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Más de mil personas en
un recinto deportivo para ver un concierto de jazz llevan
a un servidor a plantearse cuestiones sobre el éxito de público
que, por otro lado, no suponen ninguna novedad en la realidad
diaria de esta música de creatividad.
Podríamos pensar en la teoría "Calle 54": el efecto
película de éxito lleva a un músico al reconocimiento más
popular. Pero la teoría parece desvanecerse cuando la
hemeroteca nos recuerda que el largo tuvo un corto paso por
estas tierras. Pamplona acogió durante cinco días en horario
de cinco de la tarde el estreno "made in Trueba". Poco
rodaje en pantalla para pensar en tal efecto popular.
Pasemos pues a la teoría mediática: La visita de dos artistas
consagrados lleva a los medios a realizar una cobertura sin
precedentes de un acontecimiento musical. Dicha teoría cae por
su propio peso. Bastante tienen los medios con fomentar miserias
como para fomentar riquezas.
Quizá encontremos la clave en la teoría promocional: una buena
promoción es la clave en la operación "éxito de público".
La hemeroteca nos muestra dos únicos anuncios en prensa en
apróximadamente 15 días de preconcierto. Anuncios que, por
otro lado, dudo agotasen en demasía la tinta de la imprenta.
Y nos queda la más descabellada de todas las teorías. La teoría
de "aficionados al jazz". No quisiera caer en el error
de pensar que estos existen, así que dejaré de teorizar y
hablaremos de lo que pasó en aquella noche de marzo.
Con puntualidad cubana (15 minutos sobre el horario acordado en
el pago de las entradas) la noche se hizo en el repleto pabellón
villavés. Una tenue luz perfiló la silueta de padre e
hijo en su largo caminar hacia el escenario. El hijo, titular de
la gira, subía mientras el octogenario maestro tomaba asiento
en un lateral. Quería escuchar al que él mismo definía como
"el mejor pianista que había escuchado nunca". Dicho
como padre y dicho como músico.
El jazz con acento cubano nos mostraba un piano que caminaba
entre la lírica más sensible y el torrente desatado. Primeros
aplausos de entrega que se hicieron clamor cuando uno de los
temas llevaba firma paterna.
Estupor entre neófitos de lo Valdés ante unos dedos cuya
velocidad mostraba ser diréctamente proporcional al
grosor de los mismos.
Muchas eran las ganas de Chucho de mostrarnos las capacidades de
una hermana cantante. Su voz respondía al nombre de Caridad,
que en sustantivo va unido a buenas intenciones. Y repleta de
buenas intenciones de divertir al personal ejerció de animadora
de masas, lo que logró desde su primera intervención. Tal
logro complicó la tarea de distinguir las cualidades vocales de
Caridad, tan difundidas por Chucho, que perdidas entre la
algarabía se adivinaban de potencia y moderado registro. "Drume
Negrita", nana que no lo fué, o la música con aires soul
y espiritual fueron el repertorio vocal de la noche.
Una batería con mucho de orquesta latina pero poco de jazz, un
mini-contrabajo con trípode (equipaje de mano para viajes)
desapercibido por malas acústicas, y una percusión con
brillantes momentos de improvisación de rítmica precisión
eran el complemento al rey de los instrumentos (definición
escolástica).
La emoción aguardaba a la figura del maestro. El padre, que
definía desde la admiración y escuchaba desde la devoción,
subía al escenario para rememorar encuentros familiares de película.
El hijo cedió el piano al maestro y lo cambió por un teclado.
Metáfora del respeto paterno. Realismo de escasez de medios.
"La Comparsa" de Lecuona, al igual que en el filme de
Trueba, fue el inicio del idilio padre-hijo sobre el escenario y
el inicio a su vez de la explosión de jubilosa veneración
del público a los dos maestros. El titular de la maestría
mostraba un piano que en los ochenta siente sensible y pausado.
El heredero del título, que ofreció bis a los bises, dejó la
impronta de genial improvisador, y la curiosidad de un servidor
de verle en recintos "íntimos" más propicios para la
lírica.
Por Carlos Pérez Cruz |