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El café
El café, droga líquida, caliente y estimulante, es el inicio, el
nudo y el desenlace fatal de las relaciones de pareja. Es la
excusa para un siguiente tema en el incómodo silencio. Es el
sueño imposible del estudiante de madrugada. Es el falso ocio de
la mañana laboral. El despertar del alcohólico ocasional de
jueves noche. La prolongación de una comida de obligado final.
El futurólogo sin ciencia de vidas inciertas. Enemigo de pulsos
acelerados. La excusa para el encuentro incluso en su ausencia.
Un contador de historias.
Café de pareja (I)
Era su primer café. Se conocían desde hace unos meses pero lo
compartían por primera vez. A solas. Cara a cara. Sin más
compañía que la de su propia presencia, el uno para el otro y el
otro para el uno. A su alrededor una veintena de desconocidos
compartían también uno. Veinte que gritaban por cien. Molestos,
pero servían de escudo protector de su intimidad verbal. Podían
hablarse, decirse, quererse y nadie lo notaría. Estaban
demasiado entusiasmados por gritarse como para romper la
intimidad de su primer café juntos, su primer café como joven
pareja. Uno frente al otro. Entre medias una mesa de gruesa
madera desgastada en la que se leían mensajes de anteriores
vidas que pasaron por ella. Surcos de letras que se profesaban
amor eterno o insultaban a alguien de nombre Javier. Sobre la
mesa, dos tazas. La de él, café con leche. La de ella, café con
leche. Él lo tomaba sin azúcar. Ella, un sobre. Humeantes en
sendas tazas cóncavas de tono marrón. Permanecían inmóviles
sobre dos pequeñas bandejas plateadas que contenían el sobre de
azúcar ya vertido de ella y el sobre intacto de él. Además, una
chocolatina y una pequeña galleta envuelta en papel transparente
como complemento sólido al líquido.
De vez en cuando las manos de él amenazaban con asir la taza. De
vez en cuando las de ella, también. Tenían puesta la mirada fija
el uno en el otro y el otro en el uno. Los brazos sobre la mesa,
las manos de uno sobre las del otro y las del otro bajo las del
uno. Manos juguetonas y ligeramente temblorosas por la emoción
de la primera vez. Los dedos de ella acariciaban suavemente las
manos de él. Las de él recibían sensibles el roce de cada uno de
sus dedos. Sus labios permanecían sellados por momentos y
estallaban en mil historias que contaban el pasado del uno y del
otro. Esas historias que cada una de sus memorias había
mantenido en hibernación esperando un primer café como éste y
que ahora parecían imprescindible señuelo de seducción del uno
al otro y del otro al uno. Historias de infancias, de pasados
amores, de colegios, de libros leídos, de fotos curiosas, de
amigos comunes, de divertidos veranos que, en realidad, nunca lo
fueron tanto.
Se sumaban gritos a la primera veintena. Se sumaban nuevos
cafés. Su primero permanecía impasible. Cada vez menos humeante
por el paso del tiempo y el olvido inconsciente de los primeros
minutos del amor. La taza cóncava de ella mantenía la cucharilla
en su interior. Seguía esperando su turno para mezclar café,
leche y azúcar. Necesitaba la mano de ella regalada todavía a su
reciente pareja. Un sólo momento sería necesario para llevar a
cabo su función, pero él, y ella por consentimiento, no parecía
dispuesto a que ella dejara de acariciar la piel de su mano,
dejara de regalarle las mil historias que habían hibernado en su
mente durante días, semanas, meses y años, y dejara que sus ojos
perdieran de vista, ni siquiera un instante fugaz, su mirada
enamorada. Esa cuchara ya tendría su momento con ella, pero no
ahora que la tenía sólo para él una primera vez de, quizá,
muchas, o pocas, o quién sabe cuántas cuando es el primero de
una frágil relación sin construir. Y ella acariciaba. Y él
recibía y devolvía. Y la tarde se hizo noche, la cita amor y el
café con leche una excusa caliente en origen y fría en el
olvido. Se levantaron cuando a la veintena y suma de gritos se
le habían restado cafés.
Las dos tazas cóncavas de tono marrón quedaron allí, sobre sus
respectivas bandejas plateadas, sobre la mesa de gruesa madera
desgastada, como dos surcos del recuerdo de su paso fugaz por la
historia de esa estancia. Una declaración de amor que algún
camarero recogería tras su marcha. Tras ese primer café, sin
consumir, juntos.
