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Drogado. Cansado y
drogado. Nunca había consumido drogas, más allá del café, la
cerveza o una copa de vino, pero sentía que así debía de
sentirse alguien drogado. Era una droga relajante y sedante.
Sentía su cuerpo pesado y somnoliento. Incapaz de asumir otro
lunes más. La larga noche en vela tras la pesadilla le había
convertido en un incapaz laborable.
Al abrir los ojos, a las tres de la madrugada, se había
levantado para beber un poco de agua y tratar de calmarse tras
ese mal sueño. Se había mirado en el espejo. Frente a él, su yo
reflejado y sudoroso. Blanco. Tembloroso. Sin duda tenía algo de
fiebre. Le dolía la garganta y el cuerpo se quejaba de frío. Un
frío nacido del exceso de calor en la cama, al que no podía
renunciar para evitar riesgo de agravamiento.
Había vuelto a la cama. Había encendido la radio tratando de
encontrar en las voces folladoras de la madrugada un poco de
aburrimiento. Había tratado de conciliar el sueño entre
historias de paredes con caras, solitarios arrepentidos,
frustrados vitales y desencantados sexuales. Pero no había sido
suficiente para poder entablar contacto de nuevo con Morfeo. La
fiebre y la resaca de su pesadilla le habían de mantener insomne
durante las largas horas de la noche, que son años en camas
enfermas. Horas de un tic tac imaginado a paso anciano. Horas en
las que se descubre la vida oculta del vecino que pulsa el
ascensor a deshoras.
- Son las cinco de la madrugada, las cuatro en Canarias. Lo
siento pero no tengo nada que contarles. Así que volvemos cuando
sean las seis de la mañana, que serán las cinco en Canarias.
La radio le había contado el mejor informativo de su vida. Había
sido, probablemente, el único momento en que sus ojos cerrados
pertenecían a los de un cuerpo dormido. A medias, entre el aquí
y el allá, pero lo suficiente para hacerle perder la noción del
tiempo. Noción frustrante cuando la manecilla del reloj de la
mesilla de noche le había recordado todo lo que quedaba por
delante. Si algo había pasado de veras lo comprobaría en el
siguiente informativo, el de las verdaderas cinco de la
madrugada.
Se había puesto de costado, boca arriba, boca abajo, con las
piernas dobladas, estiradas, con almohada, sin almohada, con luz
y sin luz, con radio y sin radio. Empezó a leer. Desistió. Nunca
le había apasionado la lectura. Sobre su mesilla tenía siempre
el mismo libro. Año tras año esperando a ser leído sin caer en
la cuenta de que quizá sería esa primera hoja la única en
abrirse siempre. La única para las noches de insomnio. Un libro
desistido siempre a la primera.
Se había levantado de nuevo. Se había acercado a la ventana y la
había abierto. Noche oscura y cerrada en unas calles iluminadas
en naranja. Un coche a lo lejos. Quizá un vecino camino de su
hogar a deshoras. Nadie marcando con sus pasos un eco posible a
esas horas del silencio. Un pájaro. Recordaba lo que todavía
estaba lejos para el enfermo, el amanecer. Luz muerta en la
farmacia. No era noche de guardia.
Había cerrado la ventana. Había encendido la televisión. Una
asombrosa escoba que todo lo barría. Una antigua serie sin
dignidad en el paso del tiempo. Un increíble hombre musculado
sin esfuerzo. Había apagado la televisión. Una figura
anaranjada, de hombros caídos, reflejaba tenuemente su silueta
en la pantalla oscura. Su yo catódico. Había encendido una luz y
cogido una revista. Una publicación con el reclamo de mujeres
desnudas. Las mismas que ayer cumplieron, hoy habían dejado de
ser deseables. Había tirado la revista al suelo y se había
tumbado en el sofá. Había cerrado los ojos. Nada.
