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Emisión: 19 y 26 Octubre 2005
Música:
Duke Ellington, Arto Tunçboyaciyan, New Quintet Du Hot Club De France, Paolo Fresu & Furio Di Castri, Fred Frith Ensemble Modern, John Coltrane, Terence Blanchard, Chet Baker, Louis Armstrong, Henri Texier, Wynton Marsalis y Dave Brubeck Quartet
Título:
Serie Café

 

El café

El café, droga líquida, caliente y estimulante, es el inicio, el nudo y el desenlace fatal de las relaciones de pareja. Es la excusa para un siguiente tema en el incómodo silencio. Es el sueño imposible del estudiante de madrugada. Es el falso ocio de la mañana laboral. El despertar del alcohólico ocasional de jueves noche. La prolongación de una comida de obligado final. El futurólogo sin ciencia de vidas inciertas. Enemigo de pulsos acelerados. La excusa para el encuentro incluso en su ausencia. Un contador de historias.

Café de pareja (I)

Era su primer café. Se conocían desde hace unos meses pero lo compartían por primera vez. A solas. Cara a cara. Sin más compañía que la de su propia presencia, el uno para el otro y el otro para el uno. A su alrededor una veintena de desconocidos compartían también uno. Veinte que gritaban por cien. Molestos, pero servían de escudo protector de su intimidad verbal. Podían hablarse, decirse, quererse y nadie lo notaría. Estaban demasiado entusiasmados por gritarse como para romper la intimidad de su primer café juntos, su primer café como joven pareja. Uno frente al otro. Entre medias una mesa de gruesa madera desgastada en la que se leían mensajes de anteriores vidas que pasaron por ella. Surcos de letras que se profesaban amor eterno o insultaban a alguien de nombre Javier. Sobre la mesa, dos tazas. La de él, café con leche. La de ella, café con leche. Él lo tomaba sin azúcar. Ella, un sobre. Humeantes en sendas tazas cóncavas de tono marrón. Permanecían inmóviles sobre dos pequeñas bandejas plateadas que contenían el sobre de azúcar ya vertido de ella y el sobre intacto de él. Además, una chocolatina y una pequeña galleta envuelta en papel transparente como complemento sólido al líquido.

De vez en cuando las manos de él amenazaban con asir la taza. De vez en cuando las de ella, también. Tenían puesta la mirada fija el uno en el otro y el otro en el uno. Los brazos sobre la mesa, las manos de uno sobre las del otro y las del otro bajo las del uno. Manos juguetonas y ligeramente temblorosas por la emoción de la primera vez. Los dedos de ella acariciaban suavemente las manos de él. Las de él recibían sensibles el roce de cada uno de sus dedos. Sus labios permanecían sellados por momentos y estallaban en mil historias que contaban el pasado del uno y del otro. Esas historias que cada una de sus memorias había mantenido en hibernación esperando un primer café como éste y que ahora parecían imprescindible señuelo de seducción del uno al otro y del otro al uno. Historias de infancias, de pasados amores, de colegios, de libros leídos, de fotos curiosas, de amigos comunes, de divertidos veranos que, en realidad, nunca lo fueron tanto.

Se sumaban gritos a la primera veintena. Se sumaban nuevos cafés. Su primero permanecía impasible. Cada vez menos humeante por el paso del tiempo y el olvido inconsciente de los primeros minutos del amor. La taza cóncava de ella mantenía la cucharilla en su interior. Seguía esperando su turno para mezclar café, leche y azúcar. Necesitaba la mano de ella regalada todavía a su reciente pareja. Un sólo momento sería necesario para llevar a cabo su función, pero él, y ella por consentimiento, no parecía dispuesto a que ella dejara de acariciar la piel de su mano, dejara de regalarle las mil historias que habían hibernado en su mente durante días, semanas, meses y años, y dejara que sus ojos perdieran de vista, ni siquiera un instante fugaz, su mirada enamorada. Esa cuchara ya tendría su momento con ella, pero no ahora que la tenía sólo para él una primera vez de, quizá, muchas, o pocas, o quién sabe cuántas cuando es el primero de una frágil relación sin construir. Y ella acariciaba. Y él recibía y devolvía. Y la tarde se hizo noche, la cita amor y el café con leche una excusa caliente en origen y fría en el olvido. Se levantaron cuando a la veintena y suma de gritos se le habían restado cafés.