¿Por qué tomar café?
“El café es malo. Tarda veinticuatro horas en filtrarse en los
riñones”, dijo ella mientras yo sorbía uno. Uno frío por los
hielos que casi desbordaban la taza. Café de verano. Tintineante
y refrescante taza para la sobremesa de la chicharra.
¿Veinticuatro horas? Realmente el café debe de ser algo
extraordinario. En nuestro acelerado planeta, en esta gran valla
publicitaria en que vivimos, de consumo rápido, de placeres de
usar y tirar, donde un minuto es oro, el café reclama uno de
nuestros órganos, ¡nada más y nada menos que durante
veinticuatro horas, durante mil cuatrocientos cuarenta minutos!.
Sin duda el café debe ser una bebida de otro tiempo, de una
época pasada y más pausada. Y ya se sabe que cualquier tiempo
pasado fue mejor.
Café de pareja (II)
Era sábado. El enésimo de su vida en pareja. Había pasado veinte
años desde su primer día juntos pero su rostro interior, el de
ambos, reflejaba un lastre vital aparentemente irreversible.
Habían tenido dos hijos, un chico y una chica. La hija fue la
primera en llegar, hace ahora ocho años. El hijo fue el premio
de un polvo de reconciliación alcohólica hace cuatro. Estaban
frente a las pesadas y gruesas puertas de un sábado tarde sin
nada que querer hacer juntos pero obligados por la frenética
necesidad de aire libre de sus dos vástagos. Demasiado niños
para entender todavía que sus padres no querían hacer nada, y
menos si hacer implicaba contar el uno con el otro. Se miraron
con esfuerzo. Él gestualizó vagamente lo que ella entendió como
una señal para prepararse y salir de casa. Eran cerca de las
cinco de la tarde y los niños gritaban y correteaban inquietos
por la casa molestando, sin saber, al invisible vecino del piso
de abajo. Ella abrió un armario otrora fuente de coquetería.
Ahora un simple contenedor de trajes que no habían sido
renovados en dos o tres años y que a sus ojos eran meras excusas
para cubrir sin esfuerzo un cuerpo bello antaño para él.
Salieron. Sus hijos habían trasladado las carreras y gritos de
la casa a la calle. Ni se molestaban en intentar hacerles
callar. Era una misión que requería una fuerza y convicción que
hace tiempo no tenían. Caminaron por las mismas calles de
siempre camino del mismo parque de siempre. Un recinto perfecto
para poder sentarse frente a una taza sin temer el atropello de
menores y poder sorber el enésimo café de sábado tarde. Café en
la cafetería que desde que su hija tenía meses habían visitado
cada sábado. Casi ocho años en la misma mesa, a la misma hora y
pidiendo lo mismo. Un café solo doble, bien cargado y sin
azúcar, para él y un café cortado, corto de leche, con leche
templada pero más bien caliente, del tiempo y desnatada, “a
poder ser”, y con los dos sobrecitos de azúcar moreno, “el
blanco es malo para la salud”, con dos galletitas integrales, ni
más ni menos.
Se sentaron uno frente al otro. Dos incómodas sillas de un frío
color plata. Una mesa circular y blanquecina con rastros de los
cafés de toda una semana, quizá también de la anterior. Él se
levantó de la mesa y cogió uno de los dos periódicos deportivos
que vio sobre la barra. Volvió, se acomodó en la incómoda silla
y comenzó a repasar con aparente desgana las páginas de fútbol.
Con su mano izquierda cogía la taza entre página y página y
sorbía sonoramente un poco de su café solo doble, bien cargado y
sin azúcar, que quemaba durante minutos. Ella prestaba, mientras
tanto, un ojo a sus hijos, que habían hecho amistad de
conveniencia infantil con un chico de unos once años, que jugaba
con una pequeña consola portátil de videojuegos. Con su mano
derecha vertía y removía a la vez el azúcar moreno de los dos
sobres sobre su taza de café cortado, corto de leche, con leche
templada pero más bien caliente, del tiempo y desnatada, o eso
le había asegurado el mismo camarero de la semana pasada, la
anterior y de muchas semanas pasadas atrás.
De vez en cuando él miraba por encima del periódico. Era una
mirada discreta hacia ella. Cada mirada, un intento de
convencerse de que veinte años atrás no se había equivocado.