Se había quitado el pijama y bajado a la calle. Había empezado a
andar y a sentir su cuerpo frágil. La acera, que soportaba su
rápido caminar diario de ida y vuelta, le sentía ahora lento y
pesado. Había deambulado en torno a la manzana de su casa. Había
sentido el aire frío de la madrugada y oído al mismo pájaro que
minutos antes. Nadie por la calle. Sólo un coche de reparto
esperando absurdamente el verde de un semáforo que daba paso a
imaginarios peatones. Había vuelto a casa.
- Son las cinco de la madrugada, las cuatro en Canarias. A más
de 20000 personas muertas asciende el último recuento de las
autoridades paquistaníes...
Había apagado la radio. Demasiados muertos para ser de noche.
Había pensado en ellos y no se había sentido especialmente mal.
Ya lo estaba. Había olvidado pronto esa cifra y pensado en otra.
Ciento cincuenta. Los minutos por delante para intentar ganarle
la batalla al malestar. El premio gordo sería una cabezada antes
de su jornada laboral. Jornada de lunes.
Había pensado en el fin de semana. ¿Qué había hecho con él? ¿No
había sido ayer viernes? Se había acordado del alcohol y la
música alta. De los movimientos ridículos en compañías ridículas
y del humo excesivo que todo lo impregnaba. Se había acordado de
las horas tumbado en el sofá de casa. Sólo. Mirando sin mirar la
misma televisión que minutos antes le reflejaba anaranjado y
decaído o que poco antes vendía escobas mágicas y musculación
sin esfuerzo.
Se había puesto de costado, boca arriba, boca abajo, con las
piernas dobladas, estiradas, con almohada, sin almohada, con luz
y sin luz, con radio y sin radio. Nada. Había desistido
definitivamente. Se había levantado de nuevo y amagado con hacer
la cama. Se había acordado que nunca la hacía. La había dejado a
medio hacer y había ido a la cocina. Había deseado café. El café
había dejado de existir el jueves pasado y no lo había apuntado
en su lista de la compra. “Joder”, se había dicho a si mismo.
Había decidido darse una ducha. Se había desnudado y mirado de
nuevo ante el espejo. La misma palidez, el mismo rostro en su yo
reflejado. Se había mirado de arriba abajo y se había
disgustado. Ni guapo ni feo, ni gordo ni delgado. Simplemente un
cuerpo que no ocuparía la versión femenina de la revista que
minutos antes había vuelto a ojear en su sofá. Se había metido
en la ducha. Había abierto el grifo del agua caliente. “Joder”,
se había vuelto a decir. Había salido de la ducha. Había ido a
la cocina y pulsado el botón del agua caliente de su deficiente
calefactor de gas. Había vuelto a entrar en la ducha. Se había
duchado.
Había vuelto a su habitación y abierto el armario de la ropa.
Había cogido uno de sus dos trajes de trabajo. Se había puesto
el pantalón, la camisa blanca azulada, la ridícula corbata
morada de su empresa, la americana. Había llenado su maleta de
papeles sin importancia. Se había puesto los calcetines negros
que hacían sudar sus pies. Se había puesto los zapatos, cogido
las llaves y cerrado la puerta con desgana tras de sí.
Había entrado en la cafetería más cercana. Dos jóvenes, con
mochilas de montaña, tomaban café. Había pedido un café con
leche, un donut de chocolate y una aspirina. Había desayunado
viendo amanecer. Le había extrañado la poca gente un lunes por
la mañana. Había abandonado ese pensamiento fugaz por el
recuerdo de su noche de pesadilla aún sin fin.
Había decidido comprar el periódico. Tenía tiempo todavía antes
del trabajo. Se sentaría a leerlo en cualquier banco de
cualquier parque que estuviera cerca de su empresa. Había
entrado en la tienda de periódicos. Había escogido su periódico
habitual. Había sacado la cantidad exacta de dinero de su
cartera y la había puesto sobre el mostrador.
- Buenos días, aquí tienes.
- Buenos días Javier. Tienes mala cara.
- Una mala noche.
- ¿Dónde vas tan elegante?
- Al trabajo, claro.
- ¿Trabajáis en festivo?
Carlos Pérez Cruz |