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Los
20 minutos de proyección sobre el fondo del escenario
(documental de Dorothy
Darr, esposa de Charles
Lloyd, sobre la última grabación conjunta de Billy Higgins y Lloyd)
impregnan de magia la sala, y hacen que el espectro del
percursionista recientemente fallecido se superponga a las
figuras de Zakir Hussain y de Eric
Harland. ¿Algún tipo de ritual sudafricano? Quizás.
No creo en estas cosas. Pero en lo que sí creo es en la
capacidad de sorprender de algunos músicos que se resisten a
dar el relevo generacional. Cuando te enfrentas a una figura
como la de Charles Lloyd (que conoces porque conoces la historia
del jazz) piensas que vas a vivir historia. Cuando sales del
concierto y ves que no has vivido historia, sino una realidad
que era sólo futuro hasta hace tres segundos, la sensación
resulta altamente placentera. ¿Cómo no he seguido más de
cerca la trayectoria de este músico? Charles Lloyd rinde
homenaje a su compañero planteando sobre el tablero la batalla
rítmica entre el este y el oeste, buscando la convergencia
entre dos formas de entender el ritmo: la percusión y las
tablas de Zakir Hussain (conocido por los Shakti de John
McLaughlin) y la batería de Eric Harland. Charles Lloyd,
tremendo a los vientos, de simple moderador a veces, y de
protagonista indiscutible en otros. Y puesto que bien sabido es
que la percusión/ batería (y todo lo que se pueda golpear)
levanta pasiones, el final era predecible: la ovación de un público
que, gracias al Teatro Central, puede sobrevivir a base de
grandes dosis (aunque excesivamente concentradas) de jazz.
Por Sergio Masferrer |