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Emisión: 12 Octubre 2005
Música:
P.A.F., Cuong Vu, Mark Isham, Dave Douglas, Ramón López, John Coltrane y Paolo Fresu
Título:
Drogado

 

Drogado. Cansado y drogado. Nunca había consumido drogas, más allá del café, la cerveza o una copa de vino, pero sentía que así debía de sentirse alguien drogado. Era una droga relajante y sedante. Sentía su cuerpo pesado y somnoliento. Incapaz de asumir otro lunes más. La larga noche en vela tras la pesadilla le había convertido en un incapaz laborable.

Al abrir los ojos, a las tres de la madrugada, se había levantado para beber un poco de agua y tratar de calmarse tras ese mal sueño. Se había mirado en el espejo. Frente a él, su yo reflejado y sudoroso. Blanco. Tembloroso. Sin duda tenía algo de fiebre. Le dolía la garganta y el cuerpo se quejaba de frío. Un frío nacido del exceso de calor en la cama, al que no podía renunciar para evitar riesgo de agravamiento.

Había vuelto a la cama. Había encendido la radio tratando de encontrar en las voces folladoras de la madrugada un poco de aburrimiento. Había tratado de conciliar el sueño entre historias de paredes con caras, solitarios arrepentidos, frustrados vitales y desencantados sexuales. Pero no había sido suficiente para poder entablar contacto de nuevo con Morfeo. La fiebre y la resaca de su pesadilla le habían de mantener insomne durante las largas horas de la noche, que son años en camas enfermas. Horas de un tic tac imaginado a paso anciano. Horas en las que se descubre la vida oculta del vecino que pulsa el ascensor a deshoras.

- Son las cinco de la madrugada, las cuatro en Canarias. Lo siento pero no tengo nada que contarles. Así que volvemos cuando sean las seis de la mañana, que serán las cinco en Canarias.

La radio le había contado el mejor informativo de su vida. Había sido, probablemente, el único momento en que sus ojos cerrados pertenecían a los de un cuerpo dormido. A medias, entre el aquí y el allá, pero lo suficiente para hacerle perder la noción del tiempo. Noción frustrante cuando la manecilla del reloj de la mesilla de noche le había recordado todo lo que quedaba por delante. Si algo había pasado de veras lo comprobaría en el siguiente informativo, el de las verdaderas cinco de la madrugada.

Se había puesto de costado, boca arriba, boca abajo, con las piernas dobladas, estiradas, con almohada, sin almohada, con luz y sin luz, con radio y sin radio. Empezó a leer. Desistió. Nunca le había apasionado la lectura. Sobre su mesilla tenía siempre el mismo libro. Año tras año esperando a ser leído sin caer en la cuenta de que quizá sería esa primera hoja la única en abrirse siempre. La única para las noches de insomnio. Un libro desistido siempre a la primera.

Se había levantado de nuevo. Se había acercado a la ventana y la había abierto. Noche oscura y cerrada en unas calles iluminadas en naranja. Un coche a lo lejos. Quizá un vecino camino de su hogar a deshoras. Nadie marcando con sus pasos un eco posible a esas horas del silencio. Un pájaro. Recordaba lo que todavía estaba lejos para el enfermo, el amanecer. Luz muerta en la farmacia. No era noche de guardia.

Había cerrado la ventana. Había encendido la televisión. Una asombrosa escoba que todo lo barría. Una antigua serie sin dignidad en el paso del tiempo. Un increíble hombre musculado sin esfuerzo. Había apagado la televisión. Una figura anaranjada, de hombros caídos, reflejaba tenuemente su silueta en la pantalla oscura. Su yo catódico. Había encendido una luz y cogido una revista. Una publicación con el reclamo de mujeres desnudas. Las mismas que ayer cumplieron, hoy habían dejado de ser deseables. Había tirado la revista al suelo y se había tumbado en el sofá. Había cerrado los ojos. Nada.

