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El esfuerzo
individual del estudiante de música sumado a las directrices educativas
de las cada vez más exigentes escuelas de música que se dedican al Jazz
nos ha proporcionado en los últimos tiempos numerosos ejemplos de nuevos
músicos en el panorama profesional con una formación teórica y técnica
asombrosa... y nada más. Músicos de excelente potencial que, sin
embargo, encuentran muchos problemas a la hora de expresarse, de
comunicar algo con su trabajo no ya que se diferencie de lo que la
Historia ya nos ha ofrecido sino que al menos incluya una mínima
emoción. Por eso la experiencia invita a acceder con cierta distancia a
los primeros proyectos de estos recién llegados por muy premiados que
hayan sido sus finales de carrera (¿qué se valora para conceder ciertos
honores?). Pero en la vida hay excepciones (¡dichosas!) y Jesse Elder
parece una de ellas.
Jesse Elder, pianista asentado en la ciudad de Nueva York, presenta
mediada la veintena su primer trabajo dentro de un sello discográfico
(aunque este sea liliputiense) después de un par de autoproducciones. La
precocidad ya no es noticia en casi nada pero uno no deja de
sorprenderse de que a ciertas edades algunos tengan la madurez que Elder
demuestra; hasta el punto de que quien esto firma se pregunta si no es
demasiado pronto para haber accedido a ciertos niveles de excelencia.
Maneja con fluidez estructuras complejas de composición mientras otros a
su edad todavía digieren las formas más básicas. Aunque esto no es lo
realmente sustancial - hay muchos ejemplos de músicos de aparente
complejidad realmente aburridos - sino que con ello es capaz de armar un
proyecto realmente denso, lleno de matices, composiciones llenas de
información, de generosa exigencia para el intérprete. Y es que en su
capacidad como compositor está uno de los puntos de interés de su corta
trayectoria y como tal ha sido premiado en tres ocasiones por la
Asociación Americana de Compositores (ASCAP). Se percibe mucho
trabajo detrás de lo que The Winding Shell ofrece.
El disco es, en realidad, un dos en uno. El uno son sus temas para
quinteto; el dos un piano a cuatro manos que tiene su propia entidad
dentro de la grabación bajo el subtítulo de ALO y que
interpreta junto a una pianista de origen japonés de notable currículo y
también juventud, Aya Nishina (nombres como John Zorn o Greg Osby ya
figuran en su historial). Para cuando se llega a este punto del trabajo
el contraste de instrumentación proporciona una agradable y pacífica
sensación aunque musicalmente hay intensidad y exigencia, continuos
juegos entre las cuatro manos, reiteraciones minimalistas, intimismos de
atmósfera inquietante que contrastan con pasajes más viscerales, nunca
aleatorios. Un extra del disco que añade un valor nada desdeñable a un
proyecto que en su faceta más ortodoxamente jazzística es denso, pero de
una densidad volátil, en estado de gracia, con temas de ida y vuelta,
con bloques sonoros y melódicos muy bien instrumentados que exploran las
posibilidades tímbricas mediante complejas armonizaciones; música en la
que sucede algo de continuo en todos los niveles, con continuos
sobresaltos, en la que los solos siempre lo son sobre un acompañamiento
de enorme e inquieta riqueza rítmica y armónica. Todo un reto para el
oyente y para músicos que, al igual que Elder, viven en la veintena, a
excepción de Gary Thomas y Chris Cheek. Una edad en la que han tenido
tiempo de formar parte de grupos de cierta repercusión como Fieldwork (Tyshawn
Sorey es parte de este trío con Vijay Iyer y Steve Lehman) o de que en
sus currículos aparezcan nombres consagrados como los de Jason Moran,
Ralph Alessi, Dave Douglas, Ellery Eskelin u otros.
Excelente carta de presentación de un pianista (y de un colectivo de
músicos) que desprende creatividad y un dominio técnico y teórico al
alcance de muy pocos. Ojalá se den las circunstancias para que pueda
desarrollar su trabajo en las condiciones que merecen talentos como el
suyo. No abundan y nos hacen la vida un poquito más soportable.
Carlos Pérez Cruz
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