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No recuerdo mucho de la película de Kenneth Branagh Peter´s
friends (Los amigos de Peter) pero mi memoria la
rescata mientras trata de reconstruir con palabras un concierto
como el que el cuarteto Mostly Other People Do The Killing (algo
así como 'mayormente son otros los que matan') ofreció en
Huesca; me la sugiere como título para la reseña, como frase de
aparente ingenio y enganche para el lector, pero titular es el
arte de la concreción y como tal tiene implícito el riesgo de
confundir una parte con la totalidad. Lo pienso mientras
conduzco de vuelta a casa pero, aunque me obligue a ello como
crítico, no logro dejar de pensar en esa parte llamada Peter
Evans dentro del todo de MOPDTK (acrónimo que poco simplifica,
por cierto). Que mientras reflexiono sobre ello suene el
Live in Lisbon del Peter Evans Quartet tampoco invita a la
abstracción. La realidad se impone: estoy impresionado con el
trompetista.
Quede dicho de antemano que quien esto escribe es trompetista
pero, hasta hoy, el instrumento ha quedado en segundo plano en
el momento de hacer valoración de la música ajena. Si hay
trompetista en un concierto me fijo, obviamente, en
particularidades técnicas que me pueden interesar por cuestión
de oficio pero tiendo a concentrarme en la música como expresión
colectiva. Sin embargo durante la actuación oscense del cuarteto
mis orejas dirigieron la mirada a un objetivo casi exclusivo por
una cuestión de asombro. Lo que es capaz de hacer Peter Evans no
se lo había escuchado a ningún trompetista en mi vida. No por
sus extraordinarios agudos, registro medio y graves (incluidas
notas pedales), ultrasónico doble picado, flexibilidad,
vertiginosos saltos interválicos, inagotable resistencia
(respiración continua incluida) o velocidad de fraseo sino
porque todo ello son virtudes de un mismo tipo que, además, van
complementadas por un sonido acogedor y redondo incluso en los
agudos más extremos y, lo que es más importante, por un sentido
de la improvisación absolutamente vibrante y creativo. Tiene tan
sobradas facultades que cualquier cosa que se le ocurra la puede
lograr. ¿Qué velocidad melódica habría alcanzado el Be Bop de
haber compartido escenario en su fundación con Charlie Parker?

Peter Evans y Kevin Shea
(Huesca 15/02/2011)
©
Jesús Moreno
No con 'Bird' pero sí con otro buen saxofonista, con Jon
Irabagon, comparte soplidos Peter Evans. Si el trompetista es
músico de múltiples registros estéticos (escúchesele
interpretando el Primer movimiento el Concierto de
Brandenburgo nº2 de Bach, prueba del algodón de estilo y
resistencia) Irabagon demuestra igualmente capacidad de
adaptación a las exigencias del guión. Capaz de arrollar con una
grabación como Foxy (que suena inmediatamente después
de la de Evans en el viaje de vuelta), y su más de hora y cuarto
de visceral soplo ininterrumpido (¡¡!!), en la noche de Huesca
se mostró mucho más comedido. Un saxofonismo elegante,
pulcro e impoluto (a tono con la trajeada pose del grupo vestido
para la noche del baile de graduación) que de vez en cuando
rompía en humoradas efectistas (en todo baile de graduación
llega el momento de hacer de la corbata cinta de pelo) o de
citas (como la del inicio del Primer movimiento de la
5ª Sinfonía de Mahler... de trompeta en el original). Irabagon y
Evans llevan el peso evidente del reparto de solos que incluso
se solapan en el momento en que uno de los dos recoge al vuelo
una idea expresada por el otro; se construye así una doble línea
improvisadora con identidad diferenciada que, sin embargo,
pareciera hecha para el acompañamiento el uno del otro. La
capacidad de caer conjuntamente a las pocas guías temáticas que
dan rienda suelta o asoman en cada bloque musical (más que temas
son bloques de improvisación a partir de unas pocas células
rítmicas y melódicas) es de una precisión milimétrica; su
conjunción tiene lo mejor del trabajo académico y de la libertad
que se le supone a esta música. En ese sentido la música de
MOPDTK (es imposible no pronunciar el nombre completo para poder
escribir el acrónimo) sigue unos patrones muy básicos, muy
propios del Be Bop, en el sentido de que la melodía es la excusa
para improvisar. De hecho muchas de las melodías leídas eran
pura ortodoxia bebopera aunque con el aditivo de mil y
un colorantes estéticos en su exposición y desarrollo.