Las dos tazas cóncavas de tono marrón quedaron allí, sobre sus respectivas bandejas plateadas, sobre la mesa de gruesa madera desgastada, como dos surcos del recuerdo de su paso fugaz por la historia de esa estancia. Una declaración de amor que algún camarero recogería tras su marcha. Tras ese primer café, sin consumir, juntos.


¿Por qué tomar café?

“El café es malo. Tarda veinticuatro horas en filtrarse en los riñones”, dijo ella mientras yo sorbía uno. Uno frío por los hielos que casi desbordaban la taza. Café de verano. Tintineante y refrescante taza para la sobremesa de la chicharra. ¿Veinticuatro horas? Realmente el café debe de ser algo extraordinario. En nuestro acelerado planeta, en esta gran valla publicitaria en que vivimos, de consumo rápido, de placeres de usar y tirar, donde un minuto es oro, el café reclama uno de nuestros órganos, ¡nada más y nada menos que durante veinticuatro horas, durante mil cuatrocientos cuarenta minutos!. Sin duda el café debe ser una bebida de otro tiempo, de una época pasada y más pausada. Y ya se sabe que cualquier tiempo pasado fue mejor.


Café de pareja (II)

Era sábado. El enésimo de su vida en pareja. Había pasado veinte años desde su primer día juntos pero su rostro interior, el de ambos, reflejaba un lastre vital aparentemente irreversible. Habían tenido dos hijos, un chico y una chica. La hija fue la primera en llegar, hace ahora ocho años. El hijo fue el premio de un polvo de reconciliación alcohólica hace cuatro. Estaban frente a las pesadas y gruesas puertas de un sábado tarde sin nada que querer hacer juntos pero obligados por la frenética necesidad de aire libre de sus dos vástagos. Demasiado niños para entender todavía que sus padres no querían hacer nada, y menos si hacer implicaba contar el uno con el otro. Se miraron con esfuerzo. Él gestualizó vagamente lo que ella entendió como una señal para prepararse y salir de casa. Eran cerca de las cinco de la tarde y los niños gritaban y correteaban inquietos por la casa molestando, sin saber, al invisible vecino del piso de abajo. Ella abrió un armario otrora fuente de coquetería. Ahora un simple contenedor de trajes que no habían sido renovados en dos o tres años y que a sus ojos eran meras excusas para cubrir sin esfuerzo un cuerpo bello antaño para él.

Salieron. Sus hijos habían trasladado las carreras y gritos de la casa a la calle. Ni se molestaban en intentar hacerles callar. Era una misión que requería una fuerza y convicción que hace tiempo no tenían. Caminaron por las mismas calles de siempre camino del mismo parque de siempre. Un recinto perfecto para poder sentarse frente a una taza sin temer el atropello de menores y poder sorber el enésimo café de sábado tarde. Café en la cafetería que desde que su hija tenía meses habían visitado cada sábado. Casi ocho años en la misma mesa, a la misma hora y pidiendo lo mismo. Un café solo doble, bien cargado y sin azúcar, para él y un café cortado, corto de leche, con leche templada pero más bien caliente, del tiempo y desnatada, “a poder ser”, y con los dos sobrecitos de azúcar moreno, “el blanco es malo para la salud”, con dos galletitas integrales, ni más ni menos.

Se sentaron uno frente al otro. Dos incómodas sillas de un frío color plata. Una mesa circular y blanquecina con rastros de los cafés de toda una semana, quizá también de la anterior. Él se levantó de la mesa y cogió uno de los dos periódicos deportivos que vio sobre la barra. Volvió, se acomodó en la incómoda silla y comenzó a repasar con aparente desgana las páginas de fútbol. Con su mano izquierda cogía la taza entre página y página y sorbía sonoramente un poco de su café solo doble, bien cargado y sin azúcar, que quemaba durante minutos. Ella prestaba, mientras tanto, un ojo a sus hijos, que habían hecho amistad de conveniencia infantil con un chico de unos once años, que jugaba con una pequeña consola portátil de videojuegos. Con su mano derecha vertía y removía a la vez el azúcar moreno de los dos sobres sobre su taza de café cortado, corto de leche, con leche templada pero más bien caliente, del tiempo y desnatada, o eso le había asegurado el mismo camarero de la semana pasada, la anterior y de muchas semanas pasadas atrás.

