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¿Cómo se forman los
estereotipos? Si uno menciona el concepto 'libre improvisación' en la
música tiende (creo que esto no es exclusivo por mi parte) a asociarlo a
una música de natural árida, disonante y tendente a un cierto
ruidismo. Y, sin embargo, ¿es esto necesariamente así? No, claro.
Si uno empieza a hacer repaso a su memoria musical se puede encontrar
con múltiples ejemplos que resultan acogedores, cálidos, consonantes...
¿Por qué entonces se perpetúan los estereotipos? (dejo abierta la
pregunta para quien quiera apuntar respuestas). Es verdad que en One
dark night I left my silent house hay disonancia (un transcripción
melódica y armónica de la música lo mostraría sin lugar a dudas); habrá
quien incluso considere árida la exclusiva instrumentación de piano y
clarinete (más pequeñas percusiones en algunos casos) y perciba un
cierto punto ruidista (aunque sea el del pico del pájaro
carpintero en Still life with Woodpeckers). La música del dúo
Crispell / Rothenberg es improvisada de principio a fin (dice Rothenberg
que a la pianista no es muy amiga de ensayos, que prefiere la
improvisación en un primer encuentro) y el regusto y digestión de su
encuentro es sumamente agradable e íntimo; hace honor al título.
El título de este disco ECM (que lo es a todos los efectos) está tomado
de una novela del austriaco Peter Handke (guionista en la referencial
El cielo sobre Berlín de Wim Wenders) que en España se tradujo
como En una noche oscura salí de mi casa sosegada (asumo esa
como la traducción, aunque prefiera 'silenciosa' en vez de 'sosegada').
Y ya que la noche era oscura y la casa sosegada (¡silenciosa!) la música
de este dúo se interna en ese espacio de serenidad e intimidad en el que
el discurso musical flirtea en ocasiones con los límites de la sonoridad
del propio instrumento (el clarinete bajo de Rothenberg es en ocasiones
- Companion: Silence - sólo aire) y juega con la capacidad de
hipnosis de las reiteraciones melódicas y rítmicas (el halcón
Rothenberg trata de someter al inquieto ratón Crispell a base
de vuelos circulares en The hawk and the mouse). ¡Qué hermoso
sonido el del clarinete bajo! No falla, siempre que lo escucho acude a mi memoria el de
Eric Dolphy en las sesiones del Village Vanguard junto a John Coltrane
(hay otros, por supuesto, como el de Louis Sclavis). Aunque también
interpreta el clarinete, brilla Rothenberg con el bajo ya que su
sonoridad brumosa envuelve y se deja envolver por la noche del piano de
Marilyn Crispell. Eso sí, cuando amanece, el clarinete vuela y revolotea
en What birds sing de forma tan graciosa que hasta el sonido de
las clavijas del instrumento parece el aleteo de un pájaro. Un canto
aviar especialidad de la casa.
Además de músico el señor Rothenberg es filósofo y naturalista.
Estudioso de cantos aviares o incluso de cetáceos tiene dedicados libros
al estudio de su música y con ella ha realizado
grabaciones como Whale music (Música de ballena) o
Why birds sing (Por qué los pájaros cantan) que, contra lo
que se pueda intuir (estereotipos), nada tienen que ver con esas
infusiones musicales destinadas a desatascar almas urbanas en pena
sino que Rothenberg toca y su banda son pájaros y ballenas (el
resultado, en ocasiones, de sorprendente naturalidad). Algo de ese
vuelo libre se percibe en improvisaciones como Grosbeak
(picogordo) con el clarinete o en la ya
mencionada What birds sing, al igual
que se intuye cierto grado de inmersión oceánica en las reverberaciones
del bajo en la inicial Invocation.
Con los condicionantes de un instrumento monofónico como compañero el
piano de Marilyn Crispell es quizá el que más se amolda a la propuesta
del otro. No es, por supuesto, un planteamiento de pianista acompañante
de un solista pero, por su condición polifónica, sirve muchas veces
marcos ambientales para Rothenberg. Un piano casi espectral que
sólo en ocasiones se permite un discurso hilado en los tiempos lentos (Owl
moon) y que en la mayoría de ellos sirve de arpa con las cuerdas (Tsering)
o de color armónico (Stay, stray). Además Crispell trabaja la
pequeña percusión (dejando de lado incluso el piano) para emular el
repiqueteo del pájaro carpintero o, con un tamboril, invocar en una
especie de danza ritual (Still life with Woodpeckers). Una
muestra de la amplitud de registros de esta pianista capaz de hilar los
discursos percusivos, fragmentarios y torrenciales de la improvisación
más radical y extrema (algo de ello hay en, por ejemplo, Motmot)
o de jugar con el silencio, los espacios y la administración de recursos
del Jazz atmosférico (Invocation) sin olvidar la
exploración de diferentes tipos de digitación y percusión de las cuerdas del
piano (The Way Of The Pure Sound).
Con la Evocation final (un espiritual en toda regla) se cierra
un trabajo de matices y sutilezas; feliz improvisación libre de espíritu
nocturno y energías renovadas en sus incursiones al alba.
Carlos Pérez Cruz
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