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Hay nombres
grandilocuentes que son envoltorio del vacío y los hay que parecen una
solución rutinaria pero que no deberían ocultar lo que detrás de ellos
se esconde. Que los músicos utilicen las iniciales de nombres o
apellidos para denominar grupos no es nuevo aunque en este caso, imagino
que de forma inconsciente, hayan coincidido en la denominación con otro trío que - ¡vaya! - también
grabó un disco de título homónimo. El
que aquí nos ocupa es un trío de gallegos mientras el otro lo es de
argentinos (regiones - ¡qué casualidad! - tan hermanadas
históricamente). Tomar las iniciales de los respectivos apellidos (los
nombres en el caso argentino) esconde de primeras una virtud, o al menos
conforma una declaración de intenciones: son un grupo. No son un trío con
líder aunque cualquiera de los tres tiene argumentos suficientes para
tirar del carro que se propongan: ellos (Baldo y Antonio) por años en la
carretera y ella (Lucía) porque pasión y método tiene de sobra ya en sus
primeros kilómetros.
Algo que de primeras cautiva de este trío es su solidez. Transmite
comunicación, empatía, energía y contundencia cuando la música lo
requiere a la vez que es capaz de insuflar vida incluso en los tempos
más lánguidos. No es un disco de baladas pero no hay más que escuchar
Megumi (firmado por Lucía) para constatar cómo son capaces de
jugar con el espacio para llenarlo a partir de una melodía y un tema
cantábile que se despliega de principio a fin en la guitarra de un
espléndido Antonio Bravo. Uno se los imagina mecidos por unas olas
caribeñas al dejarse llevar por la calidez del sonido de Bravo - uno de
esos cotizados (aunque mal pagados) músicos que genera música a su alrededor -, los
apuntes rítmicos y contrapuntísticos de Baldo y los toques percusivos de
la autora del tema que, si bien sutiles, trabajan tanto sobre platos
como timbales en un delicioso vaivén que merece una atenta escucha. Un tema que envuelve y reclama la
atención porque de unos apuntes tan básicos crean gran música. Delicada
pero no melosa, breve (apenas dos minutos y medio) y acogedora.
Cuatro temas con firma de Baldo, dos de Lucía y otros dos de Antonio. La sencillez y buen
gusto melódico de Lucía Martínez (su Jacarandás en flor
desprende aroma de copla española, quizá sugerida por su distancia
berlinesa) contrasta con la tendencia de Baldo Martínez a crear
complejas estructuras temáticas sobre compases de amalgama (Biscrimson), polirritmias
y temas con forma casi de suite por sus cambios y estudiada estructura
(claro que en lograr la naturalidad con todos esos elementos está la
gracia, que la tiene en este caso), mientras que Antonio Bravo aporta dos de los
temas con estructura más limpia: una especie de plácido vals (Ya
veremos) que permite largas e inspiradas improvisaciones del
guitarrista y de Baldo, y un no menos plácido Mar de fondo que,
sin embargo, permite intuir una mayor complejidad en la relación entre
melodía y ritmo (ternario, de nuevo) que - haciendo honor al título -
discurre como fondo especialmente del largo desarrollo temático
de Bravo, tras cuyo solo el tema desemboca en un espacio abierto a la
libre improvisacion. Y es que si algo tiene este disco es una amplitud
de matices digna de aplauso que habla de la concentrada dedicación
artesana de los tres. Hay mucho trabajo detrás de cada uno de ellos así
como naturalidad para plasmarlo en un lenguaje de grupo que tiene la
virtud de esconder lo complejo mediante una fluida comunicación.
Desde el estallido hiphopero tema inicial (MBM) - con
su correspondiente base rítmica bajo/batería (drum and bass lo
llamamos los snobs) y un discurso de la guitarra casi vocal
(¡MC Bravo!) - hasta el amarre final con el crepuscular, emotivo (a la
par que inquietante) Puerto de abrigo, el debut discográfico de
este trío da mucho de sí y confirma una vez más que: a) Baldo Martínez
es conceptualmente uno de los músicos más abiertos, sólidos y con un
lenguaje más personal del orbe ibérico - aquello que toca lleva su sello
inconfundible, ¡qué difícil! -, b) Antonio Bravo es uno de los pocos
guitarristas que me excita - ¡qué difícil también! - por su sentido
melódico y ocupación del espacio y c) Lucía Martínez es una baterista con
una agilidad de reacción y unos recursos técnicos refinados que
administra con una admirable veteranía de veinteañera. De su experiencia
en la cosmopolita Berlín y de las compañías que se está procurando
(veteranos como Baldo y Antonio con mente abierta y mirada hacia
adelante no abundan) salimos ganando los aficionados a un Jazz vivo y
creativo; adjetivos válidos a su vez para la tarjeta discográfica de
presentación de MBM.
Carlos Pérez Cruz
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