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JOHN ZORN´S BOOK OF ANGELS

 

Bar Kokhba
Masada Sextet

Ficha del concierto
Fecha: 13 Agosto 2011
Lugar: Amberes, Bélgica

Tanto va la fuente al cántaro que al final la montaña viene a ti y se rompe. Una mezcla surrealista de refranes nos puede servir para intentar entender la sorprendente inversión de la valoración de la figura de John Zorn en el ámbito jazzístico - entiéndase por ámbito los festivales, los programadores, la crítica y por supuesto también el público -. En cosa de 20 años John Zorn ha pasado de enfant terrible y objeto de burla por parte de la intelligentsia jazzera a auténtico y merecido tótem intocable. Mi historia con Zorn ha viajado paralela a su ascensión a los altares musicales. Lo descubrí en 1990 gracias al recopilatorio Grindcrusher, editado por el sello Earache, un artefacto terrorista que aglutinaba lo mejor del grindcore (estilo derivado del hardcore, nacido en Inglaterra, extremadamente veloz y ruidoso). Entre todo el pandemónium relucía una banda llamada Naked City, una maravilla de la técnica y la precisión aplicada al ruido. En esa época Zorn era pasto de radicales, ruidistas, hardcoretas, vanguardistas y amigos del free más incómodo. En 1993 actuó en el Johnny (apelativo cariñoso del San Juan Evangelista de Madrid) con la que era su nueva banda, Masada, todavía en formato eléctrico. Un auditorio semivacío recibió al proteico Zorn rodeado de tres monstruos de la escena llamados Marc Ribot, John Medeski y Billy Martin. Sirva toda esta parrafada para ilustrar mi conmoción casi veinte años después, al aguardar la salida de Bar Kokhba, sentado en un entorno idílico, un precioso parque a las afueras de Amberes, rodeado de miles de personas de toda edad y condición tan ansiosos como yo porque compareciera una de las mayores concentraciones de talento musical de las que se pueden disfrutar hoy en día. Definitivamente Zorn ha ganado la partida, el establishment ha hincado la rodilla, y todo ello sin haber hecho la más mínima concesión artística en toda su carrera. El festival de jazz de Middelheim le cedía un día entero para que lo programase y configurase a su gusto, un jugoso programa triple: Uri Caine en solitario, Bar Kokhba y Masada en sexteto.

La dificultad de acceso al parque donde acontecía el festival por medio de transporte público provocó un retraso inesperado que me impidió asistir al concierto a piano solo de Uri Caine. Eran las 18:40 cuando lograba acceder al remoto recinto, los horarios se cumplían rigurosamente y nuestro admirado pianista había terminado su show hacía rato. Estaba a punto de empezar el segundo acto del programa, el publico se apuraba en el avituallamiento de comida y cerveza (conté hasta nueve tipos diferentes, cada una servida en una copa de cristal distinta, allí la cerveza es algo cultural). Salió el sexteto Bar Kokhba y se arremolinó en torno a Zorn que dirigía desde el centro la minuciosa interpretación de sus partituras. A la izquierda las cuerdas: Greg Cohen (contrabajo) Mark Feldman (violín) Erik Friedlander (violonchelo); al fondo y derecha la percusión: Joey Baron (batería) y Cyro Baptista (percusiones y objetos variados) y en el centro y a escaso medio metro del jefe la auténtica columna que vertebra la música preciosista de Bar Kokhba, la guitarra del ubicuo Marc Ribot. La música de Bar Kokhba es la sublimación del talento compositivo de Zorn, no particularmente en cuanto a su complejidad, que la tiene, si no en cuanto a la sabia reducción de recursos en favor de la melodía y la capacidad de evocación para todos los públicos y todos los oídos. Es la vertiente amable de la tormenta, una recreación del easy-listening, el lounge, la exótica y cierto tipo de banda sonora en el eje Mancini-Barry-Schifrin.

