Club de Jazz 26/04/2018
¡Vaya palo!

Reseñas de discos

Jordina Millà - Males herbes
Sirulita Records - 2018
Año: 2018
Sello: Sirulita Records
Músicos: Jordina Millà (piano)

Males herbes - Jordina Millà


Es el cielo durante una aurora boreal. Como si la negra noche fuera el lienzo sobre el que se van expandiendo y contrayendo las manchas que dibuja un pincel eléctrico. El fondo permanece invariable, un bajo continuo de negritud, y sobre ese invariable pentagrama espacial, oleadas de espectros lumínicos que parecen reaccionar a un roce eléctrico, a una caricia cósmica. Es el piano en manos de Jordina Millà. Como si la mayor obra de arte fuera una única nota, una frecuencia sostenida durante minutos, alterada por el roce, por el tacto, por una caricia. Una vibración que se excita y relaja, se abre al mundo y se recluye, que hipnotiza los oídos resonando y vibrando alrededor del cuerpo del oyente.

Esto, que no tiene ningún valor como análisis crítico, y ni mucho menos técnico, es tan solo una forma de compartir con el lector la fascinación por el arte de lo mínimo, por la creatividad que huye del atletismo equilibrista, medida en muchas ocasiones del valor de las cosas, especialmente en la música. Estoy seguro de que la pianista será capaz de recorrer las ochenta y ocho teclas (de percutir los tambores, según el ya añorado Cecil Taylor) a gran velocidad y con enorme precisión, pero de lo que no estoy tan seguro es de que muchos pianistas sean capaz de sostener tantos minutos de emoción sobre la simple (es un decir) transformación del sonido. Sucede en Sempervivum montanum, un máster en la materia, y se multiplica en Gentiana alpina, asombroso doctorado: doce minutos de sonido, de juego de frecuencias, de hipnosis y mutación. Una obra de arte del microdetalle y la meditación.

Las Males herbes de Jordina Millà son las de las cumbres montañosas, las hierbas que resisten en condiciones extremas (¿acaso no lo hacen los creadores más aventurados de nuestro tiempo?). Ahí arriba no es nada fácil salir adelante, pero a la crudeza del clima le acompaña una soledad abrazada por el paisaje y la pureza del oxígeno. Arriba uno puede abstraerse del cristo que hay abajo, escuchar la circulación de la sangre, el pulso, el latido interno, y relativizar las prisas. Revaluar la vida. En la cima las normas son otras. La pianista celebra una ceremonia sensorial que no elude los vientos huracanados ni los picos más escarpados, pero bajo los que siempre discurre un caudal en calma por los pasillos interiores de la montaña: el sistema nervioso de una música que contiene siempre elementos en estado de latencia, prestos a ser convocados.

Son las Males herbes de Jordina un jardín del edén, un paraíso místico y mágico, en el que se invocan txalapartas, se gira la manivela de una caja de música y por el aire llegan los ecos de una ceremonia tibetana. Son hierbas que crecen sobre el abono de la curiosidad vital de una mujer que se ha formado en la interpretación y se ha hecho mayor con la creación. En ese paso de descubrimiento íntimo, Jordina se ha desinhibido y liberado. El sonido se ha transformado en oxígeno y los timbres en luz. La música se ha olvidado del arte y es naturaleza. Agua, tierra, fuego y aire. Respiren como lo hace ella. Escuchen como lo hace ella. Es la única forma de entenderlo. De vivirlo.

Carlos Pérez Cruz

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