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¿Tiene luz la música?
¿Puede describirse una nota por los colores que la conforman? ¿O son la
luz y los colores una expresión poética que oculta la carencia de quien
esto escribe? Tanta pregunta, cuando uno quizá llegue aquí buscando
respuestas, viene a cuento de que si algo se despierta en mis oídos al
escuchar este AzulCielo es el sentido de la vista y, con la
grisura de la luz que me acompaña en el momento de escribir estas
palabras, la necesidad del brillo del sol atlántico o el aleteo de las
sábanas tendidas en un pueblo mediterráneo. Sé que son dos mares
distintos y distintas las expresiones que de ellos se derivan pero no
puedo dejar de escuchar a lo largo de la música vientos italianos, luz
lisboeta, ecos bonaerenses, filosofía griega y un poco de morriña
gallega. Es probable que la sentida música de Lucía Martínez se explique
por aquello de la distancia, que no es lo mismo mirar al cielo en Berlín
que hacerlo en su Vigo. Lo malo es que a la intensidad de la luz que
llega de arriba no le corresponde el brillo del suelo así que Lucía ha
encontrado en Berlín una república independiente donde, si bien no luce
el sol, brilla una escena que se intuye palpitante.
Conozco a quien a miles de kilómetros sufre un súbito ataque de
nostalgia por aquello por lo que ni siquiera nunca se interesó. No sé si
es el caso de Lucía, no sé cuál era su grado de admiración por la
cadencia española ni por los diversos folclores ibéricos previa a su
emigración, pero se intuye que la mochila de su música carga con un
sentido armónico que John Coltrane podría tomar prestado para su Ole
Coltrane de El mar y yo, obra y gracia (como en todos los
casos) de la propia Lucía, que a golpe de timbal parece anunciar la
presencia de una banda de gaitas o de pandereteiras hasta que aquello
termina por derivar en uno de esos ejercicios circulares y modales que
tan bien adoptan motivos melódicos folclóricos. Y hete aquí que hay más.
Uno intuye que El mar es circular y que el yo
de Lucía tiene algo de flamenca, porque lo suyo es de echá p´alante
y por eso se ponen a batir palmas y el pianista a ejercer de guitarrista
en un solo que va creciendo hasta el punto de que a uno le entran ganas
de susurrar ¡olé! (incluso en ese trasfondo rítmico que impulsa el solo
uno se imagina el coro de alientos rasgados tan característicos de
Enrique Morente). Qué buen gusto melódico tiene Lucía. Lo demuestra en
su aportación temática al trío MBM (el trío que comparte con Baldo
Martínez y Antonio Bravo) y lo desarrolla a sus anchas en este
AzulCielo, título a su vez de un tema en el que la melodía se
persigue repartida por las diversas voces instrumentales. Clarinete,
contrabajo, acordeón y piano entran y salen, se entrelazan, se despegan,
se hacen eco para terminar confluyendo de nuevo. Tiene algo de Tango
este tema, de piernas entrelazadas en ese ir y venir de la música.
El gusto por la melodía lo lleva Lucía también al terreno del Jazz más
fogoso y visceral, el de Fogo do 23, con un tema de guerrilla,
casi un himno que se obsesiona (todo himno es una obsesión) hasta
estallar en un espacio abierto al gemido instrumental de liberación
sobre la pegada constante de Lucía con la batería en un in crescendo
hasta el aullido final.
Dediquen, por favor, el tiempo que requiere la música para ser
escuchada. No digo oída, digo escuchada. Porque la (buena) música tiene
algo de vuelta y vuelta, de cuadro que se desvela con la observación
continuada. Denle la oportunidad que merece al matiz, al pequeño
detalle, súbanse al tiovivo que da vueltas en la feria de Taglilien,
tan ambulante como lo es el mundo circense y tan nómada como un
gitano (aunque el nomadismo no sea siempre voluntario). Algo de circo
y algo de gitano tiene
Taglilien del que se sale con los sentidos adormecidos por el placer
de las vueltas, algo desconcertado quizá, por eso X es una
consecuencia lógica, una incógnita, una esquizofrenia, una extraña
maquinaria rítmica de melodías obsesivas. Cuando la histeria
amenaza aparece la música mínima de Silencio, la luz del campo oeste
anuncia tempestad. Un sugestivo planteamiento de minimalismo
expuesto desde el vibráfono por Lucía, un paseo contemplativo que en vez
de anunciar tempestad tiene carácter crepuscular. ¡Mas no! Llega el
amanecer, el Desayuno con mango, que pareciera haber compartido
con su admirada Maria Schneider. La presencia del acordeón
ayuda al imaginario (tan habitual en la música de la estadounidense)
pero en el tema está presente ese sentido lírico y de resonancia
sinfónica de la compositora y directora de orquesta de Jazz. Aires de
America Latina en el motivo melódico de este saludable desayuno y aires
de película en el cierre con O pe do ceo, un vals por melodías
con eco de banda sonora (les juro que la melodía me suena a... pero...).
¡Qué buen trabajo Lucía! Desde las Luciérnagas de papel
hasta el cierre con O pe do ceo (ambos, por cierto, en un
ternario que danza y mece) el paseo por la música de este proyecto
berlinés de la viguesa es un placer para los sentidos; por sutileza, por
gusto melódico, por la textura de una instrumentación tan poco
frecuentada como agradecida en el encuentro de acordeón y clarinete, por
tantos motivos que se resumen, en realidad, en uno: ¡la luz! ¡¡He visto la luz del
Atlántico en esta gris tarde de noviembre!! Así que sí. La música
emite luces y colores además de frecuencias, espacios y tiempos.
Y la paleta de Lucía es tan variada como gozosa y brillante. Sin duda el
reflejo del sol en el Atlántico ilumina un pequeño rincón
de Berlín.
Carlos Pérez Cruz
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