Cada mirada de vuelta al periódico la convicción desganada del
error. Sorbo al ardiente café. Después una mirada de refilón a
sus hijos para convencerse, sin demasiado efecto, de la
necesidad de permanecer juntos. Ella hacía tiempo que no
necesitaba mirarle. Simplemente no le deseaba. Nada de lo que él
hacía le interesaba. Le parecía un tipo gris, aburrido, incapaz
de provocarle la mínima excitación. Ella sólo estaba allí para
beber de un trago su café cortado, corto de leche, con leche
templada pero más bien caliente, del tiempo y desnatada, aunque
siempre creía engordar tras bebérselo, y vigilar a sus dos
hijos, que ahora jugaban con unas piedritas del suelo.
Una vez él hubo acabado su café y devuelto el periódico, el
mismo camarero de la semana pasada, la anterior y de muchas
semanas pasadas atrás, recogió de la mesa las dos tazas y el
papel de las dos galletitas integrales de ella. Por primera vez
en una semana, quizá desde la anterior incluso, pasó un trapo
húmedo por aquella mesa y borró de una sola pasada cualquier
huella que delatara el paso de dos anónimos, con chico y chica,
y un futuro de café solo doble y bien cargado.
Preparación del café (I)
Cuando acabaron el segundo plato puso la vajilla en el
lavaplatos. Previamente la remojó para facilitar la función del
electrodoméstico. Limpió la mesa cuidadosamente. Una vez
despejada, y antes de iniciar los postres, cogió la cafetera con
la intención de dejarla preparada de modo que, una vez acabado
el postre, el café estuviera recién hecho. La cafetera contenía
todavía parte del café del día anterior. Lo arrojó por el
fregadero y la desmontó. Limpió el recipiente de agua y lo llenó
convenientemente de agua caliente, de modo que el proceso
posterior de ebullición se acortara lo más posible. Sacó el
depósito de café y vació los posos del día anterior. Lentamente
los fue eliminando por el fregadero con ayuda del agua caliente
y de su propia mano que deshacía los más compactos. Limpió el
depósito y lo volvió a colocar en su departamento, justo entre
el filtro y el recipiente de agua. Posteriormente puso el filtro
de café bajo el chorro de agua para, igualmente, limpiar los
restos del café anterior. Una vez hizo todo esto se acercó al
armario donde guardaba el café. Al abrirlo creyó verlo, pero se
trataba de una bolsa llena de menta para infusión. Volvió a
mirar y vio la bolsa de café. Soltó la goma que la protegía y se
acercó con ella a la cafetera. Apuntó sobre el depósito de café.
La bolsa estaba vacía.
Café de jueves noche
Cada semana seguían el mismo ritual. Durante siete u ocho años,
según la fuente de memoria, se reunían los cuatro pasadas las
diez de la noche. Cuatro amigos a los que la universidad había
separado de aula pero que mantenían infranqueable una amistad de
colegio. Desde su entrada en el mundo universitario ese pub
irlandés se había convertido en su semanal cita con la cerveza y
la conversación banal. Un descargo mental para unas vidas que se
juntaron cuando nada tenía especial importancia y que seguían
juntas ahora que todo era trascendente en su intrascendencia.
Cada noche de jueves encontraban libre “su mesa”. Rectangular y
con dos bancos de madera alargados. Dos de ellos en cada banco.
Luis y Javier en uno, Santi y Marcelo en otro. Luis y Javier
dominaban con la vista todo lo que sucedía en el interior de
aquel local, mientras Santi y Marcelo debían conformarse con un
relato de lo que ellos veían, o bien girarse indiscretamente
cada vez que Luis y Javier notificaban la noticia. Una
información casi siempre referida a la entrada en escena de
alguna jovencita de buen parecer e imposible consecución.
Nada parecía haber cambiado en esos ocho años, o siete según
fuentes, en que habían cumplido con exquisito respeto la
tradición de verse, beber cerveza y tener conversaciones
banales. Sí, sus vidas eran cambiantes, conocían la rutina, las
mujeres, la ausencia de ellas, el primer trabajo, el último,
pero cuando abrían la puerta del pub y entraban en él rara vez
el tema de conversación trascendía hacia lo personal. Cuando eso
pasaba rápidamente alguno de ellos echaba un capote a la
intrascendencia del ocio para recuperar el sentido de afirmación
vital de aquellas veladas: la capacidad, bajo cualquier
circunstancia, de arrancar una risa fuera cual fuera el momento
de cada uno en su vida fuera de allí.
