su vista
durante unos instantes. Abrió la ventana y predijo el tiempo.
“Hoy va a llover”, se dijo mientras veía llover.
Dirigió sus pasos hacia la cocina. Su gato Trotsky maullaba y se
enredaba entre sus piernas. Era su felina manera de darle los
buenos días. O eso creía él. Encendió las luces de la cocina. Le
cegaron igualmente unos segundos. Cogió un vaso y lo llenó de
agua. Bebió. Notó bajar el agua por su cuerpo. Se sintió más
limpio, al menos por dentro. Luego se ducharía para completar la
doble función higiénica del agua. Abrió el armario donde
guardaba la caja de cereales, indispensables para su desayuno.
La depositó sobre la mesa. Abrió el frigorífico y cogió la
leche. Abrió el cajón de los cubiertos y cogió una cuchara.
Además, la servilleta. Se sentó frente a la caja de cereales, la
cuchara, la leche y la servilleta. Reflexionó. Se levantó
producto de la reflexión y acudió al armario donde guardaba los
tazones. Ahora sí, todo estaba preparado.
Momento de encender la radio. “On” en su transistor. Las mismas
voces que minutos antes le habían empujado de la cama sonaban
ahora por el transistor de la cocina. La diferencia es que ahora
sí entendía lo que decían, no sólo su tono. Cogió la caja de
cereales y sacó la bolsa. Comenzó a verter los cereales en el
tazón. Cuando lo hubo llenado inclinó la caja de leche sobre el
tazón hasta llenar el espacio que los cereales habían dejado.
Tomó la cucharilla y comenzó a juguetear con ellos. Hundió la
cuchara y la sacó llena de cereales bañados en leche. Empezó a
masticar. La radio se hacía inaudible ante el crujir de los
cereales dentro de su boca. Fue entonces consciente de que no
había hecho caso a la radio desde que la había encendido. Y
ahora, aunque quisiera, no podía entender. Debería esperar al
final de su desayuno para poder conocer si la actualidad
cambiaría su vida aquel lunes por la mañana.
Terminó los cereales ante la mirada ansiosa de su gato Trotsky.
Desde que éste había descubierto el placer de la leche no cesaba
su insistencia hasta que obtenía la recompensa de los últimos
lametazos al tazón. Mientras Trotsky lamía, él recogía cada uno
de los elementos previamente seleccionados para su desayuno. Fue
entonces cuando las palabras radiofónicas se hicieron audibles
de nuevo, y fue entonces cuando por primera vez esa mañana les
prestó el sentido del oído. No había duda. Las primeras
palabras, aunque inconexas para él, tenían un único significado:
los príncipes habían sido papás. A él le resultaba algo extraño
pensar que vivía en un país con príncipes y princesas, reyes y
reinas. Siempre había creído que esas cosas pasaban sólo en el
mundo de fantasía de los niños. Lo mismo que los Reyes Magos
eran los padres, lo mismo que Papa Noel era un empleado temporal
de la tienda de regalos, lo mismo que Cristo era un personaje de
novela histórica. Pero no, para su asombro, en su país había
reyes y reinas, príncipes y princesas.
La criatura, una niña nacida para joder tradiciones sucesorias,
había visto la luz en la oscuridad de la madrugada. “Cómo habrá
jodido a los periódicos”, pensó él. Una vez hubo recogido todo
se sentó de nuevo para prestar durante unos minutos atención a
la radio. Entre sus vicios malsanos estaba el de informarse de
la actualidad. Sin embargo aquella mañana la actualidad estaba
monopolizada por la criatura. Su venida a este mundo debía de
ser como el alumbramiento del Mesías. A tenor de las palabras
que vomitaban los altavoces de su transistor, su llegada tenía
los efectos más increíbles y sanatorios jamás vistos. “Pobre
criatura”, pensó fugazmente. Todo eran parabienes para alguien
que ni siquiera había dicho todavía sus primeras palabras. Por
su cabeza pasaron todo tipo de posibles primeras palabras. Claro
que, además de improbables, eran demasiado maliciosas. Y si las
hubiera, ya se encargarían de no hacérnoslas saber. El locutor
dio paso a los oyentes tras formularles una pregunta: “¿Qué le
supone a usted el nacimiento de la niña?”. Él, atónito, asistió
a una devastadora sucesión de llamadas de gentes anónimas, de
ciudadanos emocionados por la noticia que, fundamentalmente,
mandaban parabienes para los padres recientes. Pero muchas
llamadas no se limitaban a los parabienes, muchas veían en la
niña la solución a los problemas del país. El Mesías era mujer.
