Club de Jazz 21/05/2019
Amirtha Kidambi

Reseñas de discos

Peter Evans Quintet - Destination: Void
More is More - 2014
Año: 2014
Sello: More is More
Músicos: Peter Evans (trompetas), Ron Stabinsky (piano), Tom Blancarte (contrabajo), Jim Black (batería), Sam Pluta (live processing)

Peter Evans Quintet - Destination: Void


Peter dispara notas, ametralla frases como un poseso con la trompeta piccolo y Sam Pluta recoge los cartuchos con su ordenador para volver a dispararlos con recarga. Al comienzo de Destination: Void, durante algo más de minuto y medio, el trompetista parece advertirnos del estallido irrefrenable de un soberbio ejercicio de facultades trompetísticas, de una exhibición de culto al virtuosismo propio. Y es así, estamos al inicio de un asombroso ejercicio técnico que, sin embargo, poco podríamos sospechar que resulte la antítesis del desparrame opíparo de notas. Los restantes ocho minutos de tema ocupan a Evans en la repetición mecánica y obsesiva de un único motivo rítmico de cinco notas que se fijan en el curso mutante de la música como único elemento invariable.

Es el mítico menos es más de Miles trasladado al universo de Peter Evans, en el que la economía expresiva está, sin embargo, al servicio de una música con sobreabundancia de estímulos. Que el líder de un proyecto se concentre en cinco notas nos habla de su concepción de la música como ejercicio colectivo, no como plataforma para la sobreexposición personal. Mientras él queda fijado en ese motivo, obsesivo y taladrante, el resto del quinteto parece ignorar su empeño con una improvisación (aparentemente) libre de pulso y forma, de carácter percusivo. En ese sentido la música se establece en tres niveles: el inmutable y reiterativo de Peter, el más “jazzístico” del trío de piano, contrabajo y batería y el independiente de Sam Pluta, cuyos sonidos electrifican la misma música de la que se nutre. Pluta tuerce y retuerce, modifica a su antojo todo lo que emiten los músicos “analógicos”. Capas simultáneas que parecen incomunicadas y que conforman un todo en tres dimensiones.

Así se abre el segundo trabajo en quinteto de ese extraterrestre de la trompeta que es el norteamericano Peter Evans. De su alucinógeno Ghosts hay tan sólo una variación nominal, la del pianista Ron Stabinsky en sustitución de Carlos Homs. El resto permanece invariable, también el alto grado de exigencia tanto para oyentes como para intérpretes. Cambia igualmente lo esencial, la música, que parece sepultar las referencias más obvias al jazz de Ghosts -como el (llamémoslo) sentido del swing- para decantarse por una estética mecánica, casi industrial, que alcanza su cénit robótico en el segundo corte del disco, un auténtico pinball rítmico de golpes al unísono en los que las notas (sonidos) parecen rebotar entre las paredes de una computadora retrofuturista. De nuevo diferentes niveles (el del cuarteto “humano” y el de la computadora de Pluta), de nuevo una lógica dimensional con sutiles interconexiones.

Camino del estrés auditivo, la música se detiene en los pasajes más estáticos del tercer corte del disco en el que el colectivo diluye su personalidad instrumental en una masa de asombrosas texturas tímbricas. Rondamos media hora de música y apenas hemos escuchado una frase articulada en el discurso de Peter Evans (el virtuoso lo es de la manera menos obvia), la música se rige por parámetros de sonido, no de notas, y la individualidad queda difuminada en un todo que apela a zonas erógenas poco transitadas de nuestros sentidos. Al respecto, Make it so es un agradecido paréntesis en la batalla, un sobrevuelo plácido (la eliminación del carácter rítmico y percusivo de la música ya lo es por contraste) en una atmósfera flotante y brumosa. Cerca de veinte minutos de música que se ve más que se escucha. Terrenos de sugestión, pero pareciera que el quinteto fuese proyector de imagen y no emisor de sonido, y que éste nos condujera por terreno de nebulosas y cometas que cruzan fugaces, sonidos que casi podríamos palpar y que se corporeizan en este singular paseo espacial.

Todo lo dicho es aplicable al corte final, Tresillo, un vertiginoso delirio de cerca de media hora en el que, a los diferentes elementos de espacialidad, uso del instrumento como fuente de sonido (más que de notas), mecanización rítmica y disolución de funciones convencionales, se añade una voluntad narrativa. Frente a la concepción estática y espacial del corte precedente, frente a la mecánica industrial del segundo tema o a la disociación entre la obsesión del trompetista que enclava en el tiempo la libérrima acción-reacción de sus compañeros al inicio del disco, este último engendro del quinteto de Peter Evans tiene una direccionalidad y un desarrollo más claros. Sin embargo, Tresillo parece consecuencia acumulativa de todo lo probado con anterioridad, como si fuera un cóctel que agita y mezcla lo ya hecho y al que se añadiera guión. Tensiones y distensiones, células rítmicas obsesivas, motivos que imponen el avance de la narración e insólitas y abracadabrantes bases rítmicas que llegan a crear delirios auditivos, como una especie de “latin” ultrahormonado y a contrapié, siempre en un in crescendo enloquecido e instrumentalmente inflamado que, cuando parece que va a explotar por una insoportable acumulación de tensiones, encuentra avituallamiento en el que es, quizá, el momento más convencional del disco: un solo de Peter Evans (con trompeta piccolo…, ergo poco tradicional) sobre un tempo medio sostenido y contenido, con cambios de armonía de base modal. Un oasis de convencionalidad en medio de la alucinación sensorial que sólo es oxígeno para la traca final, una montaña rusa de ascensos y descensos, un combate cuerpo a cuerpo entre el hombre y la maquina. Gana Peter, claro.

Carlos Pérez Cruz

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