Se había quitado el pijama y bajado a la calle. Había empezado a andar y a sentir su cuerpo frágil. La acera, que soportaba su rápido caminar diario de ida y vuelta, le sentía ahora lento y pesado. Había deambulado en torno a la manzana de su casa. Había sentido el aire frío de la madrugada y oído al mismo pájaro que minutos antes. Nadie por la calle. Sólo un coche de reparto esperando absurdamente el verde de un semáforo que daba paso a imaginarios peatones. Había vuelto a casa.

- Son las cinco de la madrugada, las cuatro en Canarias. A más de 20000 personas muertas asciende el último recuento de las autoridades paquistaníes...

Había apagado la radio. Demasiados muertos para ser de noche. Había pensado en ellos y no se había sentido especialmente mal. Ya lo estaba. Había olvidado pronto esa cifra y pensado en otra. Ciento cincuenta. Los minutos por delante para intentar ganarle la batalla al malestar. El premio gordo sería una cabezada antes de su jornada laboral. Jornada de lunes.

Había pensado en el fin de semana. ¿Qué había hecho con él? ¿No había sido ayer viernes? Se había acordado del alcohol y la música alta. De los movimientos ridículos en compañías ridículas y del humo excesivo que todo lo impregnaba. Se había acordado de las horas tumbado en el sofá de casa. Sólo. Mirando sin mirar la misma televisión que minutos antes le reflejaba anaranjado y decaído o que poco antes vendía escobas mágicas y musculación sin esfuerzo.

Se había puesto de costado, boca arriba, boca abajo, con las piernas dobladas, estiradas, con almohada, sin almohada, con luz y sin luz, con radio y sin radio. Nada. Había desistido definitivamente. Se había levantado de nuevo y amagado con hacer la cama. Se había acordado que nunca la hacía. La había dejado a medio hacer y había ido a la cocina. Había deseado café. El café había dejado de existir el jueves pasado y no lo había apuntado en su lista de la compra. “Joder”, se había dicho a si mismo.

Había decidido darse una ducha. Se había desnudado y mirado de nuevo ante el espejo. La misma palidez, el mismo rostro en su yo reflejado. Se había mirado de arriba abajo y se había disgustado. Ni guapo ni feo, ni gordo ni delgado. Simplemente un cuerpo que no ocuparía la versión femenina de la revista que minutos antes había vuelto a ojear en su sofá. Se había metido en la ducha. Había abierto el grifo del agua caliente. “Joder”, se había vuelto a decir. Había salido de la ducha. Había ido a la cocina y pulsado el botón del agua caliente de su deficiente calefactor de gas. Había vuelto a entrar en la ducha. Se había duchado.

Había vuelto a su habitación y abierto el armario de la ropa. Había cogido uno de sus dos trajes de trabajo. Se había puesto el pantalón, la camisa blanca azulada, la ridícula corbata morada de su empresa, la americana. Había llenado su maleta de papeles sin importancia. Se había puesto los calcetines negros que hacían sudar sus pies. Se había puesto los zapatos, cogido las llaves y cerrado la puerta con desgana tras de sí.

Había entrado en la cafetería más cercana. Dos jóvenes, con mochilas de montaña, tomaban café. Había pedido un café con leche, un donut de chocolate y una aspirina. Había desayunado viendo amanecer. Le había extrañado la poca gente un lunes por la mañana. Había abandonado ese pensamiento fugaz por el recuerdo de su noche de pesadilla aún sin fin.

Había decidido comprar el periódico. Tenía tiempo todavía antes del trabajo. Se sentaría a leerlo en cualquier banco de cualquier parque que estuviera cerca de su empresa. Había entrado en la tienda de periódicos. Había escogido su periódico habitual. Había sacado la cantidad exacta de dinero de su cartera y la había puesto sobre el mostrador.

- Buenos días, aquí tienes.
- Buenos días Javier. Tienes mala cara.
- Una mala noche.
- ¿Dónde vas tan elegante?
- Al trabajo, claro.
- ¿Trabajáis en festivo?

Carlos Pérez Cruz