¿Cómo una niña de horas podía resultar la solución a todo
aquello que cada lunes excitaba, de verdad, las palabras
informativas de la mañana? Increíble. ¿Qué mágicos poderes traía
consigo la niña del útero materno? Apagó la radio. Suficiente
por ahora. Apagó también la luz de la cocina y caminó hacia su
cuarto de trabajo. Antes de la ducha gustaba de informarse
también a través de Internet. Encendió su ordenador y esperó el
proceloso proceso de carga. Una vez éste hubo finalizado abrió
su correo electrónico. De entre los aproximadamente cuarenta
correos acumulados durante la madrugada más de la mitad le
prometían alargar su pene por módicos precios. Lo sintió mucho.
Estaba más que satisfecho con el que ya tenía por lo que tiró
las ofertas a la basura virtual. Abrió el navegador y escribió
la dirección de su página favorita de información. Una enorme
foto del príncipe presidía la página. La cerró compulsivamente
tras el susto. Probó con otra pero la reacción fue la misma.
Apagó el ordenador.
Se dirigió al dormitorio. Cogió allí la ropa que le vestiría
tras la ducha y se dirigió a ella. Encendió las luces del baño y
sin pensar encendió la radio, como hacía todos los días al
ducharse. Se desnudó y entró en la ducha. Bajo el agua fue
consciente de que la radio estaba encendida. Prestó atención, ya
debían haber dejado hacía minutos el tema del día. Nada. Seguían
con la niña. Ahora una periodista experta en la materia
disertaba sobre las bondades de la Casa Real, sobre los gestos
humanos del príncipe, sobre la modernidad monárquica ya que,
increíblemente, en pleno siglo veintiuno habían informado a la
prensa a través de mensajes de teléfono móvil. Pensó en apagar
la radio pero ésta no quedaba al alcance de su mano desde la
ducha. Debía hacer un ejercicio de abstracción para no dejar de
disfrutar de las bondades del agua caliente y el jabón. Al
terminar, lo primero que hizo fue apagar la radio. Sintió un
reconfortante silencio, el silencio maravilloso de los
ignorantes y desinformados.
Se secó con la toalla, se vistió, se limpió los dientes y volvió
a su cuarto. Eligió los zapatos y se los puso. Cogió las llaves
y salió de casa. Todos los días caminaba las dos manzanas que le
separaban de su tienda de periódicos. Gustaba de comprar todos
los días un periódico para leer lo que ya le había contado la
radio. Sonrió en su interior pensando que, por fortuna, la
noticia de la llegada del Mesías femenino había llegado
demasiado tarde para que los periódicos la recogieran. Alguna
nota quizá, pero no la portada. Miró a su alrededor y todo,
curiosamente, tenía el aspecto habitual de cada lunes. Nada
parecía diferente a pesar de la noticia. Un obrero trabajaba
agujereando el mismo suelo que semanas atrás había agujereado
otro obrero. El mismo suelo que entre medias había sido cubierto
y adecentado por un tercer obrero. El cartero repartía el correo
con la misma desidia de cada lunes por la mañana. Las tiendas
estaban abiertas como siempre. Nada diferente. Nada ni nadie que
pareciera consciente o afectado por la gran noticia. Sólo le
faltaba un último escollo. La tienda de periódicos solía ser el
mentidero de marujas, desocupados e indiscretos. La dueña
ofrecía además de periódicos y pan su disposición a escuchar las
tonterías más nimias de cada uno de sus clientes. Seguro que
allí el tema de conversación iba ser el de la dichosa niña, el
Mesías de la unión de un país amenazado según algunas excitadas
voces de la mañana radiofónica.
Abrió la puerta de la tienda. En su interior las mismas caras
marujas, desocupadas e indiscretas de siempre a esas horas.
Saludó y fue saludado. Se acercó a la pila de periódicos y
eligió el suyo. Agudizó el oído indiscreto y cuál fue su
sorpresa cuando nadie de los allí presentes mencionaba a la
dichosa niña. Depositó su periódico sobre el mostrador, pidió su
barra de pan, sacó el dinero exacto y pagó. Seguían hablando
mientras pero nada al respecto. Agradeció el servicio, fue
agradecido por la compra y se dirigió hacia la puerta erguido y
orgulloso de la evolución de marujas, desocupados en
indiscretos. Fue ese el único momento en que se sintió
satisfecho por la venida a este mundo de la niña, del Mesías
femenino. Creyó por un instante en la bondad de su llegada. La
gente se había cansado tanto de la dichosa niña que a nadie
parecía preocuparle lo más mínimo y parecían dedicar tiempo a
cuestiones menos mediáticas pero más importantes en la vida de
cada uno. Recuperó su perdida fe en la humanidad. Abrió la
puerta de la tienda y se despidió. Puso ambos pies en la acera y
fue entonces, justo en el momento en que la puerta estaba a
punto de cerrarse, cuando lo escuchó.
- ¡Bueno, ya tenemos reina!
Carlos Pérez Cruz |