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Si la costumbre crítica suele hacer notar que en España el
paisaje creativo es algo yermo (parecido al de los Monegros
aragoneses por los que discurre el tren en el que escribo estas
letras) no menos cierto es que en el saludable ejercicio de
exigencia crítico se corre el riesgo de que la percepción del
público haga que en el mismo saco de las tierras de secano
entren las de regadío. Porque hay músicos en este país (e
incluso de este país “exiliados”) que llevan demasiado tiempo
siendo maravillosos e inspirados manantiales y, sin embargo,
pagan por la común fonética de sus nombres y apellidos (y por
los pecados ajenos). Sin perder conciencia de la mínima
repercusión social y mediática del Jazz en este país, una
actuación como la de TriEZ en el Festival de Jazz de Barcelona
hubiera merecido alguna que otra entrevista en prensa como las
que han recibido artistas foráneos de mucho renombre, pasado
glorioso y presente tibio. Pero son de casa, se apellidan
Fernández, Martínez y López y así son las cosas gusten o no. Los
presentes en Luz de Gas fuimos unos privilegiados y nuestros
sentidos fueron mimados en una sesión de sensibilidad musical
extrema, un don al alcance de no tantos creadores.

Baldo Martínez
(Barcelona 25/11/2010)
© Vanessa Serrano
Los tres apellidos ‘Ez’ que conforman TriEZ son músicos en
estado de gracia y madurez. Por fortuna la madurez no es un tope
y sí un punto de partida más sólido que el que se tiene al dar
los primeros pasos. Tres nombres que se han instalado en el
imaginario de algunos aficionados como representación máxima de
la vanguardia jazzística ibérica. Es esta palabra, ‘vanguardia’, una
denominación casi anacrónica de estilo que, en el fondo, son
muchos. Palabra peligrosa porque pone a prueba nuestros
prejuicios y deja fuera a muchos que hubieran disfrutado (o
podrían disfrutar) de su música. Pero, de nuevo, esto es lo que
hay. Y la música no puede esperar a que se derriben los tabúes
de la ignorancia masiva. Tiene que seguir sus múltiples caminos
y bifurcaciones y en ellos a veces encontrará quien quiera
transitarlos y otras no. Pero es un ejercicio de
libertad que no puede
someterse a la dictadura de la aceptación si no es por parte de
uno mismo. Y los TriEZ son libres, radical y
hermosamente libres. De nuevo las palabras y sus riesgos.
‘Radical’. En tiempos de indiferencia lo radical se presenta
inestable y peligroso para el statu quo social. Y, sin embargo,
la radicalidad de quien es libre y desde la libertad aporta un
discurso propio es hoy, y fue siempre, la única manera de crear
belleza. Y TriEZ tan pronto derrama sobre nosotros belleza
espasmódica como nos envuelve en una burbuja de cristal a punto
de quebrar que anuda las emociones al cuello. Abrumadora música
en sus extremos.

Agustí Fernández
(Barcelona 25/11/2010)
©
Vanessa Serrano
El repertorio dio vida a lo
registrado en
estudio (temas compuestos) y creció con esas inaprensibles
delicatessen que pueden surgir (y surgieron) de la improvisación
libre. Con la posibilidad expansiva de un concierto los temas -
como el inicial Anònim
de David Mengual - ganan en profundidad. Además la música tiene
en concierto el complemento visual tan simbólico de la
improvisación. Uno puede cerrar los ojos y disfrutar pero si los
abre puede descubrir algunas claves de la complejidad
interpretativa de esta música, casi siempre al borde del
precipicio. Miradas, sonrisas, gestos casi invisibles que se
transmutan en in
crescendos colectivos aparentemente espontáneos. Títulos
como el Locura otoñal
de Baldo Martínez ponen a prueba equilibrios con la lectura
conjunta de piano y contrabajo del fragmentario y rítmico tema
sustentado sobre esa anarquía tan reglada que es la forma de
tocar la batería de Ramón López, uno de los bateristas – que yo
conozca – que más se parece tocando a sí mismo y menos se parece
a lo que se supone que implica tocar una batería de Jazz. Porque
los supuestos están para ponerlos a prueba y Ramón, cuando hace
lo contrario que la costumbre ha implantado como “normal”,
demuestra que es exactamente así como había que tocar y no de la
otra manera. Que en el fondo se revela como igualmente válida
pero Ramón tiene esa cualidad tan valiosa y escasa de hacernos
creer en el momento que no hay nada en el mundo como escucharle
a él. Y eso es algo extensible el trío por igual. Cuando en un
concierto los músicos consiguen el efecto auditivo de anular
otras músicas posibles, de hacerte creer en ese momento que nada
más que esa música podría conmoverte, es que la conexión se ha
logrado y hay verdad en el escenario. Y TriEZ lo consigue. ¡Vaya
si lo consigue!

