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Agridulce. Se me
viene a la cabeza de primeras este adjetivo mientras paladeo con inmenso
placer auditivo el primer encuentro discográfico de los tres nombres
que, por distintos motivos, forman (para mí) la delantera del Jazz
español en este país: Ramón López por su increíble libertad y gloriosa
locura como improvisador gestionada desde el "exilio" parisino; Agustí
Fernández como compendio de los lenguajes pianísticos más experimentales
del siglo XX (y XXI, claro); Baldo Martínez por haber mostrado otro
posible Jazz folclórico en España más allá del Flamenco-Jazz.
Evidentemente lo dicho es una pincelada somera y reduccionista de unas
trayectorias personales llenas de matices que para los aficionados son
un manjar casi inabarcable, siempre enriquecedor. Por fortuna hay
cantera haciendo música muy notable pero los tres, que viven en la
década de sus cincuenta (Ramón ingresará en ella en agosto del año que
viene), están en el momento de sentar cátedra con su música. No por
vanos virtuosismos sino por justamente lo contrario: por saber de dónde
quitar excesos para quedarse (y quedarnos) con lo fundamental y hacer
Música.
Decía agridulce el regusto que me deja este disco no por la música
(excelente) sino por el futuro que le adivino a su difusión. Seré breve
con mis dolencias dado que merece más hablar de la Música que de sus
avatares. El disco fundacional del trío entra en el catálogo de
Universal (a través de su filial Emarcy) pero no siempre son las
multinacionales las mejores difusoras de sus productos "menores". Por
otro lado la música está a tal nivel que el trío es, sin duda, carne de
exportación internacional (tal como está ahora la economía España
¡¡¡necesita exportar!!! ¡¡¡¡Que el Arte rebaje nuestro déficit
fiscal!!!!) pero me temo que, como siempre, en tierras ibéricas pasará
inadvertido fuera de los círculos de la causa. Y ya no lloro más
(podría). Hablemos de Música.
Cinco improvisaciones colectivas, dos partituras de Ramón López, una de
Baldo Martínez y versiones de Lonely Woman de Ornette Coleman y
de Anònim de David Mengual son el material que nos proporciona
su paso por el estudio de grabación. Resulta cuando menos curioso que no
aparezca la firma de Agustí Fernández (experimentado compositor) pero no
resulta relevante, máxime cuando estamos ante un trabajo en el que
impera la improvisación y en el que las composiciones, al margen de las
versiones, son más bien ambientales y abiertas (casos de Bhimsen
Joshi y Spirit of the mbira de Ramón López) o rítmicas (la
fragmentaria Locura otoñal de Baldo Martínez). Priman las
texturas y los juegos sonoros (con el ya tradicional tratamiento
percusivo y arpístico de las cuerdas del piano; también
se percuten las del contrabajo) sobre las estructuras y hay tanto
espacio para un cierto lirismo intimista - que tan brillante resultara
en el
Aurora de Agustí con Ramón López y Barry Guy en 2006 - como
para un lenguaje más nervioso y obsesivo. En esta última línea se
encuentra la Pasión intacta que surge de la libre improvisación
colectiva que, sin embargo, tiende por lo general a una mayor
contención, a una tentativa más o menos melódica y atonal, especialmente
lograda en la bellísima Belle de Jour en la que el piano de
Agustí guía melódicamente mientras Baldo responde con un precioso y
(muy) cálido sonido del contrabajo. Ramón, que ha hecho la llamada
introductoria con los tambores, va construyendo una estructura rítmica
con la tabla india (más el apoyo colorista de los platos) que va y viene
hasta desvanecerse en un ejercicio de sutileza que impregna esta
maravilla.
La experiencia con la música india (y en la India) de Ramón López hace
tiempo que enriqueció su sonido (en este disco con homenaje incluido al
octogenario cantante Bimshen Joshi) así como su experiencia con la
música africana (y en África) con Joachim Kühn y Majid Bekkas (con dos
ediciones discográficas y en espera de una tercera ya grabada) que nos
ha permitido otro momento mágico en este disco con Spirit of the
mbira en el que incorpora la mbira (o kalimba, quizá su más
conocida denominación), un instrumento de láminas que se pulsan con los
dedos sobre una caja de resonancia que en este caso cuenta con el "arpa"
de Agustí como marco sonoro en una primera parte que suena a nana
(también Baldo acompaña discretamente dándole sentido armónico a la
música) hasta que, de pronto, tras detenerse, se establece un juego
rítmico con tres niveles: el de un excitado, percutido y rasgado
contrabajo de Baldo y el del piano de Agustí Fernández que percute
igualmente con cada vez mayor nervio hasta casi retirarse cuando Baldo
toma el arco. El tercer nivel lo trabaja Ramón López sobre los tambores
con una insistencia circular aparentemente disociada de sus compañeros.
Hay muchas más aristas y rincones dignos de atención en este primer
disco de TriEz pero, por encima de todos ellos, permanece el placer que
una escucha exigente (audición activa y atenta) proporciona y en la que
resuenan e identifican las identidades de tres músicos díscolos e
inconformistas que se han encontrado en un momento muy oportuno de sus
carreras.
Carlos Pérez Cruz
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