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¿Vivimos tiempos de
revival? En una reciente conversación con buenos amigos y
mejores melómanos (¿o era al revés?) pareció concluirse que la música,
de algún modo, había llegado a un punto evolutivo de bloqueo y que se
estaba echando la mirada atrás, tanto en la música que se hace como en
el (re)descubrimiento de glorias pasadas (Johnny Cash, por ejemplo... o
los inevitables Beatles, que pareciera que sacan disco cada día). No
lo sé, puede que nos falte perspectiva histórica sobre el momento
presente pero discos como este de la cantante Youn Sun Nah parecen
afirmar tal diagnóstico. La selección de versiones parece, en
cierto modo, un ejercicio de nostalgia musical puesta al día. También la
expresión de gustos variopintos de la cantante.
De tanto decirlo se ha convertido en una muletilla personal: el Jazz
vocal está en crisis. Es la voz quizá el instrumento que más determinado
está por el peso de las históricas. Pocas voces destacan por su
originalidad, por quitarse el lastre de a lo que los estereotipos
obligan y menos todavía las que improvisan. Desde esta perspectiva la
voz de Youn Sun Nah tiene la suficiente credibilidad como para no ser
una más de esas mujeres (me concentro en la voz femenina) que aparecen y
desaparecen tal cual llegan, productos pastiche, de laboratorio
discográfico, que no pasan de cantantes pop vestidas con elegante Jazz de
ascensor. Sun Nah tiene un chorro de voz que incluso en ocasiones (Breakfast
in Baghdad o Enter Sandman) se permite jugar a ser soprano, quizá como respuesta al
amigo que en su día le dijo que era tarde para ser cantante clásica pero
no jazzística (no entiendo muy bien la contraindicación de estilos por
edad, pero en fin). Y es que la llegada al mundo de la música de esta
mujer nacida en Seúl (Corea) en 1969 se produjo a sus veintitantos
después de dejar su anterior trabajo en la industria de la moda. En 1995
se trasladó a París para estudiar Jazz (según tiene declarado no sabía
qué era aquello del Jazz cuando le sugirieron ser cantante del género) atraída igualmente por la chançon francesa.
No es Youn Sun Nah una improvisadora (no al
menos especialmente en registro discográfico) pero hace tiempo que uno
asumió que no todas las voces del Jazz improvisan. ¿Devalúa esto su
papel como jazzista? No tengo una respuesta clara aunque, en honor a la
verdad, hay pinceladas de improvisación en su música y, sobre todo, la
forma de hacer suyas las canciones de otros requiere una implicación
personal que, sin ser exclusiva del Jazz, es totalmente necesaria para
crear el discurso propio que a todo músico de Jazz que se precie cabría
exigir. Y eso que sus versiones no difieren estructuralmente demasiado
de los originales pero su voz tiene un punto de encantamiento que le
deja a a uno ensimismado. Y ella, como buena maga, abre disco
engatusándonos con una soñadora versión de My favorite things
en la que se acompaña del sonido de la kalimba africana. El mismo
ejercicio de ensoñación que procura con el tema que da título al disco,
Same girl, original de Randy Newman que mejora con su voz (lo
siento Randy, no se puede tener todo en esta vida) y con la ayuda de una
caja de música. También gana con su voz el Moondog que el
baterista Terry Cox dedicara con su banda Pentangle al excéntrico y
genial compositor Louis Thomas Hardin, conocido como 'Moondog', al que
Sun Nah le da un sentido de Blues y flexibilidad rítmica que en el
original está delimitado por un pulso percusivo constante con el que el
propio Cox se acompaña. Casi al final del tema la cantante colorea su
solo utilizando un kazoo (el carnavalesco mirlitón), un instrumento
(casi) de juguete que convierte la voz de Sun Nah en un híbrido sonoro
de trompeta y trombón con acento humano. Quizá un guiño a los inventos
del propio 'Moondog'.
Si uno se abstrae de prejuicios, de normas demasiado severas sobre qué
es o no es un estilo determinado, este disco es para disfrutarlo por
muchos motivos. Uno de ellos es la propia voz de You Sun Nah que
administra muy bien sus recursos (o que esconde muy bien sus
limitaciones, que todo puede ser), que ha encontrado en los suecos Ulf
Wakenius y Lars Danielsson dos cómplices que generan la atmósfera
necesaria para cada tema. En Song of no regrets (Sergio Mendes
y Lani Hall) el pizzicato del chelo sirve un ritmo de vals
sobre el que se balancean la voz y el propio chelo con arco mientras la
guitarra sirve el inquietante mundo sonoro del Uncertain weather
de la propia Sun Nah. Tras el no menos inquietante título de
Breakfast in Baghdad (firmado por Wakenius) se esconde el más
vibrante de los temas y posiblemente la canción con una mayor labor de
producción en el estudio. Guitarra, chelo y contrabajo se multiplican para generar un obsesivo y denso acompañamiento sostenido por la
percusión de Desandre-Navarre. El ritmo reiterativo del chelo y el contrabajo punteado de Danielsson permiten a Wakenius
(brillante su solo con la guitarra acústica) dibujar una
melodía - compartida con Sun Nah en un ejercicio de impecable
scat - con un sutil toque oriental para después (entiendo que es
él con la guitarra y no el chelo electrificado) generar
sonidos que me recuerdan a algún tipo de gaita (¿balcánica?). El propio Wakenius se
encarga de arreglar y acompañar a Youn Sun Nah en el precioso y delicado tema que mira a su país de origen,
Kangwondo Arirang, así como en el Enter Sandman
de Metallica sobre el que Sun Nah se retuerce hasta llevar la voz a
extremos agudos que ahoga para caer en la susurrante oración final y
retomar el estribillo. En su Pancake juguetea rítmicamente con los nombres de sus comidas favoritas
(algunas completamente fuera de la 'dieta mediterránea', todo hay que decirlo) en un divertido ejercicio que pone de relieve la propia poesía (ergo rítmica) de las palabras.
Por si todo esto fuera poco la versión de My name is Carnival
me ha permitido conocer la figura de su malogrado autor, el folkie
Jackson C. Frank y La chanson d´Hélène (compuesta por Philippe Sarde para la película
Les choses de la vie de Claude Sautet en 1969) reduce la melaza
instrumental del original cantado por la actriz Romy Schneider y
recitado por Michel Piccoli (aquí recita Roland Brival) para poner un
final con guiño a la chançon francesa que la coreana decía
admirar antes de viajar a París.
Carlos Pérez Cruz
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