Club de Jazz 14/08/2019
Clásicos del Siglo XXI (XX)

Reseñas de discos

Agustí Fernández - A trace of light
Sirulita - 2013
Año: 2013
Sello: Sirulita
Músicos: Agustí Fernández (piano)

Agustí Fernández - A trace of light

Dice Agustí Fernández que “la música es una cosa que pasa en directo, no es un documento”. Siendo esto cierto, y mientras no nos otorguen el don de la multiplicación, los mortales hemos de acogernos a la enmienda de las grabaciones, a esos documentos que, en ocasiones muy excepcionales, devienen verdaderas vivencias musicales. Acogiéndonos a la sucia lengua de la política, nos agarramos al falso directo de este diferido. Es verdad que nada sustituye a la vivencia in situ, sobre todo si tenemos en cuenta que hay expresiones que son también la sala y el instrumento con el que se llevan a cabo. Es fácil comprenderlo si pensamos en el cine: los asiduos a las salas sabemos que no es sólo una liturgia. La vivencia de la película no es la misma en su versión doméstica, aunque en la percepción de la obra en una sala influyan también (demasiados) elementos ajenos. Eso sí, sea cual sea su condición, la película simplemente se proyecta.

En el mundo de la música, la percepción del espectador no es la única puesta en juego por las condiciones ambientales, también lo es -y fundamentalmente- la del músico. La receptividad del respetable, el silencio o la bulla, su reacción ante los estímulos, determinan la intensificación o no de la búsqueda interior del creador. En el caso de un pianista se añade un elemento no menor: el instrumento. El piano no es portátil y el pianista ha de lidiar allá donde vaya con lo que se encuentre. El detalle no es irrelevante. Normalmente encuentran el mismo número de teclas, pero el tacto, la respuesta del instrumento, su timbre… divergen. A eso se suma un factor común a todos los instrumentistas: la acústica del local. Muchos elementos que pueden interferir o propiciar el desarrollo de la creación. Por eso tiene sentido que Agustí describa lo allí acontecido como “una exploración sonora de las capacidades del piano como instrumento”. Esa es seguramente la lógica que explica mejor que ninguna qué es lo que contiene A trace of light.

Imaginémoslo así. Agustí llega a la sala Munich Underground, de la capital de Baviera. Accede a ella, donde le espera un grupo de personas. Los más próximos se sitúan apenas a un metro de distancia. El piano “es bonito pero viejo”, un primer detalle en el que se fija el pianista. Eso ya determinará la forma de relacionarse con él, cómo lo tratará, qué espera recibir y qué no, qué podrá o no expresar con él. Como los espectadores de ese Gran Hermano laboral que planteó Isaac Rosa en su novela La mano invisible, la presencia del público apenas será perceptible para el artista, quizá unos primeros rostros definidos que se van difuminando cuanto más quedan en la sombra. No asisten a un concierto –no, al menos, al convencional concierto con programa establecido de antemano- sino que son espectadores del trabajo de una mano de obra altamente cualificada en la investigación de las posibilidades sonoras del piano, de esa sala, de ese instante, de ese lugar. No hay principio ni fin, no existe un concepto temporal que indique por cuánto se va a prolongar, no hay más límites que los que puedan delimitar la respuesta del instrumento y la pericia del artista. En el instante mismo en que Agustí respira y se concentra, en el que el público se contiene, en el que se respira un silencio expectante, en el que Agustí se dobla para alcanzar las cuerdas, comienza una experiencia que es tanto un estudio de la arquitectura del piano (y de la sala) como un retrato de la arquitectura emocional del pianista (y del público).

Transcurridos algo más de 53 minutos, Agustí Fernández se detiene. Su cuerpo se destensa y emite un leve suspiro. Ha terminado su trabajo, pero sus consecuencias apenas empiezan a germinar. Durante ese tiempo –ahora sí establecido, a posteriori-, ha intimado con el piano, ha recorrido su estructura, la ha modificado, ha tratado su organismo con elementos que le son extraños, ha recibido respuestas que intuía, quizá alguna que le ha sorprendido, y abierto caminos que desvían otros pero que son uno de principio a fin. Ha impactado de tal manera en el alma del público -en sí mismo- que es probable que éste se vea violentado por la convención del aplauso. Cómo no aplaudir, aunque el cuerpo pide guardar silencio, respirar hondo y quizá no pensar (o, por el contrario, hacerse miles de preguntas). Agustí ha terminado su trabajo, ha llegado a la doble barra de cierre del último compás de una partitura que nadie escribió pero que aguardaba su posibilidad en el piano. Ha terminado “un proceso que se desarrolla de principio a final con su propia lógica interna”, alejada de cualquier formalismo aunque multiforme. En esa pura abstracción que es la música, Agustí ha pintado un lienzo sin límite de marco. El piano, marmóreo, magnificente y escultórico, se diluye ante los oídos y muta en miles de formas y densidades inverosímiles. Una vez acababa la obra, soberbia interrupción del pulso cotidiano, el piano vuelve a su ser. Nada ni nadie más. La metamorfosis alcanza a todo(s).

Carlos Pérez Cruz

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