De vez en cuando él miraba por encima del periódico. Era una mirada discreta hacia ella. Cada mirada, un intento de convencerse de que veinte años atrás no se había equivocado. Cada mirada de vuelta al periódico la convicción desganada del error. Sorbo al ardiente café. Después una mirada de refilón a sus hijos para convencerse, sin demasiado efecto, de la necesidad de permanecer juntos. Ella hacía tiempo que no necesitaba mirarle. Simplemente no le deseaba. Nada de lo que él hacía le interesaba. Le parecía un tipo gris, aburrido, incapaz de provocarle la mínima excitación. Ella sólo estaba allí para beber de un trago su café cortado, corto de leche, con leche templada pero más bien caliente, del tiempo y desnatada, aunque siempre creía engordar tras bebérselo, y vigilar a sus dos hijos, que ahora jugaban con unas piedritas del suelo.

Una vez él hubo acabado su café y devuelto el periódico, el mismo camarero de la semana pasada, la anterior y de muchas semanas pasadas atrás, recogió de la mesa las dos tazas y el papel de las dos galletitas integrales de ella. Por primera vez en una semana, quizá desde la anterior incluso, pasó un trapo húmedo por aquella mesa y borró de una sola pasada cualquier huella que delatara el paso de dos anónimos, con chico y chica, y un futuro de café solo doble y bien cargado.


Preparación del café (I)

Cuando acabaron el segundo plato puso la vajilla en el lavaplatos. Previamente la remojó para facilitar la función del electrodoméstico. Limpió la mesa cuidadosamente. Una vez despejada, y antes de iniciar los postres, cogió la cafetera con la intención de dejarla preparada de modo que, una vez acabado el postre, el café estuviera recién hecho. La cafetera contenía todavía parte del café del día anterior. Lo arrojó por el fregadero y la desmontó. Limpió el recipiente de agua y lo llenó convenientemente de agua caliente, de modo que el proceso posterior de ebullición se acortara lo más posible. Sacó el depósito de café y vació los posos del día anterior. Lentamente los fue eliminando por el fregadero con ayuda del agua caliente y de su propia mano que deshacía los más compactos. Limpió el depósito y lo volvió a colocar en su departamento, justo entre el filtro y el recipiente de agua. Posteriormente puso el filtro de café bajo el chorro de agua para, igualmente, limpiar los restos del café anterior. Una vez hizo todo esto se acercó al armario donde guardaba el café. Al abrirlo creyó verlo, pero se trataba de una bolsa llena de menta para infusión. Volvió a mirar y vio la bolsa de café. Soltó la goma que la protegía y se acercó con ella a la cafetera. Apuntó sobre el depósito de café. La bolsa estaba vacía.


Café de jueves noche

Cada semana seguían el mismo ritual. Durante siete u ocho años, según la fuente de memoria, se reunían los cuatro pasadas las diez de la noche. Cuatro amigos a los que la universidad había separado de aula pero que mantenían infranqueable una amistad de colegio. Desde su entrada en el mundo universitario ese pub irlandés se había convertido en su semanal cita con la cerveza y la conversación banal. Un descargo mental para unas vidas que se juntaron cuando nada tenía especial importancia y que seguían juntas ahora que todo era trascendente en su intrascendencia.

Cada noche de jueves encontraban libre “su mesa”. Rectangular y con dos bancos de madera alargados. Dos de ellos en cada banco. Luis y Javier en uno, Santi y Marcelo en otro. Luis y Javier dominaban con la vista todo lo que sucedía en el interior de aquel local, mientras Santi y Marcelo debían conformarse con un relato de lo que ellos veían, o bien girarse indiscretamente cada vez que Luis y Javier notificaban la noticia. Una información casi siempre referida a la entrada en escena de alguna jovencita de buen parecer e imposible consecución.

Nada parecía haber cambiado en esos ocho años, o siete según fuentes, en que habían cumplido con exquisito respeto la tradición de verse, beber cerveza y tener conversaciones banales. Sí, sus vidas eran cambiantes, conocían la rutina, las mujeres, la ausencia de ellas, el primer trabajo, el último, pero cuando abrían la puerta del pub y entraban en él rara vez el tema de conversación trascendía hacia lo personal. Cuando eso pasaba rápidamente alguno de ellos echaba un capote a la intrascendencia del ocio para recuperar el sentido de afirmación vital de aquellas veladas: la capacidad, bajo cualquier circunstancia, de arrancar una risa fuera cual fuera el momento de cada uno en su vida fuera de allí.

