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Hacía ya años que
no charlaba con Chris Kase cuando después de escuchar su nuevo disco me
dispuse a llamarle para concertar una
entrevista para el programa de radio "Club de Jazz". Chris
acababa de terminar de estudiar un ratito, el Arban (biblia del estudio
técnico del instrumento) me confesó. Supongo que el hecho en sí no
tiene mayor trascendencia, es lo lógico en un trompetista que está en
plena actividad y debe mantener (y mejorar) sus habilidades, pero no sé
por qué me llamó la atención. Es como si diera por supuesto que cuando
uno es tan buen instrumentista no necesitara dedicarse a estudiar aquello
que los alumnos trabajan en un conservatorio como parte de su formación
en los fundamentos básicos del instrumento. Y sin embargo aquello formaba
parte de la rutina de Chris Kase. Demostración de que la trompeta es un
instrumento exigente, sí, pero también de que Kase es un hombre
metódico y disciplinado. Eso se transmite después a todos los aspectos
de su personalidad musical.
Chris Kase es un lujo como trompetista en un país que durante años ha
carecido de representantes de primera fila de este instrumento en Jazz.
Por fortuna ahora son varios los nombres que asoman con algo más que
dignidad (Raynald Colom y David Pastor son algunos ejemplos). Es un
trompetista con una sonoridad redonda, cálida, casi hasta hacer confundir
al oído cuándo es trompeta y cuándo es fliscorno lo que suena (o
corneta, que en este disco la interpreta en el tema que da título al
disco). Su sonido es amable, nunca agresivo, y se mueve con gran
soltura en un amplio registro. Pero sobre todo me llama la atención esa
forma tan característica suya de frasear en la que las notas parecen
arrastrarse unas hacia las otras, como si dejaran tras de sí una pesada
estela pero a la vez fueran muy ligeras (lo siento, lo describo lo mejor
que se me ocurre, lo suyo es escuchar la música... ¡qué haces
leyéndome!).
Su disciplina como instrumentista es paralela a su disciplina como
compositor. Dice que puede presentar composiciones propias en sus discos
gracias a que escribe otras tantas que nunca será posible escuchar (por
malas, claro). Es decir, prueba y prueba hasta encontrar algo que decir.
Eso ya nos da una pista sobre la naturaleza de sus temas. Son desde luego
pensados, trabajados, no meras excusas de improvisador aunque su función
principal sea la de permitir improvisar. Quizá no sea tan importante en
su forma de escribir la creación de una melodía distinguible y cantable
como la capacidad de crear un clima, una sonoridad que determina de
principio a fin la expresión de la música. Así los solistas pueden
expresarse personalmente pero siempre hipnotizados por la telaraña sonora
de Chris Kase. Y esto es una virtud cuando muchas veces lo que escuchamos
son solos que se suceden y parecen independientes unos de otros y de la
música que los une. En la música de Chris hay una unidad y una
coherencia admirables.
En esta su quinta grabación propia Chris Kase presenta composiciones
fechadas entre 1989 (Esperanto) y 2006 (año de la grabación en el
estudio y fecha de composición de A Life in Silence y de la
introducción que con el bajo eléctrico hace a Scarborough Fair).
Firma diez partituras y hace versión de una canción del foclore
británico (el ya mencionado Scarborough Fari) de origen medieval,
perfecta para el estilo de Kase (que no sé por qué me da que podría
encontrar un filón en este tipo de canciones). Se inspira en Dave Douglas
(Ode), Kurt Weill (For a Weill), Ornette Coleman (Nettles),
Jaco Pastorius (Folk Intro), compone sobre la armonía de Giant
Steps (Escalones) y la de Stella by Starligth (Estelar).
Jazz de muy bella factura, que brilla especialmente en los tiempos lentos
y medios; música bien vestida, cálida incluso cuando pudiera resultar
más árida, más desnuda. Y ahí encuentro la única pega (¿?) a la
música de Chris Kase. Que incluso cuando puede desmadrarse sigue
resultando acogedora.
Carlos Pérez Cruz |