Ramón López
(Barcelona 25/11/2010)
©
Vanessa Serrano
Por una de estas coyunturas de la costumbre y los estereotipos
el concierto tuvo lugar en una sala de baile y copas con aspecto
de club de época. Es uno de los escenarios del Festival y, a
pesar de ser ambiente de club, sólo los empleados del local
asumieron el rol ruidoso de estos espacios. El público obvió el
entorno y lo convirtió en auditorio de cámara. Los anfitriones
no. En pianísimos de escándalo irrumpió la caja registradora,
algunas botellas fueron arrojadas al contenedor tras verter su
contenido con la misma sensibilidad, educación y delicadeza que
un ‘gorila’ (con perdón, Dian Fossey) de ‘Night club’, la misma
que tuvo uno de ellos en el post-concierto para expulsarnos de
la sala (a Baldo Martínez incluido) cumpliendo su deber de malas
maneras (ver Post Data). Fueron molestias evitables para la
concentración del oyente y el respeto del profesional. Pero la
fealdad de las actitudes no convenció frente a la belleza del
Bhimsen Joshi o la
Mbira of the spirits de Ramón López en las que el chispazo mágico se
produce en el encuentro entre la kalimba africana pulsada por
Ramón (con los mismos dedos con los que hace hablar la tabla
india o percutir tambores y cajón), las cuerdas frotadas del
piano de Agustí o el contrabajo golpeado por baquetas de Baldo.
Magia que brota de la densidad de capas sonoras que conforman la
mirada de TriEZ sobre el
Lonely Woman de Ornette Coleman a partir de la gruesa
sonoridad del contrabajo frotado con arco, la reiteración
obsesiva del piano y los brotes de violenta pegada de una
batería que tiene nervio propio. Ese fue el cierre oficial de la
actuación de la que el público consiguió un bis más (¿el reverso
oscuro de Locura otoñal?)
y una salida para saludar. No quedaba tiempo para más. Había que
recoger sillas, expulsar músicos y abrir la discoteca. El
negocio no entiende de Arte.
Carlos Pérez Cruz

Agustí Fernández, Baldo Martínez, Ramón
López
(Barcelona 25/11/2010)
©
Vanessa Serrano
PD: Luz de Gas es una entidad privada de cuyo espacio hace uso
el Festival de Jazz de Barcelona. Desconozco si es una cesión,
una contratación o de qué naturaleza es la relación que permite
la utilización del local. Que este continúe tras los conciertos
su actividad es natural. Que los espectadores y profesionales en
función tengamos que abandonar la sala con una cierta celeridad,
razonable. Que los músicos apenas puedan contener la respiración
y devolver saludos corteses mientras recogen instrumentos y
material y sean tratados como borrachos de madrugada en la
discoteca, e instados a abandonarla inmediatamente, es
lamentable. La imagen de Luz de Gas sale dañada (por ruidosa en
el concierto y maleducada después) pero no deja de ser una
responsabilidad de la organización del festival cuidar los
detalles desde la llegada de los músicos hasta que el último de
ellos sale del local. Después ya es territorio de los ‘gorilas’.
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