El tono de la conversación y el volumen de la risa iban in crescendo con el correr de la cerveza. Siempre había quien empezaba con una ridícula caña mientras el resto arrancaba con una pinta de gloriosa rubia o tostada cebada. Nunca faltaba el tema sobre el que bromear, criticar ácidamente o discutir acaloradamente. Ocho años, o siete según fuentes, no habían convertido en rutina esa cita de noche de jueves. Cada uno la añoraba viernes, sábado, domingo, lunes, martes y miércoles, en uno u otro momento, con mayor o menor intensidad según su realidad personal. Llegado el jueves, cada teléfono móvil recibía un recordatorio innecesario del encuentro. Y entonces comenzaba un ritual de amistad en torno a la cerveza que sólo se veía interrumpido cuando Marcelo pedía un café. Era el anuncio del principio del fin de la velada. El momento en que uno de los cuatro pilares de esa mesa empezaba a flaquear producto de un cansancio de exceso laboral acentuado por el siempre agotador peso de la cerveza en exceso. Cuando Marcelo se giraba y miraba a la dueña del local con un gesto inequívoco en su lenguaje ritual de ocho años, o siete según fuentes, todos sabían que tenían el tiempo en que se tardaba en servir ese café, siempre cortado y largo de café, y en beberlo Marcelo, para contar las últimas tonterías de la noche antes de volver a sus respectivas realidades de viernes, sábado, domingo, lunes, martes, miércoles y parte del jueves.


Preparación del café (II)

Tres años hacía que no veía a su amiga. No era íntima, pero sí habían vivido algunos momentos personales juntos años atrás. Se la había vuelto a encontrar de casualidad la mañana anterior, al ir a hacer unos recados. Ella trabajaba ahora en una tienda de bolsos de diseño. Era un trabajo temporal mientras encontraba algo en lo suyo. Siendo martes por la mañana no tenían mucho que vender en la tienda así que mataba el tiempo recostada sobre la puerta de entrada. Allí fue desde donde le vio a él, que caminaba pensando en sus cosas, que no eran ni muchas ni pocas, pero sus cosas al fin y al cabo. Cotidianas, rutinarias, ya pensadas mil y una veces, pero suficientes para hacer de él un despistado compulsivo.

Ella bajó las escaleras y se le aproximó por detrás. Al alcanzarle le tapó los ojos y pronunció un predecible “¿quién soy?”. Él, despistado compulsivo y de razonable mala memoria, no podía descifrar en ese momento la identidad de la voz tras su espalda, ni de esas manos femeninas, suaves y algo frías que le mantenían en una oscuridad inesperada en pleno día. ¿Quién podía ser? ¿Qué voz femenina podía haber caminado tras él con el ánimo de proporcionarle una sorpresa? Sólo necesitaba despegar las manos que le mantenían ciego a su presencia para poder averiguar de quién se trataba, pero en el fondo, poder sentir esa suave frialdad de las manos femeninas sobre su rostro, le proporcionaba placer suficiente como para prolongar la resolución de su particular caso.

No supo contestar. Balbuceó. Ella volvió a preguntar “¿quíen soy?”. Él disfrutó con la prolongación de su noche un poco más hasta que definitivamente se abrió la luz del día ante él para, poco después, poner rostro a las manos de Lucía.

- ¡Lucía!

Sí, Lucía. La misma que años atrás era una niña a sus ojos convertida ahora en toda una mujer. No eran más de dos o tres los años de diferencia entre ambos, pero la diferencia se acentúa más con veinte que con veintitrés, los años que lucía ella ahora en seductora realidad ante sus ojos. Ella se abalanzó sobre él, le apretó con su cuerpo vestido de negro y le dio dos sonoros besos llenos de ilusión. Él se vio incluso cohibido. No sabía que ella le apreciaba de esa manera y se mostró algo ruborizado.

- ¿Qué tal precioso? – dijo ella.

Hablaron durante dos o tres minutos. Habló ella. Él tropezaba con su lengua al principio y sólo al final, justo para despedirse, consiguió construir una frase digna de ser dicha. Una invitación para tomar un café en su recién estrenada casa de soltero. Quedaron para el día siguiente, a media tarde.