El tono de la conversación y el volumen de la risa iban in
crescendo con el correr de la cerveza. Siempre había quien
empezaba con una ridícula caña mientras el resto arrancaba con
una pinta de gloriosa rubia o tostada cebada. Nunca faltaba el
tema sobre el que bromear, criticar ácidamente o discutir
acaloradamente. Ocho años, o siete según fuentes, no habían
convertido en rutina esa cita de noche de jueves. Cada uno la
añoraba viernes, sábado, domingo, lunes, martes y miércoles, en
uno u otro momento, con mayor o menor intensidad según su
realidad personal. Llegado el jueves, cada teléfono móvil
recibía un recordatorio innecesario del encuentro. Y entonces
comenzaba un ritual de amistad en torno a la cerveza que sólo se
veía interrumpido cuando Marcelo pedía un café. Era el anuncio
del principio del fin de la velada. El momento en que uno de los
cuatro pilares de esa mesa empezaba a flaquear producto de un
cansancio de exceso laboral acentuado por el siempre agotador
peso de la cerveza en exceso. Cuando Marcelo se giraba y miraba
a la dueña del local con un gesto inequívoco en su lenguaje
ritual de ocho años, o siete según fuentes, todos sabían que
tenían el tiempo en que se tardaba en servir ese café, siempre
cortado y largo de café, y en beberlo Marcelo, para contar las
últimas tonterías de la noche antes de volver a sus respectivas
realidades de viernes, sábado, domingo, lunes, martes, miércoles
y parte del jueves.
Preparación del café (II)
Tres años hacía que no veía a su amiga. No era íntima, pero sí
habían vivido algunos momentos personales juntos años atrás. Se
la había vuelto a encontrar de casualidad la mañana anterior, al
ir a hacer unos recados. Ella trabajaba ahora en una tienda de
bolsos de diseño. Era un trabajo temporal mientras encontraba
algo en lo suyo. Siendo martes por la mañana no tenían mucho que
vender en la tienda así que mataba el tiempo recostada sobre la
puerta de entrada. Allí fue desde donde le vio a él, que
caminaba pensando en sus cosas, que no eran ni muchas ni pocas,
pero sus cosas al fin y al cabo. Cotidianas, rutinarias, ya
pensadas mil y una veces, pero suficientes para hacer de él un
despistado compulsivo.
Ella bajó las escaleras y se le aproximó por detrás. Al
alcanzarle le tapó los ojos y pronunció un predecible “¿quién
soy?”. Él, despistado compulsivo y de razonable mala memoria, no
podía descifrar en ese momento la identidad de la voz tras su
espalda, ni de esas manos femeninas, suaves y algo frías que le
mantenían en una oscuridad inesperada en pleno día. ¿Quién podía
ser? ¿Qué voz femenina podía haber caminado tras él con el ánimo
de proporcionarle una sorpresa? Sólo necesitaba despegar las
manos que le mantenían ciego a su presencia para poder averiguar
de quién se trataba, pero en el fondo, poder sentir esa suave
frialdad de las manos femeninas sobre su rostro, le
proporcionaba placer suficiente como para prolongar la
resolución de su particular caso.
No supo contestar. Balbuceó. Ella volvió a preguntar “¿quíen
soy?”. Él disfrutó con la prolongación de su noche un poco más
hasta que definitivamente se abrió la luz del día ante él para,
poco después, poner rostro a las manos de Lucía.
- ¡Lucía!
Sí, Lucía. La misma que años atrás era una niña a sus ojos
convertida ahora en toda una mujer. No eran más de dos o tres
los años de diferencia entre ambos, pero la diferencia se
acentúa más con veinte que con veintitrés, los años que lucía
ella ahora en seductora realidad ante sus ojos. Ella se abalanzó
sobre él, le apretó con su cuerpo vestido de negro y le dio dos
sonoros besos llenos de ilusión. Él se vio incluso cohibido. No
sabía que ella le apreciaba de esa manera y se mostró algo
ruborizado.
- ¿Qué tal precioso? – dijo ella.
Hablaron durante dos o tres minutos. Habló ella. Él tropezaba
con su lengua al principio y sólo al final, justo para
despedirse, consiguió construir una frase digna de ser dicha.
Una invitación para tomar un café en su recién estrenada casa de
soltero. Quedaron para el día siguiente, a media tarde.
