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El final és el
començament y por lo tanto vuelvo al inicio. Por ello y porque
una vez dentro de El laberint de la
memòria uno se pierde con gusto y no quiere salir. Así que cuando
creo llegar a la puerta de salida siento el deseo de reencontrarme con Joan i Joana.
Sin ellos no hubiera sido posible la memòria de Agustí
Fernández, documentada en una amplia discografía que suma ahora este
ejercicio de memòria consciente. O mejor dicho, el
mallorquín es consciente del mecanismo que la ha despertado.
Si Joan i Joana trajeron a Agustí al mundo, la paternidad discográfica
de El laberint de la memòria es responsabilidad de João Santos,
productor portugués del sello discográfico Mbari Música. Santos propuso
a Fernández un disco de piano solo a partir de la música clásica
española para piano del siglo XX. Una sorpresa para el pianista dado su
bagaje de improvisador y músico contemporáneo que tenía truco: no se
trataba de hacer versión ni interpretación sino que Santos buscaba, a
través de una previa selección musical de su cosecha, que Agustí
escuchara este legado para abrazarlo, negarlo, cambiarlo o ignorarlo, a
mi placer. Y el placer es nuestro porque Agustí Fernández responde
al reto con una colección de fogonazos de la memòria de sus
años mozos en Palma de Mallorca durante los 60, con un relato
fragmentario de imágenes, sonidos y sensaciones extraídas de rincones
latentes del recuerdo trasladados al lenguaje descriptivo del piano.
Como el golpeo incesante de las gotas de lluvia (Pluja sorda)
sobre una especie de superficie metálica (en una brillante y creativa
evocación a partir de la percusión rítmica de unas pocas notas del
teclado, ahogando su resonancia natural) o la recreación de una de las
sonoridades más melancólicas (para quien esto escribe): la del afilador
(L´esmolador) y el anuncio de su llegada. Agustí rasguea las
cuerdas del piano y entre las llamadas dibuja y juega en torno a una
melodía como ya hiciera por ejemplo Miles Davis con The pan piper
en sus
Sketches of
Spain.
Hay espacios físicos (La catedral), manifestaciones públicas de
la religión (La processó) o personajes con su herramienta de
trabajo (El pinzell del Perico) pero también sensaciones (Evanescent)
y percepciones (Aparició i desaparicions). Recuerdos, aunque no
es música meramente descriptiva. En muchos casos Agustí juega con
pequeños motivos melódicos, armónicos, giros que llamaron su atención
durante la escucha de la selección musical del productor João Santos y
que el pianista lleva a su terreno mediante una aproximación detallada
desde múltiples perspectivas. Una amplificación y modulación de
piezas que Agustí extrae del rompecabezas de la música clásica española
para piano del siglo XX y que moldea a su antojo evitando la emulación
de estilos. Es en Tonada o Porta de mar donde se
encuentra con más claridad la referencia melódica y armónica del
imaginario musical español en un a modo de copla mientras que
en Catedral una insistente y percutida masa sonora, amplificada
con el uso del pedal de resonancia, genera la ilusión de la
magnificencia del espacio catedralicio; las notas arrojadas con ambas
manos, los vaivenes del fuego (Flamarades) o la caricia
saltarina del teclado, el efecto Evanescent (quizá las gotas de
la Pluja sorda que se evaporan).
El final és el començament. Una melodía con la mano derecha,
sin acompañamiento de ningún tipo, incita a reiniciar el camino con
Joan i Joana y su íntima invitación a un trabajo que nace de la
propia memòria a partir de añicos ajenos, de ecos
quizás de una memoria antigua y anterior a mí. Música compuesta de
ecos de otras músicas que dan forma a un puzle de recuerdos
personales que son presente memorable para el que lo escucha.
Carlos Pérez Cruz
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