Media hora antes de la cita él ya se había preparado. Quizá demasiado arreglado para estar en su propia casa de soltero, pero precisamente ese matiz le hacía querer cuidar hasta el último detalle. Había dedicado la mañana entera a limpiar cada rincón de la casa, los cristales parecían no existir tras dedicarles una hora entera de plena atención. El baño relucía como nunca lo había hecho. Incluso la toalla de mano era nueva. La cocina había descubierto un blanco que antes no lo era tanto. Retiró incluso las fotografías de una antigua novia con la que había terminado año y medio antes. Nada desde entonces.

Treinta minutos y ella llamaría al timbre. Decidió dejar preparada la cafetera para que cuando ella llegara sólo fuera cuestión de encender el fuego y esperar tres o cuatro minutos para que todo se impregnara del acogedor olor de un café escogido con mimo la tarde antes. Con mimo y cartera.

Para que el café fuera perfecto había fregado, tras muchas semanas, e incluso meses, sin hacerlo, la cafetera. Parecía nueva a sus ojos. O, al menos, por primera vez en mucho tiempo su color se asemejaba al que tenía cuando la compró un par de años atrás. La desmontó. Puso por separado las diversas partes que la conformaban. Por un lado el recipiente del agua, por otro el depósito de café, el filtro y la parte superior en la que se contendría el café que después ambos tomarían recién hecho. Fue meticuloso en el proceso. Ajustó el depósito de café en su correspondiente puesto sobre el recipiente de agua. Añadió las cucharadas precisas de ese café escogido con mimo y cartera la tarde antes. Añadió el filtro a la parte superior y enroscó con fuerza y precisión ambas partes. La cafetera estaba lista. Sólo faltaba encender el fuego y esperar su ebullición, pero eso sería cuando ella llegara.

Llegó. Impuntual. Ni mucho ni poco. Horario de mujer que sabe que él, quienquiera que sea él, esperará lo que haga falta, porque así está escrito. Porque así son las cosas para el hombre que quiera compartir algo con ella. El tiempo, un café o una vida.

Entró en su casa. Él la recibió con un par de besos y un ligero abrazo amistoso. Ella no había perdido nada del día anterior a éste. Su impresión tras tres años y un encuentro fortuito se mantenía firme. Volvería a dedicar toda una mañana a limpiar cada esquina de su hogar, a sacar trasparencia a sus cristales y escoger con mimo y cartera el café por alguien como Lucía. Le mostró su hogar de soltero habitación por habitación. Ella mencionó lo limpio que estaba todo. Él sonrió por fuera y por dentro ante su comentario.

Se acercaron a la cocina. Él le anunció que la cafetera estaba preparada para que pudieran tomar el café cuando ella quisiera. Ella, Lucía, sonrió agradecida y sorprendida por la eficacia y atención de él. Tomó asiento mientras él encendía el fuego que haría hervir el agua que, una vez en ebullición, cogería fuerza y pasaría por el depósito de café para mezclarse con él, pasar por el filtro dejando atrás los posos y verterse en la parte superior de la cafetera en forma de café líquido, caliente y estimulante. Un café que acompañaría la conversación entre él y Lucía y quién sabe si algo más.

Tomó asiento junto a ella mientras esperaba a que el café lo fuera. Comenzaron a hablar. Repitieron lo hablado el día anterior esperando a tener algo mejor sobre lo que conversar. Encendió la radio, previamente sintonizada en una frecuencia de música étnica. Lucía, años atrás, le había introducido en el mundo de este tipo de músicas a través de una modesta pero interesante colección de discos. Ella volvió a sonreír agradecida y sorprendida. Nada podía estar saliendo mejor.

Pasaron dos minutos, tres, e incluso cuatro. Un olor extraño comenzó a invadir la blanca y coqueta cocina de soltero. Un olor a goma quemada. Él se sobresaltó discretamente y empezó a mirar a un lado y a otro. Lucía cambió el gesto y se sobresaltó igualmente.

- ¿No será el café? – dijo ella.

Él se acercó a la cafetera. Vio como salía un cierto humo. Levantó la tapa y no vio café. Algo extraño pasados esos minutos.

- ¿Te has acordado de ponerle agua?

Carlos Pérez Cruz