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Este país se ha
acostumbrado a una particular disciplina de conciertos. Ésta
incluye por defecto el retraso de cortesía para aquellos
espectadores que llegan tarde. Esperémosles para que den calor
al local. Sin embargo esa cortesía ignora a una especie en
extinción: el espectador puntual. Algunos de ellos incluso son
trabajadores que al día siguiente madrugan y que por su pasión
restan unas horas al sueño. Para ellos no hay más consuelo que
el coger buen sitio y esperar pacientemente con una cerveza en
la mano que convierte la "entrada libre" en concierto
de pago (¡y qué precios!). Total: media hora de retraso.
La posibilidad de que un local de estas características (un pub
que no club) siga programando jazz con músicos de una cierta
relevancia pasa por el éxito de asistencia y de consumición.
Ambos requisitos se cumplieron. La afluencia de espectadores tenía
dos formas de constatación: la visual (bastaba una mirada panorámica)
y la sonora (se hacían notar). Los intentos de Robles por
llamar la atención del personal quedaron en intento frustrado.
Sólo las primeras filas prestaban silenciosa atención. Sus
ocupantes eran, en parte, músicos en edad de formación. Eran
oyentes de una "clase" práctica. El resto practicaba
el arte de la ingesta y la relación humana.
El cuarteto de Robles lo era para bolos ocasionales (como casi
todos en este país) y el bolo un a modo de ensayo general para
una actuación de mayor enjundia al día siguiente en Gasteiz.
El repertorio se basó en temas de Lee Konitz, Lennie Tristano,
John Coltrane, Ivan Lins o Vicenç Solsona. Al menos, y siendo
temas de repertorio en su mayoría, se agradeció que no fueran
demasiado manidos. Todos ellos con una cierta dosis de
dificultad armónica y rítmica. Un ejemplo de ello fue la versión
a 7/4 de "Giant Steps" que a pesar de ser más lenta
que la del original Coltrane sigue manteniendo su intrínseca
dificultad.
Sobre el escenario lo mejor vino de la mano de Ramón Ángel y
de David Mengual. Al primero pudimos disfrutarle sin problemas.
Al segundo le adivinamos entre el ruido y su mala sonorización.
Sólo su compenetración visual ya era digna de atención. Ramón
Ángel es el batería de uno de los pocos tríos medianamente
estables de nuestro jazz: el Abe Rábade Trío. Recién
instalado en Barcelona tras su estancia en Berklee nos mostró
una pegada llena de sutilidad y buen gusto. Rítmicamente
impecable impulsó junto a Mengual la música del cuarteto. Su
manejo de baquetas y escobillas distrajo la atención sobre el
solista de muchos de los espectadores. Mengual, por su parte,
bailó con su contrabajo al son de lo que la música y el diálogo
con Ramón le estimulaban. Un gran contrabajista cuyo trabajo
pasó auditivamente desapercibido.
Robles y Solsona se repartieron tiempo de solos. Robles con una
buena dinámica de sonidos y conocimiento del lenguaje "hardbopero".
Solsona con una guitarra de oscura sonoridad que aportó dos de
los temas de concierto.
Por Carlos Pérez Cruz
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