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Wilbert de Joode
(Solo de contrabajo)

Ficha del Concierto
Fecha: 24 al 26 Abril 2008
Lugar: Centro Arte Contemporáneo Huarte (Navarra)


© Raúl Goñi

Si uno piensa en un músico durante el ejercicio de la composición es probable que se imagine la figura de un creador que plasma sobre papel pautado una serie de ideas musicales que serán luego interpretadas por la formación requerida (del solo al infinito). Sin embargo el contrabajista holandés Wilbert de Joode se propuso demostrar en dos sesiones (una con músicos profesionales y en otra con chavales y profesionales) y dos conciertos que el acto de componer no necesariamente requiere papel o la pantalla de un ordenador sino que la propia expresión personal con un instrumento es en sí misma un ejercicio de composición... en el momento.

La belleza de componer música en el instante. Con ese atractivo enunciado se presentaron en el Centro de Arte Contemporáneo de Huarte (Navarra) una serie de talleres y conciertos por parte de este veterano contrabajista (nacido en 1955) baqueteado en el mundo de la Libre Improvisación holandesa e internacional. Su currículo incluye nombres muy reconocidos del género como el percusionista Han Bennink, el contrabajista William Parker o el clarinetista Michael Moore. La casualidad (más que la causalidad) llevó a un rincón del mapa ibérico tan poco acostumbrado a este lenguaje a un músico autodidacta que siente más interesante la expresión personal con el instrumento que la expresión tutelada con el mismo. O dicho de otra manera: es fantástico poder tocar lo que pone en el papel pero interesa mucho más expresar lo que no está escrito, lo que uno lleva dentro. Y esto, que pudiera parecer tan aleatorio o carente de mérito o valor, adquiere una dimensión tremendamente compleja cuando el instrumentista (la persona) tiene que comunicarse con el público durante una hora con su instrumento y no morir en el intento. Lo que suceda será único, no se volverá a repetir, o al menos eso se espera, que desaparezcan los clichés y surja lo espontáneo, y eso requiere una voluntad de experimentación que le llevó a Wilbert a desear seguir descubriendo nuevos sonidos hasta el día en que me muera.


© Raúl Goñi

¿Tienes algún sonido extraño en tu instrumento? Esa era la pregunta con la que el holandés animaba a sus jóvenes alumnos (de unos diez años) en el segundo de los talleres celebrados. Sí, todos sabemos que el violín puede ser frotado o pulsado pero, ¿por qué no utilizar la madera como percusión? ¿por qué no tocar bajo el arco para obtener otros sonidos? Puede que no sean tan bonitos, pero nadie dijo que la música fuera pensada para ser "bonita" (una de las ideas más silenciosamente extendidas). La música puede remover muchas emociones, la música está en todas partes, incluso en el corcho de embalaje de un teclado que acabó casi hecho trizas frotado en la caja de la batería del percusionista italiano Tommy Caggiani (uno de los músicos profesionales en el curso) y que provocó lágrimas de risa en quien esto escribe, estrés (las manos en los oídos) en alguno de los presentes y una ovación final por todos compartida. La conclusión de Wilbert: OK, siempre y cuando lo hecho fuera producto de una decisión personal. Porque eso quería escuchar Wilbert de Joode, historias personales de cada uno de los presentes.

¡Qué difícil es contar algo propio con el instrumento! Hoy en día muchos dominan la herramienta (algo relativamente sencillo con años de trabajo y dedicación) pero ¡qué pocos! suenan a sí mismos con ella. ¿A quién le interesa un baterista que sólo sepa acompañar con el ritmo? A muchos, de acuerdo (no está el mercado como para desaprovecharlos), pero en la capacidad de "hablar" con ella está la diferencia entre ser una mera herramienta o ser un verdadero comunicador. Y para eso no todos los músicos están capacitados (los años de formación reglada pesan mucho sobre las conciencias que nacieron libres). Y ni de eso los niños se libran. Los hubo que hablaron con el instrumento y los hubo que nos recordaron que todos nacemos creadores hasta que alguien nos para los pies y empieza a leernos la cartilla de las limitaciones.


© Raúl Goñi

Wilbert de Joode completó su labor pedagógica con dos actuaciones que, por coherencia, debieron de ser completamente diferentes. No tengo la menor duda de ello, aunque no pudiera estar presente en la primera y sí en la segunda. ¿Qué puede ofrecer un contrabajista con su solo instrumento durante una hora? Todo depende de su habilidad con la herramienta y, sobre todo, de lo que la inspiración le dicte en cada momento. Puede acogerse el artista a la utilización de elementos externos al propio instrumento para enriquecer sonoridades pero, en su caso, sólo utilizó dos pinzas (de las de colgar la ropa) que en una de las improvisaciones puso en sendas cuerdas para obtener matices y afinaciones diferentes. En el resto de la actuación simplemente hizo uso del arco y de sus dedos (ni siquiera percutió sobre la madera con ellos) para contarnos historias personales (sólo una explicada explícitamente) y para hacer versión libre de una composición de Duke Ellington.

La historia explicitada nos llevó a Baltimore (USA). Allí la crudeza de unas temperaturas inusualmente frías helaron las ramas húmedas de los árboles hasta hacerlas caer. Así Wilbert frotaba el arco con extremada fuerza sobre las cuerdas que rememoraban el sonido de la madera que cruje. Los árboles quedaron descabezados pero, a pesar de ello, al llegar la primavera (y Wilbert con su contrabajo) los pájaros seguían cantando (y las cuerdas entonces emitían unos sonidos próximos al silbido aviar). El resto de historias no las argumentó, sólo el despertar del contrabajo durmiente en la primera de las creaciones, con un obstinado uso de los graves (arco frotado) que podían recordar al motor perezoso del coche tras la primera noche del invierno. Y a partir de ahí cada cual dibujó su propio relato (quién sabe si coincidente con las inspiraciones del contrabajista) en el que un servidor viajó hasta Laponia (las cuerdas acariciadas delicadamente por el arco ofrecían una respuesta de armónicos de los que surgía una lejana y gélida melodía) o incluso vio caminar a un borracho solitario (separaba las cuerdas con los dedos y las hacía "bailar" mientras las frotaba con el arco para conseguir un efecto de vibración semejante al de una cinta de casete rayada).


© Raúl Goñi

Tres días con Wilbert de Joode sirvieron a algunos músicos profesionales para abrir la mente y a otros para encontrar a quien les entendiera, a los músicos infantes para comprobar cómo la música es posible sin papel y a todos para certificar que existen otros mundos que, por desgracia, no suelen estar en éste.

Por Carlos Pérez Cruz