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Cuando Iñaki
Salvador posa los dedos de sus manos sobre un piano es tiempo de silencio.
Silencio de expectación. Silencio de emoción. El silencio que requiere
la escucha de una hermosa historia contada por un pianista sin patria
perdido en medio de la inmensidad del océano. Océano por el que navega
un barco lleno de historias escritas por Alessandro Baricco.
Baricco dio vida a un pianista teatral que saltó de la imaginación a la
realidad a través de un piano bien conocedor del mar, cantábrico en este
caso, como es Iñaki Salvador. Quizá ese cantábrico que rompe olas en la
Concha donostiarra inspiró unos sonidos de bella factura. Un piano
melodioso y sosegado. Piano de mar calmada que suena a blues en días de
marejada y a salón de época en alta mar.
Un encuentro de inquietudes artísticas de Salvador, la teatral y la
musical, que en escena nos trajo doble faceta de actor y músico. Actor
principal de nuestro piano jazzístico que continúa por la senda de la
soledad iniciada en su anterior navegación discográfica (Piano Solo,
Improvisaciones sobre canciones populares vascas- Satchmo) sólo rota por
la presencia puntual de la trompeta de Matthew Simon.
De la soledad enfrentada a la tradición cultural de su anterior trabajo,
a la soledad frente a su propia imaginación en la creación del mundo
sonoro de un barco y sus historias. Creación propia con propina de
nombres ilustres. Un encuentro entre el "Mediterráneo" de su
admirado Joan Manuel Serrat y el cantábrico de su amigo de escenarios
Mikel Laboa. Broche de oro a un trabajo digno de escuchar en momentos de
ensoñación.
Carlos Pérez Cruz |