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Toc, toc, toc, toc,
toc, toc... un metrónomo marcaba las horas muertas del maestro. Era su
tiempo de ocio y estaba lejos, muy lejos de casa. A miles de kilómetros.
Un océano entre medias y el maestro seguía estudiando. "Nunca se
termina de aprender", me dijo al oído.
Todavía no había hablado con él cuando captó mi atención. Yo diría
que lo que realmente captó fueron mis emociones. Sentaba su oronda figura
en la silla de un piano que segundos después comenzaba a sonar de tal
manera que el corazón se arrebataba. Era capaz de apagar el ruido de esas
gentes que se interponían entre él y yo. Mis oídos ignoraban el
bullicio del local para perderse entre un mar de sensibilidades sonoras
expuestas desde el interior más profundo del artista.
Charlar con él me hizo descubrir una mente acorde a su música. Una mente
serena y juiciosa, con esa capacidad para analizarlo todo que sólo puede
alcanzar una persona, un Músico, en plena madurez y con la suficiente
humildad como para que todo lo que haga consiga un valor humano y artístico
todavía mayor.
Fueron cinco noches de romance que mi memoria recuerda ahora gracias a un
directo que nunca viví.
Carlos Pérez Cruz |