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¿Quién no ha asistido en alguna ocasión a
una colección de fuegos artificiales y ha
imaginado qué pasaría si lanzaran todos los
fuegos a la vez? Un sueño infantil, lo sé, pero
al igual que una mala zarzuela que cierra con
ruidosos chis pum para ocultar el tedio
previo, un mal disparo pirotécnico siempre tiene
la promesa de la 'traca final' para compensar.
Es la explosión en bloque, el ruido, el
estallido acumulativo de luces y colores del
final el que dibuja el oh en la cara de
los espectadores, el que abruma por una
intensidad extrema sostenida durante largos
segundos. Por eso se reserva para el final, para
modificar percepciones previas o, en el mejor de
los casos, para refrendar el éxito con el climax
final. Pero, ¿qué pasa si se lanzan todos los
fuegos a la vez?
¡Ay si se lanzan los fuegos a la vez! En
realidad ya lo sabíamos, aunque los sueños de
infancia tienen derecho a no ser refutados. Pero
uno tiene ya cierta edad como para prever las
consecuencias de ciertos actos. Si se dispara
toda la artillería de golpe el efecto es
abrumador y ensordecedor - como podíamos
imaginar - y, si además el efecto se repite una
y otra vez en un bucle de casi dos horas, se
termina por perder la sensibilidad y en estado
catatónico. Y eso sirve tanto para los fuegos
artificiales como para la música. Así, rígido
como un bloque inerte de carne y hueso he
quedado en mi butaca del mítico San Juan
Evangelista madrileño (en mi estreno como
espectador en este recinto de glorioso pasado e
incierto futuro de la Cultura en España). ¿Por
qué? Porque el cuarteto que Rudresh Mahanthappa
lidera para presentar su proyecto Samdhi
ha decidido refutar mi sueño infantil. ¡Qué
crueldad!

Rudresh Mahanthappa horas antes de la
actuación
©
Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)
Una de las razones que me llevaron a valorar
positivamente el disco
Samdhi fue que a la admiración técnica y
virtuosa (fuera de toda duda de los músicos de
este proyecto) se le sumaba una conexión
emocional nada fácil de lograr cuando la
construcción musical parte de parámetros tan
complejos. Imaginemos por un momento que los
cuatro músicos del directo (los mismos del
disco, a excepción - lástima - del percusionista
"Anand" Anantha Krisnan) son valientes y
expertos funámbulos capaces de caminar con
sobrada solvencia sobre finísimos alambres.
Imaginemos igualmente que esos finísimos
alambres son azotados por fuertes vientos que
generan un balanceo suicida sin que ellos se
echen atrás por ello. Es más, se les ve serenos,
incluso intercambian miradas cómplices ante
semejante gesta. Cruzan de un lado al otro y los
espectadores aplaudimos a rabiar. Y vuelven a
cruzar. Y lo hacen de nuevo. Una y otra vez, y
otra vez más. Y así durante casi dos horas. De
acuerdo, la hazaña seguirá siendo tal cada vez
que se arriesguen a una nueva y fatal caída
pero, ¿y qué? Llega un momento en que el
espectador asume que si la vez anterior, y la
anterior, e incluso las anteriores, lograron
pasar con pasmosa firmeza, ¿por qué no habría de
suceder lo mismo en la siguiente? Así que pierde
el interés y empieza a pensar en sus cosas.
¿En qué se traduce esto en términos musicales?
(lo sé, puedo ser reprendido por excesos
metafóricos y falta de concreción) . Se traduce
en que Rudresh Mahanthappa ha optado por crear
una música de inabordable poliritmia para los
músicos mortales sometida, a su vez, a
permanentes excesos de velocidad neutrina.
Está por demostrar que los neutrinos viajen a
mayor velocidad que la luz pero no que
Mahanthappa es el saxo alto más veloz del Oeste,
una especie de Charlie Parker fundador del
reBe-Bop alucinado (y alucinante) que en el
concierto del "Johnny" (apelativo cariñoso y
popular de la sala madrileña) llevó su música a
un nivel de alteración sensorial tal que los
sentidos se ven desbordados sin la compensación
de una dosis de silencio, sin una pizca de pausa
y sosiego, de transición entre un estadio y
otro. Todo era permanente excitación y
equilibrismo, sobreestimulación y "más difícil
todavía". El cerebro necesita tiempo para
asimilar tanta información (el mio, al menos) y
por eso se bloquea si todavía no ha comprendido
qué ha pasado, qué es aquello que le ha
aturdido, y ya viene otra oleada.
En opinión de quien esto firma el concierto de Samdhi (según Mahanthappa, el cuarteto toma
nombre del título del disco) hubiera agradecido
un mayor equilibrio tanto de estructuras de
composición como de intensidades. A la
barbaridad con baquetas que es Damion Reid le
sobró presencia y le faltó sutilidad. Como
maquinaria de precisión es practicamente
inalcanzable pero su participación pecó en
decibelios. Tuve la sensación en ocasiones de
que tanto la pegada de Reid como la acción
colectiva se nutría del deseo de evidenciar el
virtuosismo del que andan sobrados para
solventar las complejas ecuaciones rítmicas de
las partituras de Mahanthappa, más que de hacer
Música, sea esta más o menos sencilla
conceptualmente. Al final debería tratarse de
eso, de hacer Música, no de examinar en público
las asombrosas cualidades técnicas de las que
hicieron gala desde el primer hasta el último
minuto (eso sí, me perdí la prórroga). Una
descarga brutal de permanente traca final.
Carlos Pérez Cruz |