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El punto de
partida de cualquier elaboración crítica es la toma de conciencia de lo
que uno es realmente: es decir, la premisa "conócete a ti mismo" en
tanto que producto de un proceso histórico concreto que ha dejado en ti
infinidad de huellas sin, a la vez, dejar un inventario de ellas.
Las palabras del escritor Antonio Gramsci escritas en la cárcel
durante la dictadura de Benito Mussolini y recogidas en sus
Cuadernos de la cárcel presiden las notas del libreto de este
trabajo de Vijay Iyer. Son una declaración de intenciones acerca de la
naturaleza de este proyecto, un conócete a ti mismo de Vijay
Iyer a través de la música que forma parte de su historicidad,
una búsqueda de esas huellas que nadie inventarió para él y necesarias
para encontrar su punto de partida en la elaboración musical. Pero, ¿a
qué se refiere Iyer con historicidad? De las posibles
definiciones del término que reseña en el libreto el pianista se queda
con la que dice: la condición de estar situado en una corriente de
la historia; también el resultado de dicha situación. Así afirma
que el pasado nos pone en movimiento.
En la búsqueda de esas huellas Iyer se ha encontrado
con la música de uno de sus mentores: el pianista Andrew Hill y su
proyecto de 1963 Smoke stack (una de cuyas peculiaridades
residía en el uso de dos contrabajistas, uno en funciones rítmicas y
otro más libre); además con Stevie Wonder y su Big brother,
con los inicios del saxofonista Julius Hemphill en Dogon A.D.,
con el teclista Ronnie Foster (colaborador habitual de George Benson así
como del propio Stevie Wonder), con el Somewhere de Leonard
Bernstein y Stephen Sondheim para West Side Story y con una
referencia mucho más próxima, la de la rapera M.I.A. (Mathangi
Arulpragasam) y su Galang (en la línea de música de discoteca
con toques asiáticos tan frecuente en Londres en los últimos tiempos).
En resumen, en esta mirada a su propia historicidad aparece la
música de dos vanguardistas del Jazz (Hill y Hemphill), un teclista
funky (Foster), una canción de musical (Somewhere) y dos voces:
la de un soulman como Stevie Wonder y la de una rapera como
M.I.A.. Imagino que serán muchos más los nombres que la conforman pero
se puede percibir una cierta atracción por lo que Iyer denomina
insurgentes, es decir, artistas rompedores en su momento pero
también por la canción de compromiso o por las músicas más "jóvenes".
Además aprovecha la ocasión para revisitar dos temas propios ya grabados
con anterioridad: Trident y Sentiment.
Tengo sensaciones contradictorias con Historicity. Es indudable
el nivel musical de los tres instrumentistas (ritmos imposibles,
armonías complejas) y sus virtudes para sonar como un conjunto sólido.
Sin embargo el resultado final es, por un lado, abrumador (no hay
tregua, no hay espacios, no hay pausa en la información musical) y, por
el otro, carente de emoción. Quizá la formación de Iyer como físico y
matemático tenga su peso en la concepción de la música, como si se
expresara a través de un profuso tratado metódico de composición,
arreglos e improvisación olvidándose de un cierto grado de humanismo
imprescindible para conectar con la audiencia. Existe la virtud
conceptual en este trabajo pero falta la emoción que haga de su escucha
una experiencia más allá de la admiración acrobática (no tanto por
pirotécnico sino por habilidoso). Están todos los elementos para una
gran obra presentes, todas las herramientas dispuestas, pero falta la
comunicación con el oyente (con el que esto firma, claro). Y está todo
tan dominado por esas premisas que las versiones de músicos tan
diferentes como Andrew Hill, Stevie Wonder o M.I.A. resultan en la
memoria demasiado parecidas entre sí y tan sólo los motivos melódicos o
ciertos apuntes estéticos y rítmicos diferencian unas de otras. Dicho
todo lo cual hay momentos en Historicity que adjetivan
"emocional" su inteligencia, momentos para la fe de quienes somos de
letras puras y nos cuesta apreciar el valor "matemático" de la música.
Los suficientes como para vivir en la contradicción entre la admiración
por este disco y el lamento por una falta de mayor empatía.
Carlos Pérez Cruz
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