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Punto
y final. Con el lanzamiento de Leucocyte (Leucocito) el trío sueco
E.S.T. dice adiós a sus seguidores repartidos por medio mundo. La muerte
en junio de 2008 de Esbjörn Svensson nos ha birlado la posibilidad de
seguir acompañando a este trío que culmina con un disco póstumo una
fascinante biografía de quince años que, a excepción del inicial When
everyone has gone (Dragon Records) de 1993, está documentada por
completo en el sello alemán ACT.
Doce discos y un DVD nos han permitido asistir a la evolución estética
del trío que siempre, salvo su disco dedicado a la música de Thelonius
Monk (Plays Monk – ACT 1996) y de una versión de Stella by
Starlight en el primero, ha trabajado con material propio. Y ya desde
sus primeros pasos se ha expresado en su propio idioma, obviamente
dialecto de otros muchos, siempre reconocible e inconfundible, que les ha
abierto puertas internacionales poco conocidas para los músicos de Jazz
del viejo continente. Y eso, aparte de por cuestiones de mercadotecnia que
se me escapan, es lo que les ha hecho trascender las fronteras de su país,
de Europa y de los oídos de los aficionados a la música. Entre sus
seguidores figuran amantes del Jazz, la Música Electrónica, el Rock, la
“Clásica” e incluso aficionados a la música en general (aquellos que
así se definen – “me gusta de todo” - y apenas conocen más allá
de lo que programan las radiofórmulas pop). Aun así conviene no perder
la perspectiva del tipo de difusión y número de aficionados del que
hablo; masivos para lo acostumbrado en el gremio, claro.
Desde el momento mismo de la muerte de Esbjörn Svensson en accidente de
submarinismo en una isla cercana a Estocolmo (el 14 de junio) se nos hizo
saber que en septiembre iba a aparecer el que se convertía de manera
irremediable en disco póstumo del grupo. Golpeados por la muerte de un
icono de los tiempos que corren se despertó una curiosidad dolorida por
conocer el contenido de esa última grabación, del This is the end (que
cantaban los Doors). La espera (que casi siempre tiene un final, pero
sigue siendo espera en todo caso) ha sido acompañada de opiniones que
reflejan un amplio consenso sobre las virtudes y defectos de E.S.T., sobre
su estética definida por una querencia roquera con ciertos toques electrónicos
(siempre presentes pero nunca excesivos), atmósfera plenamente jazzística
y etérea (su música parecía a veces flotar en el cosmos) además de un
acentuado sentido melódico. ¿Había dado la “fórmula” todo lo que
podía dar de sí?
Esa pregunta no tendrá nunca respuesta aunque no dudo de que surgirán
todo tipo de especulaciones y, sobre todo, intentos de retomar el camino
por parte de músicos que han crecido escuchándoles. Sin embargo este epílogo
que es Leucocyte nos envía un mensaje que todos deberíamos tener
en cuenta cuando hablemos del trío: creían en el más allá. Porque ese
es el resultado final de este disco con nombre de glóbulo blanco; que
E.S.T. no se conformaba y buscaba y se preguntaba qué más podemos
decir juntos; porque ese es también un riesgo de quienes permanecen
invariablemente juntos, que puede llegar un día en el que no haya más
que decir o, al menos, que no se sepa cómo.
Dice la historia del grupo que cuando estaban de gira a menudo alquilaban
una sala de grabación para encerrarse y tocar por el placer de tocar, sin
material previamente establecido, es decir, para libre improvisar. Y que
de esos ejercicios de libre improvisación surgían ideas y nuevos caminos
para la música de E.S.T.. Leucocyte es el resultado de una de esas
sesiones, en esta ocasión durante una gira por Australia en 2007,
mezclada posteriormente en unos estudios de grabación en Suecia. Por
experiencia propia sé que estas sesiones pueden ser purgantes, catárticas;
de ellas llegan a surgir momentos de una intensidad incomparable a la de
cualquier otra manifestación musical; son posiblemente una de las maneras
más sinceras de expresión del alma del músico y una de las mejores vías
para conocer a los compañeros. Estas sesiones tienen también una
contrapartida: lo que de ellas surge no siempre es válido (aunque la
validez o no es algo tremendamente discutible). Suelen tener más valor
para el que las practica que para el oyente y en la mayoría de las veces
prevalece la necesidad de la búsqueda que el logro de una meta.
En el caso de Leucocyte hay un trabajo de mezclas y producción
posterior que es probable que contamine el espíritu natural de un
ejercicio así aunque como oyentes nos sirve para indagar en las entrañas
creativas de los tres. Sirve para comprobar cómo a pesar de que se libre
improvise el músico tiende a expresarse a través de aquello que conoce y
domina; intangibles que proporcionan seguridad y de los que cuesta
desprenderse. Por eso el material que nos presentan en este disco no
supone una ruptura respecto al resto de la trayectoria de E.S.T. pero sí
es diferente. Diferente porque el sonido se recrudece, la arquitectura de
la música es menos estricta y, finalmente, el resultado es de una crudeza
inusual en su discografía. Y no me refiero a la contundencia roquera, ni
a las distorsiones y efectos electrónicos (más presentes que nunca) sino
a la crudeza de una música desprovista en muchos momentos de la
amabilidad melódica o de las armonías consonantes de otros trabajos. Hay
minutos muy próximos a toda esa estética que nos deja en el imaginario
el trío sueco pero también largos minutos de absoluto desgarro que, en
mi experiencia durante la escucha, no son los más potentes en volumen y
energía (por ejemplo los de la suite Premonition con una
contundencia percusiva bélica) sino aquellos en los que más de
manifiesto se pone el ánimo de experimentación nada concesivo y que en
el caso del tercer y cuarto movimiento de la suite que da título al
disco, Ad Mortem y Ad Infinitum, son de una belleza hiriente
(al menos algo cruje en mi interior cada vez que los escucho, y van unas
cuantas veces).
Puede
que con el tiempo vayan surgiendo nuevas ediciones con material de
conciertos o inéditos de estudio pero hasta aquí lo que se daba. Como
cierre de su carrera este disco puede desconcertar a algunos (si bien en
algunas de las pistas fantasmas de sus discos más afamados habían
destilado querencia por estas sonoridades más experimentales) pero
también confortar a quienes disfrutamos con ellos y creíamos en su
capacidad para seguir reinventando el estilo E.S.T.. Un estilo con copyright
de Esbjörn Svensson, Magnus Öström y Dan Berglund. Y al escribir
los nombres de Dan y Magnus me surge una pregunta: ¿Y ahora qué? Ojalá
tengan una prolongada y fructífera vida musical en esta nueva (y forzosa)
singladura porque, de momento, la de E.S.T. ha llegado a su punto y final.
Carlos Pérez Cruz |