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No es frecuente que los
festivales que pueblan el verano español tengan como contenedor
la Sala Sinfónica de un Auditorio. No lo es a excepción de los
que son de la llamada "clásica". Los de Navarra, que
siguen sin tener una personalidad establecida, buscaron este año
el refugio del juguete de moda pamplonés, el Auditorio
Baluarte, un bebé que no alcanza el año de vida.
Dentro de la fórmula de monográficos que Festivales ha
desarrollado en los últimos años (Japón, Brasil...) este año
el turno era para el amplio concepto cultural que implica Europa
(con el subtítulo de "Cruce de Caminos"). Una serie
de actuaciones (además de conferencias, gastronomía, cine...)
programadas en dos escenarios: el abierto (en lo que a techumbre
se refiere) de la Ciudadela y el cerrado del citado Auditorio.
En este último los grandes nombres de cartel programados a la
infrecuente hora veraniega de las ocho de la tarde. No parece la
más adecuada cuando al día todavía le restan dos horas de
luz, las mejores en días de canícula. A todo eso se suma una
nula implicación de Festivales dentro de la vida cotidiana de
la ciudad, lo que hace que Pamplona viva casi de refilón un
festival que no aporta el deseado turismo de estos
acontecimientos.
Arto Tunçboyaciyan fue el encargado de clausurar esta nueva
edición con su "Armenian Navy Band" (Banda Naval de
Armenia). Una formación que en nombre contiene la esencia de su
idealismo. Una banda naval en un país sin mar se convierte en
la metáfora de la posibilidad de los imposibles. Arto es el
reflejo público de los mejores valores del ser humano. Su
triple deseo de "amor, respeto y verdad" que recogen
los libretos de cada uno de sus discos lo transmite con palabra
y música.
La música de la "Armenian Navy Band" es un
conglomerado de estilos que parten de uno muy básico, el
folklore. El folklore armenio es el origen de la inspiración y
la composición del percusionista y cantante armenio que ha
convertido a estos doce músicos en una auténtica maquinaria
sinfónica del folk armenio. Un a modo de big band que recoge
instrumentos ancestrales y tradicionales (duduk, kanun...) junto
a otros de la tradición contemporánea (trompeta, saxofón,
trombón...).
La banda desarrolló durante más de media hora la práctica
totalidad de la música de su último trabajo "El sonido de
nuestra vida - Parte 1: Semillas Naturales". Una larga
suite entrelazada por los cambios de ritmo que el propio Arto
(enfundado en una camiseta de recuerdo a su fallecido hermano y
mentor Onno) y su rockero batería proporcionaban. Precisamente
la batería fue protagonista inmisericorde durante la mayor
parte del concierto debido, por un lado, a una lamentable
sonorización del grupo y ,por otro, a las ansias percusivas del
susodicho. Que la Sala Sinfónica es difícil de sonorizar es
obvio, pero que las pruebas de sonido están para eso también.
Durante casi una hora la música fue un batiburrillo sonoro
donde la batería lideraba y las secciones se perdían. Los
solistas (con un concepto plenamente jazzístico) lo eran para sí
mismos hasta que el técnico de sonido abría micro a los 30
segundos de solo. Arto tuvo tarea doble: tocar y girarse a dar
indicaciones a la mesa. Como broche al desaguisado, la luz. Ridículo
ver cuatro focos articulados sobre el escenario moviéndose
desaforadamente sin emitir halo alguno y pobre sensación ver un
proyector buscando sin fortuna al solista de turno. Hasta en eso
Arto llegó al hartazgo.
El concierto, de más de dos horas de duración, ofreció
momentos de gran belleza y fuerza mezclados con otros donde las
fórmulas rítmicas y formales se repitieron quizá en exceso.
Servidor echó en falta la parte más emocional de Arto que
apareció en un par de temas en que acompañó su voz del sazabo
(pequeño laúd) y en el bis final abrazado a sus compañeros de
formación donde su voz emocionó sobre el colchón armónico
vocal de la banda.
El cierre de festival un lujo desaprovechado por las carencias
de una organización que debería reflexionar sobre los pasos a
dar por un evento que a día de hoy no es referente en la plétora
de festivales veraniegos de la península.
Por Carlos Pérez Cruz
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