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Si uno piensa en un
músico durante el ejercicio de la composición es probable que
se imagine la figura de un creador que plasma sobre papel
pautado una serie de ideas musicales que serán luego
interpretadas por la formación requerida (del solo al
infinito). Sin embargo el contrabajista holandés Wilbert de
Joode se propuso demostrar en dos sesiones (una con músicos
profesionales y en otra con chavales y profesionales) y dos
conciertos que el acto de componer no necesariamente requiere
papel o la pantalla de un ordenador sino que la propia
expresión personal con un instrumento es en sí misma un
ejercicio de composición... en el momento.
La belleza de componer música en el instante. Con ese
atractivo enunciado se presentaron en el Centro de Arte
Contemporáneo de Huarte (Navarra) una serie de talleres y
conciertos por parte de este veterano contrabajista (nacido en
1955) baqueteado en el mundo de la Libre Improvisación
holandesa e internacional. Su currículo incluye nombres muy
reconocidos del género como el percusionista Han Bennink, el
contrabajista William Parker o el clarinetista Michael Moore. La
casualidad (más que la causalidad) llevó a un rincón del mapa
ibérico tan poco acostumbrado a este lenguaje a un músico
autodidacta que siente más interesante la expresión personal
con el instrumento que la expresión tutelada con el mismo. O
dicho de otra manera: es fantástico poder tocar lo que pone en
el papel pero interesa mucho más expresar lo que no está
escrito, lo que uno lleva dentro. Y esto, que pudiera parecer
tan aleatorio o carente de mérito o valor, adquiere una
dimensión tremendamente compleja cuando el instrumentista (la
persona) tiene que comunicarse con el público durante una hora
con su instrumento y no morir en el intento. Lo que suceda será
único, no se volverá a repetir, o al menos eso se espera, que
desaparezcan los clichés y surja lo espontáneo, y eso requiere
una voluntad de experimentación que le llevó a Wilbert a
desear seguir descubriendo nuevos sonidos hasta el día en
que me muera.

© Raúl Goñi
¿Tienes algún sonido extraño en tu instrumento? Esa
era la pregunta con la que el holandés animaba a sus jóvenes
alumnos (de unos diez años) en el segundo de los talleres
celebrados. Sí, todos sabemos que el violín puede ser frotado
o pulsado pero, ¿por qué no utilizar la madera como
percusión? ¿por qué no tocar bajo el arco para obtener otros
sonidos? Puede que no sean tan bonitos, pero nadie dijo que la
música fuera pensada para ser "bonita" (una de las
ideas más silenciosamente extendidas). La música puede remover
muchas emociones, la música está en todas partes, incluso en
el corcho de embalaje de un teclado que acabó casi hecho trizas
frotado en la caja de la batería del percusionista italiano
Tommy Caggiani (uno de los músicos profesionales en el curso) y
que provocó lágrimas de risa en quien esto escribe, estrés
(las manos en los oídos) en alguno de los presentes y una
ovación final por todos compartida. La conclusión de Wilbert:
OK, siempre y cuando lo hecho fuera producto de una decisión
personal. Porque eso quería escuchar Wilbert de Joode,
historias personales de cada uno de los presentes.
¡Qué difícil es contar algo propio con el instrumento! Hoy en
día muchos dominan la herramienta (algo relativamente sencillo
con años de trabajo y dedicación) pero ¡qué pocos! suenan a
sí mismos con ella. ¿A quién le interesa un baterista que
sólo sepa acompañar con el ritmo? A muchos, de acuerdo (no
está el mercado como para desaprovecharlos), pero en la
capacidad de "hablar" con ella está la diferencia
entre ser una mera herramienta o ser un verdadero comunicador. Y
para eso no todos los músicos están capacitados (los años de
formación reglada pesan mucho sobre las conciencias que
nacieron libres). Y ni de eso los niños se libran. Los hubo que
hablaron con el instrumento y los hubo que nos recordaron que
todos nacemos creadores hasta que alguien nos para los pies y
empieza a leernos la cartilla de las limitaciones.

© Raúl Goñi
Wilbert de Joode completó su labor pedagógica con dos
actuaciones que, por coherencia, debieron de ser completamente
diferentes. No tengo la menor duda de ello, aunque no pudiera
estar presente en la primera y sí en la segunda. ¿Qué puede
ofrecer un contrabajista con su solo instrumento durante una
hora? Todo depende de su habilidad con la herramienta y, sobre
todo, de lo que la inspiración le dicte en cada momento. Puede
acogerse el artista a la utilización de elementos externos al
propio instrumento para enriquecer sonoridades pero, en su caso,
sólo utilizó dos pinzas (de las de colgar la ropa) que en una
de las improvisaciones puso en sendas cuerdas para obtener
matices y afinaciones diferentes. En el resto de la actuación
simplemente hizo uso del arco y de sus dedos (ni siquiera
percutió sobre la madera con ellos) para contarnos historias
personales (sólo una explicada explícitamente) y para hacer
versión libre de una composición de Duke Ellington.
La historia explicitada nos llevó a Baltimore (USA). Allí la
crudeza de unas temperaturas inusualmente frías helaron las
ramas húmedas de los árboles hasta hacerlas caer. Así Wilbert
frotaba el arco con extremada fuerza sobre las cuerdas que
rememoraban el sonido de la madera que cruje. Los árboles
quedaron descabezados pero, a pesar de ello, al llegar la
primavera (y Wilbert con su contrabajo) los pájaros seguían
cantando (y las cuerdas entonces emitían unos sonidos próximos
al silbido aviar). El resto de historias no las argumentó,
sólo el despertar del contrabajo durmiente en la primera de las
creaciones, con un obstinado uso de los graves (arco frotado)
que podían recordar al motor perezoso del coche tras la primera
noche del invierno. Y a partir de ahí cada cual dibujó su
propio relato (quién sabe si coincidente con las inspiraciones
del contrabajista) en el que un servidor viajó hasta Laponia
(las cuerdas acariciadas delicadamente por el arco ofrecían una
respuesta de armónicos de los que surgía una lejana y gélida
melodía) o incluso vio caminar a un borracho solitario
(separaba las cuerdas con los dedos y las hacía
"bailar" mientras las frotaba con el arco para
conseguir un efecto de vibración semejante al de una cinta de
casete rayada).

© Raúl Goñi
Tres días con Wilbert de Joode sirvieron a algunos músicos
profesionales para abrir la mente y a otros para encontrar a
quien les entendiera, a los músicos infantes para comprobar
cómo la música es posible sin papel y a todos para certificar
que existen otros mundos que, por desgracia, no suelen estar en
éste.
Por Carlos Pérez Cruz
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