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Esos lugares los siente
ajenos. Forman parte de su mundo personal de posibilidades, de
opciones, los elige en ocasiones y dibujan en él una sonrisa
cómplice. Cómplice consigo mismo, con su propia esencia
reafirmada, opuesta a aquellos lugares. Su presencia en ellos
es, en apariencia, la negación de su actividad funcional y
ética, a la vez que estar es su manera de reafirmarse. Un
disfraz de contradicción para relativizarse y afirmarse en las
posibilidades escogidas a menudo, en contraposición con las
negadas y elegidas esporádicamente.
Una noche esporádica más, entró en ellos. Quizá un tanto
desenfocado a ojos de quienes allí estaban. Desentonado,
desencontrado. Junto a un buen amigo, alguien capaz de
reconocerse propio dentro, entró en el primero para salir con
avidez por la falta de iguales en masa. En estos lugares a la
masa igual se le atribuye doble valor: reconforta e incomoda por
igual. Reconforta encontrar muchos iguales; incomoda pelear con
la masa igual para ganar tu espacio vital. Claro que para él
reconfortar implica diferenciarse de la masa igual formando
parte de ella. Sólo en la acepción de incómodo pudiera existir
común acuerdo. El segundo lugar cumplía los requisitos.
Entraron.
Al abrir la puerta él se sintió agredido por una música
descomunal de usar y tirar. Sonidos servidos en bandeja de
plástico, platos de cartón y servilletas de papel con petición
expresa de ser depositados en la papelera a la salida. Así,
entre todos, podremos mantener limpia nuestra salud mental.
Aunque la verdad, nunca ha sido esta una sociedad muy higiénica.
Trataron de ganar un sitio junto a dos iguales de la masa. El
buen amigo, capaz de reconocerse dentro, intentó conformar un
cuarteto igual entre ellos y ellas, las dos iguales de la masa
con las que compartían incómoda pelea espacial. A pesar de un
primer intento, las dos iguales prefirieron discretamente seguir
formando parte de la masa igual y no crear un aparte. Así que
ambos decidieron iniciar el siempre dificultoso proceso de
caminar hacia el fondo de uno de aquellos lugares, de música de
usar y tirar y alcohol excesivo, para echar un vistazo a otras
iguales de la masa.
El alcohol, travestido de rubia cebada embotellada, era el
asidero que él utilizaba para mantener la sonrisa cómplice en
lugares así. Una ayuda de fábrica con grandes cualidades:
reafirma la esencia personal y droga la visión de la opuesta.
Por eso él solía estar en ellos bañado en alcohol. Ni mucho, ni
poco. Sólo lo que el cuerpo admitía como apropiado para mantener
una cordura modificada.
En su caminar hacia el fondo distinguió, entre la masa igual,
dos iguales de su pasado escolar. Algo que, habitualmente, no le
reconforta en demasía, pero ante lo que él sabe comportarse como
la masa igual espera, con falso interés.
- ¿Qué pasa tíos? –, saludó.
- Beeeeeeeeeee -, saludaron.
- ¿Cuánto tiempo? -, mencionó
- Beeeeeeeeeee -, confirmaron
- ¿Qué vida? -, preguntó.
- Beeeeeeeeeee -, respondieron
- Bueno, me alegro de veros -, mintió.
- Beeeeeeeeeee -, mintieron igualmente.
Ni siquiera recordaba sus nombres. Él y su buen amigo siguieron
abrupta ruta hacia al fondo de aquel lugar y encontraron su
nueva ubicación junto a una pieza de ese gran puzzle de la masa
igual conformado por cuatro amigas. La rubia de bote
correspondiente, la fea, la mona discreta y la morena agraciada.
Prototipo genérico de marca. De pronto surgió de una pieza anexa
de cuatro amigos de la masa igual una avanzadilla de inspección
formada por el miembro más aparentemente sociable y descarado.
Siguiendo los cánones establecidos por la masa igual, en
convención social, la rubia de bote correspondiente fue el
primer objetivo de intimación. Agua. Su locuacidad no venía
acompañada del suficiente atractivo físico como para hacer
interesante su conversación a oídos de ella. Ellas no formarían
un aparte con ellos. Se disolvieron en la masa.
Él y su buen amigo sujetaban en cada mano la rubia cebada
embotellada. Movían sus cuerpos al ritmo de la música de usar y
tirar en angosto espacio y disertaban sobre la jugada fallida de
los cuatro con las cuatro, más bien del uno en nombre de cuatro,
o de sí mismo, quién sabe, si la rubia de bote correspondiente
hubiera accedido. Un segundo movimiento se generaba en sus
brazos al aproximar la rubia cebada embotellada en mano a la
boca para iniciar el proceso de ingestión. Se despertó en él el
proceso orinal que con frecuencia sigue a la ingestión masiva de
rubia cebada embotellada. Depositó ésta en la mano de su buen
amigo y dirigió sus pasos al servicio.
