|
Esperar menos hubiera sido tontería, dijo él acabado el
concierto. Él conoce a la perfección la carrera de Peter
Brötzmann al que, con esta actuación, ha escuchado en cinco
ocasiones en persona. Fue en Madrid, el día antes de la
presentación en Barcelona del Chicago Tentet + 1 del veterano
improvisador alemán, y los ecos de esa actuación llegaron a la
capital catalana como la promesa de lo que él ya esperaba pero
para mí era una incógnita. Nunca había escuchado a este hombre
en concierto y menos a semejante constelación de free
jazzmen como la que reúne el proyecto. Diabólicos
improvisadores en el día en el que otro ilustre alemán
paralizaba media ciudad. El Papa bendecía por la mañana la
Sagrada Familia de Gaudí mientras por la noche Brötzmann
impartía hostias a diestro y siniestro en Luz de Gas.
Probablemente hubo más conversos aquí.

Ken Vandermark, Johannes Bauer y Peter
Brötzmann
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano
La puesta en escena resultó abrumadora. El público está muy
próximo al escenario y sobre éste los once músicos, sólo con su
presencia, parecían formar un escuadrón armado hasta los dientes
en primera línea de batalla. Menos mal que no todos imitan las
retorcidas posturas de Gustafsson al tocar porque hubiera
parecido una ofensiva de los All-Black del rugby
neozelandés. La señal fue dada y la ofensiva sonora estalló de
inmediato para no ser acallada durante más de cuarenta minutos
(después otros cuarenta formados por tema y dos bises). Puro
expresionismo extremo y agresivo que, aunque quizá parezca
contradictorio, puede llegar a contener más belleza y emoción
que aquella que se pretende desde los parámetros de la belleza
formal. Porque dentro del magma de decibelios al límite, de
agudos a punto de quebrar y de quebrarse, surgen apuntes de
espiritual coltreniano y de comunicación grupal que ya
quisieran para sí colectivistas y alianzas de civilizaciones
varias.

Joe McPhee y Mats Gustafsson
(Barcelona 7/11/2010)
©
Vanessa Serrano
Que Brötzmann decide cuándo se acaba parece claro. Salto al aire
y cuando sus casi septuagenarios pies tocan tierra la música se
detiene. Que en el resto del concierto su voluntad determine es
algo menos evidente. Es probable que la estructuración de
instrumentaciones y disposición escénica sea cosa suya pero su
liderazgo nominal no va más allá, en apariencia, de los cierres
y de una permanente presencia en primera fila del escenario. Por
el contrario el resto de sopladores van y vienen, se sitúan en
grupos de dos, tres, cuatro músicos, al fondo del escenario,
junto a uno u otro baterista, junto al contrabajo de Kent
Kessler o la batería de Nilssen-Love, y crean así diferentes
secciones de acompañamiento, generan rítmicas que se imponen y
cambian la dirección musical sobre la que improvisan solos o
dúos, las parejas Brötzmann - Vandermark, Bauer-Bishop,
McPhee-Brötzmann...

Paal Nilssen-Love
(Barcelona 7/11/2010)
©
Vanessa Serrano
Nilssen-Love escucha la música que parece haberse tomado un
respiro, se seca el sudor con la toalla, apoya sus brazos sobre
la batería, cierra los ojos y, de pronto, comienza a percutir
nervioso, con una velocidad de vértigo, y la banda parece
electrizarse. Es la segunda vez que veo tocar a este baterista
en meses y no recuerdo haber visto jamás a nadie con semejante
nervio magistral. Dediqué minutos a contemplar cómo los brazos
se movían a tal velocidad que la vista llega a confundirlos. Y
todo ello sin un exceso ni golpe gratuito. No es por desmerecer
a Michael Zerang (¡ni mucho menos!) pero en la pulsación del
noruego está gran parte del sustento de la música del Tentet + 1
(él debía de ser el "1" del Tentet ya que su nombre no aparece
en el programa oficial del festival) y su rítmica junto a
Kessler genera algunos momentos de inmensa calidad y complejidad
musical.

Jeb Bishop y
Fred Lonberg-Holm
(Barcelona 7/11/2010)
©
Vanessa Serrano
Es difícil destacar solistas en una música tan grupal como la
del Chicago Tentet + 1 y más teniendo en cuenta que todos ellos
son nombres principales del género pero, al igual que Nilssen-Love
fue para mí una referencia clave, hubo instrumentistas que me
llegaron más que otros. Así Jeb Bishop demostró unas cualidades
técnicas muy refinadas y un sonido contenido con un trombón que
era mucho más impulsivo y efectista en el caso de Johannes
Bauer, que fue creciendo con el paso del concierto. Mucho más
discreto se mostró Joe McPhee con la corneta, limitada casi por
completo al efecto (viento, pitidos, agudos y pulsación
aleatoria de los pistones) y al grupo. Lonberg-Holm aportó
toques de electrónica a la música y usó el arco con intensidad
(abrió el segundo de los temas a dúo con Kent Kessler).
Holmlander parecía establecer un discurso rítmico paralelo con
la tuba que, sin embargo, encajaba con precisión entre los
golpes de Nilssen-Love mientras que con el trombón de pistones
participó dentro de las secciones de acompañamiento. Y, entre
las cañas, el maestro de ceremonias Peter Brötzmann llevó el
saxo a extremos de delírium trémens, como si uno
escuchara a Charlie Parker todavía más rápido, al doble de
velocidad, y la locura hiciera temblar la tierra. Llevó el
clarinete a sus extremos agudos (y más allá) pero también lo
supo hacer cálido, igual que al saxo con el que nos regaló unos
minutos de verdadero evangelio espiritual (en un día de
mercadotecnia sacra en Barcelona la Palabra fue instrumental).

Ken Vandermark y Johannes Bauer
(Barcelona 7/11/2010)
©
Vanessa Serrano
Al servicio del grupo Ken Vandermark fue
otra pieza clave para la instantánea composición colectiva del
proyecto. Ya no sólo porque en un momento determinado indicara
varios riffs de acompañamiento mediante gestos sino
porque fue el más activo en la búsqueda de espacios sonoros y de
parejas para tal fin. Aportó algo que sabe hacer muy bien con
sus propios proyectos: el groove idóneo del que surjan
nuevas patrones rítmicos que el grupo asume de inmediato.

Peter Brötzmann y Michael Zerang
(Barcelona 7/11/2010)
©
Vanessa Serrano
Dos bises solicitados con insistencia dan
fe de que fue una velada que conectó con un público entusiasta y
numeroso (teniendo en cuenta los parámetros de la sala, claro
está) que si algo no podrá reprochar a los once músicos fue
falta de entrega. Lo dieron todo, ocuparon al máximo el espacio
temporal de los casi ochenta minutos de una música que reclama,
con su gloriosa vehemencia, más espacio (o espacio a secas) en
los festivales y ciclos del país y en los medios de comunicación
(aunque a veces los productores y representantes de los músicos
dificultan el trabajo de quienes sí pretendemos dárselo... allá
ellos y sus lamentos inconsecuentes).
Carlos Pérez Cruz
|