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La música como arte
abstracto tiene en la palabra un difícil descriptor. La descripción
sonora puede enfocarse al ámbito de lo técnico-musical: armonías, melodías,
ritmos… o al ámbito de lo sugerente: alegría, diversión, tristeza…
Lo primero se convierte en instrumento de estudio para entendidos, lo que
aleja al ciudadano medio de la realidad que se le presenta. Lo segundo
entra en el campo de lo subjetivo, lo personal, la vivencia emocional de
cada individuo/a. Pero si describimos “Perico” como un trabajo
intenso, quizá ahí si logramos de alguna manera aunar los dos estadios
de la descripción. Intensidad en los ritmos, intensidad en el sonido del
saxo… pero también intensidad en las emociones, a caballo entre la
intensidad festiva del mundo flamenco, y la intensidad introspectiva de
una nana o una balada.
Intensidad flamenca para un disco que no es flamenco pero que siente en
palmas. Intensidad introspectiva para una nana cantada por el Contrabajo
de nuestros sueños; dedos que pulsan al ritmo de un corazón nacido para
ser música. Un corazón que late al son cubano de Drume Negrita.
Semejante nivel de intensidades requiere un colchón de sólidos ritmos.
Ritmos que proporcionan unas percusiones que encontraron en Nueva York su
idilio flamenco; percusiones que son en si mismas toda una sección rítmica.
Un piano portugués que entiende el flamenco como parte de su propia
cultura musical; que camina por lirismos de emoción en tiempos
lentos; que desprende sabia energía en rápidos que para otros serían
incontrolados torrentes.
“Perico” como afirmación, que no confirmación, de su homónimo. Un
saxo que ganó pasaporte, hace ya mucho, para pasear por el mundo un
sonido que esconde en el cajón de las creatividades momentos de mayor
intensidad… si cabe.
Carlos Pérez Cruz |