Club de Jazz 20/10/2019
En un sueño

Reseñas de discos

Joëlle Léandre - A Woman's Work...
NotTwo - 2016
Año: 2016
Sello: NotTwo
Músicos: Jean-Luc Cappozzo (tp), Agustí Fernández (piano), Fred Frith (guitarra), Zlatko Kaucic (batería y percusión), Joëlle Léandre (contrabajo), Mat Maneri (violín), Lauren Newton (voz), Maggie Nicols (voz), Evan Parker (saxo tenor), Irè

Joëlle Léandre - A Woman's Work


Caemos con frecuencia en un tic identitario, en un cómodo todo sobre lo que no es sino una minúscula (y, con probabilidad, poco representativa) parte. Al presentar un disco cuyo autor procede de un determinado país, decimos que es música de ese país. Jazz británico, jazz francés, jazz español..., como si eso explicara algo. En algunos casos, la música puede contener trazas identificables de la estética cultural de un país, pero me atrevería a decir que en la mayoría no. Hay, claro, música estandarizada, consecuencia en gran medida de la globalización de la industria cultural (sea o no ésto un oxímoron). Puestos entonces a ofrecer etiquetas identitarias, una aproximativa sería la de música anglosajona, propietaria casi única de los altavoces de la globalización.

Desde la anodina España, algunos miramos con envidia a nuestros vecinos del norte. Quizá más por intuición que por conocimiento real, atisbamos que la luz de la ilustración comienza al otro lado de los Pirineos. Recitamos como un mantra la 'ley de intermitencia' francesa, a la que defendemos como modelo de protección laboral de los artistas, e incluso vemos las películas francesas que llegan a nuestra cartelera con la admiración de quien se fascina con la madurez creativa. Y en esto llega Jöelle Léandre y te espeta: “Siempre me he sentido extranjera en mi país. El teléfono no suena demasiado. […] Yo no represento al jazz francés. Francia realmente no me da de comer”. Y uno pensaba que el paraíso de la cultura no le quedaba muy lejos.

Léandre, (Aix-en-Provence,1951) celebra cuarenta años de actividad profesional y es Polonia quien la felicita. Siendo más precisos, el sello NotTwo, con sede en Cracovia, quizá uno de los últimos reductos de la edición insensata de música a contracorriente. Ocho discos con ocho conciertos registrados en 2015 y 2016, con dos excepciones: un solo de 2005 (grabado por el programa de referencia de la improvisación en la radio pública francesa, “A L'improviste”) y un dúo en 2011 con el violinista Mat Maneri. Precisamente abundan aquí los dúos, algunos con precedentes discográficos (casos de los que mantiene con la cantante estadounidense Lauren Newton y con el trompetista Jean-Luc Cappozzo) y otros inéditos, como el fascinante, hipnótico y vibrante que establece con el guitarrista Fred Frith, en una grabación de junio de este mismo año. Son en total diez los músicos que comparten escenario con la contrabajista (definición muy estrecha para alguien que más que instrumentista, es un instrumento en sí misma): todos ellos (y ellas) voces de relevancia en el ámbito de las músicas improvisadas. Representantes genuinos de sí mismos.

Quizá por ello, por ser tan autónomos, tan alérgicos a una catalogación -como lo es en sí la carrera de Joëlle Léandre-, apenas les llaman en casa. La autonomía y la independencia implican un rechazo al molde que otros eligieron por nosotros y que la mayoría pareció aceptar como ley natural. Toda autoafirmación conlleva una ruptura y toda ruptura conlleva rechazos. En el arte, muchas veces lleva a la indigencia. Pero la vida de Léandre es un cúmulo de rupturas y nuevos caminos (de la formación clásica a las vanguardias compositivas y de éstas a la improvisación a través del jazz) hasta llegar a asentarse como la mujer libre que es, como la creadora autónoma e ingobernable que transmite ser, lo que se traduce en sonidos tan densos como livianos, tan circunspectos como cómicos (en varios momentos el público ríe... ¡Ah! ¿No era ésta música para gente a la que le gusta sufrir?). Extremos expresivos que sólo son posibles cuando sobre el escenario se es uno mismo al desnudo, con lo que ello implica de anulación de todo sentido del ridículo. Y en ello Léandre resulta magistral. Sola sobre el escenario se sirve y se sobra para llenarlo con ese contrabajo que danza y se balancea en oleadas de sonido, que a veces habla (como un timbre más de sus cuerdas vocales) y otras parece ser el lamento del muelle azotado por el mar, un rugido que puede proceder tanto del blues más oscuro de la América profunda como de los densos bosques del norte de Europa.

Es difícil establecer una jerarquía del valor dentro de una carrera discográfica cuando, como es el caso, el nombre de Joëlle Léandre figura en aproximadamente 200 grabaciones. Lo que sí se puede decir de este A woman's work... es que es una espléndida celebración de cuarenta años de profesión de una voz única de la música creativa, relevante tanto por la insobornable personalidad de los músicos que participan como por la diversidad de opciones que plantea, con el dúo como rey. Del solo al cuarteto, pasando por los dúos y ese trío “feminista” bautizado con Les Diaboliques que comparte con Maggie Nicols e Irène Schweizer, con el que se abre una caja que se cierra con una batería de breves solos en los que participa el pianista Agustí Fernández (una constatación más de la posición de privilegio que ocupa el mallorquín en la música improvisada, fruto de mucho esfuerzo, talento y constancia en su afirmación), al que “curiosamente” también Polonia le invitó en su momento a celebrar 60 años de vida y arte, como atestigua la caja River Tiger Fire.

Acostumbrados como estamos a la edición de todo tipo de cajas de artistas ya difuntos de la historia del jazz, recopilaciones más o menos cuidadas y abaratadas por cuestiones de propiedad legal de la música, merece apoyar y reconocer el mérito (o la insensatez) de quienes en este momento de la hecatombe de la venta de discos físicos apuestan por la música de sus contemporáneos en ediciones tan ambiciosas como ésta dedicada a Léandre. Como ella misma defendería, den de comer a los vivos y den la espalda a la “estúpida cultura de la repetición” en la que vivimos. La ampliación del horizonte sólo puede traer cosas buenas, como que el teléfono suene cada vez un poco menos.

Carlos Pérez Cruz

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