Moppa Elliott y Jon Irabagon
(Huesca 15/02/2011)
©
Jesús Moreno
Se convierte así el cuarteto en un grupo
revisionista porque trabaja a partir de formas del Jazz
straight-ahead y, sin embargo, lo hace con tal
vitalidad, personalidad y sentido del humor que poco o nada
tienen que ver con otras formas institucionales de evocación del
pasado musical. No replican sino que añaden a los condimentos
esenciales especias picantes que sazonan con sus exuberantes
capacidades técnicas, referencias rockeras, rítmicas desatadas o
pequeños apuntes de electrónica y pregrabados (lanzados por el
baterista Kevin Shea) que se plantean más como diversión que
como concepto sonoro o estilístico. Es tal la "irrelevancia" de
la exposición temática que unos temas se funden con otros hasta
el punto de que, como dijo el bajista Moppa Elliott, hemos
empezado por 'Evans city' y luego no recuerdo qué hemos tocado.
Es más, uno tiene la sensación de que muchas veces no existen
tales temas y que simplemente cumplen con el protocolo de
presentación al público inventando títulos con nombres de
localidades de Pensilvania (Elliott nació en ese Estado).
Presentada una de esas ciudades Peter Evans le respondió: ¿Y
es una ciudad feliz? No lo sabemos pero sí que esa ciudad
sonaba a 'Sol menor' por indicación de Moppa.
Moppa Elliott es quien impulsó la creación de este grupo allá
por 2003. Él es quien firma las composiciones, quien habla por
el grupo y, sin embargo, quien ejerce la más discreta de las
funciones en el escenario. Muchas veces calla (podrían funcionar
perfectamente como trío de vientos y batería), otras refuerza
golpes rítmicos de la batería de Shea y en otras digita un
efectivo y tradicional walking. Su trabajo es de
cohesión de un grupo donde dos solistas se imponen de forma muy
evidente y, sin embargo, donde sin él ni Kevin Shea no habría
sonido MOPDTK (¡se me resiste!). Aunque Peter y Jon apabullen
con su virtuosismo (rara vez gratuito) los dos de atrás (por
posición escénica) no quedan en meros sideman
intercambiables sino que tejen la red y provocan. Kevin Shea -
que inició concierto con un solo de irónica sobreabundancia
golpeadora - es el loco perfecto que toca una batería que es de
Jazz tanto como de Rock como también espasmódica (¿género en sí
mismo?). Su cara de niño travieso, ausente e imperturbable con
traje y recién levantado de la cama hacen el resto en su papel
de cómico, bien documentado en videos por la red de internet o
en su solo de gestos sin pegar un solo golpe a la batería en el
concierto. Momentos de humor que aportan un plus lúdico al Jazz
arrollador y descarado del grupo que, además, demuestra la cada
vez mayor permeabilidad de las nuevas generaciones de jazzistas
para incorporar formas de expresión musical hasta hace no tanto
aparentemente irreconciliables.
Carlos Pérez Cruz
PD: ¿Atraigo a los incontinentes verbales? ¿Llevo encima un
cartel invisible para mí que invita a que se sienten a mi lado
en los conciertos? ¿Soy yo el equivocado y la conversación
continua y competidora del volumen musical es lo educado? ¡Qué
cruz!
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