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Una frase del poeta
griego Píndaro (cuyo nacimiento se fecha en torno al 518 antes de Cristo)
preside el austero libreto de este Usaquén de Iñaki Sandoval: Aquello
que es bello lo es por necesidad. Dice Iñaki que con esa frase se
evita explicar en texto la música; la música habla por sí misma, si
hubiera de hacerlo con palabras es que quizá algo falla, piensa. Sea por
la razón que fuere Iñaki nos ha evitado el suplicio de leer el
tradicional texto elogioso de la pluma por encargo (que además en muchos
casos deviene en un ejercicio lírico del autor) o la también usual
semblanza formativa y profesional que tiene tendencia al relleno (como un
día me crucé con X por la calle X forma parte de mi biografía).
Que Iñaki Sandoval haya ahorrado palabras no es óbice para que con una
frase ajena nos esté dando ya unas cuantas pistas del contenido musical
de Usaquén. La frase del poeta griego incide en un concepto
fundamental en el sentido creativo de Sandoval, la belleza. La búsqueda
de la belleza es el objetivo último que persigue todo creador,
confiesa el pianista en una conversación
con servidor. Pero semejante afirmación me genera dudas: ¿qué
entendemos por belleza? Es probable que para muchos la belleza esté
ligada a aquello que calificamos hermoso, agradable a los sentidos. Y, sin
embargo, en muchas ocasiones la belleza que infunde en nosotros deleite
espiritual (léase definición de "Belleza" de la RAE) y que
nos hace amar el Arte poco o nada tiene que ver con una concepción
de la belleza estética comúnmente aceptada. Grandes obras de la historia
del Arte (y de la Música) están lejos de ser aceptadas por la mayoría
como bellas o hermosas y sin embargo producen en muchos ese deleite
espiritual y despiertan amor (adicción incluso). La belleza no es
siempre cómoda a los oídos o agradable a la vista.
Dicho lo cual, y para no caer en el defecto del plumilla por encargo, la
belleza en este Usaquén puede ser asumida por quienes la conciben
amable y también por quienes son alérgicos al azúcar. No hay azúcar
pero sí intimismo y lírica musical en este segundo proyecto
discográfico del pianista navarro tras su debut con Sausolito (2005
- Ayva Music) de la mano de una de las rítmicas de Tete Montoliu, la de
Horacio Fumero (contrabajo) y Peer Wyboris (batería). Fallecido el
alemán (a quien está dedicado el disco) Sandoval renueva el trío con la
incorporación de David Xirgu. Así son tres generaciones, tres décadas,
las que se reúnen en torno a las composiciones de Sandoval (a excepción
de un par de temas de Fumero y uno con firma de los tres). Y el resultado
es un buen trabajo de composición, de compenetración y de calidad (y
calidez) musical que muestra un rigor y una seriedad dignas de atención.
Cada detalle está mimado y, sin embargo, no cerrado. La música fluye con
una naturalidad despreocupada, como si fuera de paseo con las manos a la
espalda y la mirada distraída en el paisaje. Simplemente (¿?) deja
surgir el bagaje de los tres que, de veras, parecen uno. Y asoma la
formación clásica de Sandoval que construye un idioma musical que suena
propio, en el que los lenguajes no delimitan territorios fronterizos sino
que forman con naturalidad parte del mismo.
Tiene Iñaki Sandoval sensibilidad y talento. Da la sensación de que sabe
moverse con cautela, que conoce el riesgo de tomar decisiones de manera
compulsiva y que permite que las ideas se tomen su tiempo y acepten sus
circunstancias. Y eso no abunda en esta época en la que los invernaderos
permiten obtener género pero a costa de corromper su ritmo natural. Y la
verdadera música (como el verdadero Arte) necesita tiempo y espacio. La
de Iñaki Sandoval suena de verdad. Ahora en trío pero, ¿algún día a
solo? Espero que sí porque cuando lo apunta promete. Pero si Píndaro
tiene razón eso sólo sucederá si llega por necesidad. Sin ella el Arte
es de cartón piedra.
Carlos Pérez Cruz |