Media hora antes de la cita él ya se había preparado. Quizá
demasiado arreglado para estar en su propia casa de soltero,
pero precisamente ese matiz le hacía querer cuidar hasta el
último detalle. Había dedicado la mañana entera a limpiar cada
rincón de la casa, los cristales parecían no existir tras
dedicarles una hora entera de plena atención. El baño relucía
como nunca lo había hecho. Incluso la toalla de mano era nueva.
La cocina había descubierto un blanco que antes no lo era tanto.
Retiró incluso las fotografías de una antigua novia con la que
había terminado año y medio antes. Nada desde entonces.
Treinta minutos y ella llamaría al timbre. Decidió dejar
preparada la cafetera para que cuando ella llegara sólo fuera
cuestión de encender el fuego y esperar tres o cuatro minutos
para que todo se impregnara del acogedor olor de un café
escogido con mimo la tarde antes. Con mimo y cartera.
Para que el café fuera perfecto había fregado, tras muchas
semanas, e incluso meses, sin hacerlo, la cafetera. Parecía
nueva a sus ojos. O, al menos, por primera vez en mucho tiempo
su color se asemejaba al que tenía cuando la compró un par de
años atrás. La desmontó. Puso por separado las diversas partes
que la conformaban. Por un lado el recipiente del agua, por otro
el depósito de café, el filtro y la parte superior en la que se
contendría el café que después ambos tomarían recién hecho. Fue
meticuloso en el proceso. Ajustó el depósito de café en su
correspondiente puesto sobre el recipiente de agua. Añadió las
cucharadas precisas de ese café escogido con mimo y cartera la
tarde antes. Añadió el filtro a la parte superior y enroscó con
fuerza y precisión ambas partes. La cafetera estaba lista. Sólo
faltaba encender el fuego y esperar su ebullición, pero eso
sería cuando ella llegara.
Llegó. Impuntual. Ni mucho ni poco. Horario de mujer que sabe
que él, quienquiera que sea él, esperará lo que haga falta,
porque así está escrito. Porque así son las cosas para el hombre
que quiera compartir algo con ella. El tiempo, un café o una
vida.
Entró en su casa. Él la recibió con un par de besos y un ligero
abrazo amistoso. Ella no había perdido nada del día anterior a
éste. Su impresión tras tres años y un encuentro fortuito se
mantenía firme. Volvería a dedicar toda una mañana a limpiar
cada esquina de su hogar, a sacar trasparencia a sus cristales y
escoger con mimo y cartera el café por alguien como Lucía. Le
mostró su hogar de soltero habitación por habitación. Ella
mencionó lo limpio que estaba todo. Él sonrió por fuera y por
dentro ante su comentario.
Se acercaron a la cocina. Él le anunció que la cafetera estaba
preparada para que pudieran tomar el café cuando ella quisiera.
Ella, Lucía, sonrió agradecida y sorprendida por la eficacia y
atención de él. Tomó asiento mientras él encendía el fuego que
haría hervir el agua que, una vez en ebullición, cogería fuerza
y pasaría por el depósito de café para mezclarse con él, pasar
por el filtro dejando atrás los posos y verterse en la parte
superior de la cafetera en forma de café líquido, caliente y
estimulante. Un café que acompañaría la conversación entre él y
Lucía y quién sabe si algo más.
Tomó asiento junto a ella mientras esperaba a que el café lo
fuera. Comenzaron a hablar. Repitieron lo hablado el día
anterior esperando a tener algo mejor sobre lo que conversar.
Encendió la radio, previamente sintonizada en una frecuencia de
música étnica. Lucía, años atrás, le había introducido en el
mundo de este tipo de músicas a través de una modesta pero
interesante colección de discos. Ella volvió a sonreír
agradecida y sorprendida. Nada podía estar saliendo mejor.
Pasaron dos minutos, tres, e incluso cuatro. Un olor extraño
comenzó a invadir la blanca y coqueta cocina de soltero. Un olor
a goma quemada. Él se sobresaltó discretamente y empezó a mirar
a un lado y a otro. Lucía cambió el gesto y se sobresaltó
igualmente.
- ¿No será el café? – dijo ella.
Él se acercó a la cafetera. Vio como salía un cierto humo.
Levantó la tapa y no vio café. Algo extraño pasados esos
minutos.
- ¿Te has acordado de ponerle agua?
Carlos Pérez Cruz |