El servicio es, en este tipo de lugares, un curioso adjunto de
la masa igual. Un espacio mínimo en el que se concentran, a
veces durante minutos, cuatro o cinco iguales de la masa en un
adjunto forzoso de vejiga. Cuando él entró, era el cuarto de una
lista de espera que completaron rápidamente tres rubias de bote
correspondientes. Eran tan iguales en su diferencia que él creyó
tener una visión producto de la excitación por su inminente
evacuación de orina etílica. Otro igual hizo su aparición
cigarro en mano. Intentó que una de las tres rubias de bote
correspondientes, de vertiginoso canalillo, le encendiera un
cigarrillo. Éste, una especie de James Dean venido a menos,
buceó en su profundo vacío y recuperó su pasado genético animal.
Olisqueó entorno a ella para llegar a una conclusión que hizo
pública en un ejercicio de intimidad impúdica.
- Hueles a vainilla
- Beeeeeee -, respondió ella juguetona a la vez que
desinteresada.
La mirada de él, dirigida al James Dean venido a menos y a la
rubia de bote correspondiente elegida, era de incredulidad.
“Vaya par de gilipollas”, pensó. “Lástima de canalillo”,
concluyó.
La rubia de bote correspondiente más cercana a él buceó también
en su profundo vacío para encontrar la actitud animal más
adecuada para su propósito. Comenzó a frotarse contra su brazo,
como él recordaba que hacía su gato Trotsky cada mañana al
verle. Una estrategia de seducción animal cuyo propósito era
convencerle de que a su vez convenciera al igual, que usaba
entonces el único servicio en activo, para que agilizara su
evacuación. “Lástima de canalillo”, concluyó también sobre ella.
Le prometió record de velocidad en su ejecución.
Su turno. Se abrió la puerta del único servicio en activo y
entró. Llevaba puesto un pantalón con botones en la bragueta y
hubo de soltar primero el cinturón, y luego cuatro de los cinco
botones, para poder sacar al exterior el apéndice de su vejiga e
iniciar un proceso que no llegó a ser todo lo placentero
previsto. La rubia de bote correspondiente, que segundos antes
se le había frotado en actitud felina, comenzó a berrear una
particular concepción del paso del tiempo en la que los segundos
avanzaban por decenas en vez de unidades. A pesar de todo evacuó
tomándose su tiempo, aunque hubiera deseado poder taparse los
oídos. La acción en curso se lo impedía.
Volvió al encuentro de su buen amigo y recuperó la rubia cebada
embotellada, renovada ahora por otra más fresquita. Éste propuso
recuperar la posición inicial por lo que deshicieron la abrupta
ruta antes caminada. Al llegar encontraron de nuevo a las dos
iguales con las que el buen amigo había tratado en un principio.
En esta ocasión consiguió, gracias a su capacidad de seducción
social, el aparte que se les había negado antes. Él permaneció
en un incómodo segundo plano. Sus habilidades para ese tipo de
ritual de relación no están muy desarrolladas. Aún así inició
banal diálogo con la descartada de antemano por su buen amigo,
la bajita aparente y delgadita, bien vestida, pero con poco
canalillo por lucir.
Mientras el buen amigo movía el cuerpo acompasado con la
elegida, él confirmó su falta de costumbre en el ritual. El
baile de su buen amigo sólo hacía que empezar cuando para él la
conversación había encontrado el final en los primeros compases.
- Hola, me llamo él -, dijo él.
- Beeeeeee -, dijo ella.
- ¿Dé dónde eres? -, preguntó con aparente interés él.
- Beeeeeee -, dijo ella.
- Ah, bonita estación de autobuses la de esa ciudad -, dijo él
sobre el único lugar que conocía de la ciudad de ella.
- Beeeeeee -, dijo ella sonriendo.
- Yo tengo un amigo de allí -, aportó él.
- Beeeeeee - , dijo ella, por decir algo.
En un momento determinado, el buen amigo hubo de encaminarse al
mismo servicio que él minutos antes. Quedó sólo ante las dos
iguales y permaneció impasible, con una rubia cebada embotellada
en mano que aproximaba a la boca, con considerable frecuencia,
para reincidir en el proceso de ingestión. Consideró cortés
dirigirles unas diplomáticas palabras para no herir el orgullo
seductor de ellas y, de paso, adecuar su imagen a lo que el
entorno le exigía.
- Así que eres de Burgos -, le dijo a la elegida de su buen
amigo.
- Beeeeeee -, confirmó ella.
- ¿Y estudias o trabajas? -, preguntó él originalmente.
- Beeeeeee -, le dijo entre risas.
- ¿34 años? Te conservas bien -, dijo él cortésmente aun
consciente de la falacia.
- Beeeeeee -, le preguntó ella entre más risas.
- Ya sabía que no, pero así quedo bien de todas maneras -, se
defendió él.
Afortunadamente para él, el buen amigo regresó del baño.
Afortunadamente para él, ambos llegaron al acuerdo de que no
merecía mucho esfuerzo ese aparte creado dentro de la masa
igual. Afortunadamente para él, ellas debieron entender lo mismo
cuando comunicaron su baja de aquel lugar para darse de alta en
otro, pero sin ellos. Él pensó en marcharse. Ya se había
relativizado lo suficiente por esa noche. Era momento de
abandonar aquel lugar e iniciar el camino de regreso a casa.
Abrió la puerta y depositó la música de usar y tirar en la
papelera de residuos orgánicos. Eran ya las tres de la
madrugada.
Carlos Pérez Cruz |