Club de Jazz 16/07/2019
Clásicos del S.XXI (XVII)

Reseñas de discos

Biodramina Mood - ¡Arriba excursionistas!
DifícilElección - 2012
Año: 2012
Sello: DifícilElección
Músicos: Antonio Fernández (gt, lap steel), Lucía Díez (ch), Vera Garrido (perc), Chiaki Mawatari (tuba), Raúl Rodríguez (perc) + César de Frías (perc), Almudena Díez (toy p, melód), Natalia Álvarez (perc) y Javier Díez-Ena (there

Biodramina Mood - ¡Arriba excursionistas!

Vaya por delante - ya que esta es una publicación de jazz y para que nadie se lleve a engaño - que la música aquí reseñada poco o nada tiene que ver con la que en esta revista nos reúne y ocupa. Cosas que pasan. En ocasiones, los cronistas/críticos nos vemos ante la curiosa tarea de afrontar labores que (teóricamente) no nos corresponden. Aunque la música de los madrileños Biodramina Mood llegue a tener swing (Al aeropuerto, rápido!), lo sustancial aquí es la exquisitez del detalle, de la composición y el arreglo de una música instrumental atada y bien atada, rara vez encontrada por estos lares ibéricos, tanto por instrumentación como por filiación estética: una especie de naif y buenrollista banda sonora de serie de dibujos animados (¿bailaría Pocoyó el Banana Split?), película de serie B o terapéutica sesión de optimismo hawaiano.

Hay algo de añejo en el sonido de este grupo, quizá porque su música es evocadora. Evoca instrumentales de otras épocas y, desde luego, imágenes e historias a las que los títulos inducen. Reconocen su filiación cinematográfica (Toma tu mascarpone y se lo zampa Nino Rota) y también la amabilidad lounge del resultado final. Esa amabilidad deviene, para quien esto escribe (nunca está de más aclararlo en países tan susceptibles a la crítica como éste) en cierta deshidratación (cuelan tanto el caldo sonoro que lo despojan de las necesarias, nutritivas y gloriosas impurezas). El cuidado de los arreglos es exquisito y todo está engarzado con suma precisión.

Las composiciones y arreglos de Antonio Fernández tienen una vocación melódica evidente y aprovechan con gusto la riqueza tímbrica del instrumental (la brevísima Nueces en la mesa es ejemplar al respecto). Detallista hasta la extenuación, Fernández intercambia roles de forma que todos permanecen en constante actividad y mutación (óigase cómo la melodía muda su piel en ese vals de la Extraña ave acuática). En ese sentido, Robo al casino de Montecarlo resulta brillante, una especie de bolero raveliano cuya secuencia rítmica expone inicialmente el chelo (¿guiño a Morricone en el vaho de las voces?) y más tarde retoma la tuba. En pleno in crescendo, un cambio de tempo ejecutado con sutileza por la guitarra abre espacio para un solo de chelo de Lucía Díez que subrayan con mil detalles preciosistas y minimalistas los diferentes instrumentos (lo dicho, el detallismo de Fernández es definitorio) antes de volver al bolero, ahora sustentado por la tuba de Chiaki Mawatari.

De “excursionistas melódicos” los califica el baterista y periodista Javier Gallego (sí, ‘Crudo’) en las notas del libreto del disco. Excursionistas son, desde luego, de un territorio ciertamente siberiano en España: el de la música (instrumental).

Nota: Nunca he compartido el uso de estrellas ni notas para calificar un disco. Como la casa obliga, explico: las tres que lo califican no se refieren a la valiosa labor de composición, arreglos e interpretación. Se refieren, en todo caso, a la sensación que a quien esto escribe le deja una música cuya cuarta estrella hubiera brillado con un poco menos de lounge y más de punch.

Carlos Pérez Cruz

Nota: publicado originalmente en 'Cuadernos de Jazz'.

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