Zorn dirige y manipula la interpretación, con mano dura indica quien o quienes deben improvisar o cuando se debe volver al comienzo de la partitura, un da capo que lógicamente indica señalándose la sesera. El grupo responde a la perfección, con reflejos instantáneos, si bien hubo una ocasión en la que no entendió a tiempo una señal de da capo y el grupo se suspendió medio minuto largo en las procelosas manos del azar total. Zorn los dejó sonar y retomó aspaventoso la señal de vuelta al inicio para cerrar el tema como Yahvé manda. Feldman y Friedlander se movieron en los márgenes de perfección habituales en ellos, tanto en la lectura de arreglos como en la improvisación, mención especial para la impactante técnica de pizzicato de Friedlander en algunos de sus solos, logrando arpegiar y rasgar acordes en su cello con una precisión pocas veces oída en su instrumento. Greg Cohen disfrutó de un sonido memorable en su contrabajo, probablemente de los mejores que he escuchado en mi vida, con cuerpo y definición en perfecto equilibrio. Lo cual pudo ayudar a que se soltase más de lo habitual y se mostrase más explosivo que en otras ocasiones. Joey Baron aportó ese peso específico de su timbre baterístico particular, siempre en su justa medida, lo cual no puede decirse de Baptista, transmutado en profesor chiflado en perpetua búsqueda del sonido curioso y el golpe de efecto. Algunas veces resulta fascinante, pero corre el riesgo de saturar las entendederas si no se le ata en corto, Zorn tuvo que cortarle en seco en dos ocasiones. En cuanto a Ribot, como siempre deslumbró, desgarrador en sus solos, implacable en su claridad de ideas, ideas cristalinas, ideas rotas, pero siempre llegando a alguna entraña del espectador, sea la víscera o sea el corazón. Eso sí, dejó ver su vertiente más humana al cometer dos notables fallos en la lectura de la preciosa melodía de "Hazor". Momentos álgidos del repertorio fueron "Gevurah", "Khebar", "Lilin" o la muy sedosa "Ner Tamir". El público se emocionó y los músicos acabaron felices y exhaustos, esto último era especialmente plausible en el gesto de un Feldman resoplante que no paraba de repasarse la frente con el dorso de la mano. Había acabado su noche. A algunos de los que saludaban desde el escenario todavía les quedaba otro intenso concierto.


Park den Brandt
(Durante las actuaciones las fotografías estaban prohibidas)
© Javier Díez Ena

Tras la belleza absoluta estalló la tormenta y no solo en sentido figurado. El cielo se rompió y comenzó a llover escandalosamente. Sucedió a los cinco minutos de la salida a escena del cuarteto clásico de Masada: John Zorn al saxo alto, Dave Douglas a la trompeta y repitiendo faena la sección rítmica Joey Baron y Greg Cohen. Para la ocasión Masada se convirtió en sexteto con Uri Caine al piano y Cyro Baptista a la percusión y cacharrería variada. La decisión era arriesgada, Masada prescindió desde su primer disco de cualquier elemento armónico, en la línea de los grupos de Ornette de los 60. Evidentemente un pianista como Caine puede con cualquier reto, enriqueció más si cabe el songbook masadesco y soleó como un auténtico poseso para no quedarse atrás ante los altos vuelos de Zorn y Douglas. A veces incluso impuso una extraña personalidad virando el sabor de algunos temas hacia territorios cercanos a lo latino, hazaña / sacrilegio del que también hay responsabilizar a Cyro Baptista y sus percusiones. Aquí el brasileño se mostró bastante más comedido que en Bar Kokhba, o quizás fue que el exultante nivel de expresión instrumental del cuarteto Masada le permitió un mayor margen de expresión para su tormenta de cacharros percutibles. La extensión a sexteto funcionó a pesar de las hierbas extrañas que a ratos se colaron en el potaje.

El cuarteto clásico rindió a su estratosférico nivel habitual. Joey Baron y Greg Cohen forman una sección rítmica en permanente estado simbiótico, su caminar es rocoso y elástico a la vez. Greg Cohen exhibió su famoso pulso, férreo y melódico a la par, pero esta noche se mostró especialmente extrovertido en sus solos, puede que ayudado por el excelentísimo sonido ya mencionado. Baron volvió a confirmar que es uno de los baterías más imaginativos y fiables que ha dado el jazz en las últimas dos décadas, el abanico de matices que rezuma cada fill apabulla, puede estallar violentamente o precipitar el oído del personal en un delicadísimo pasaje de batería tocada con las manos, pero nunca pierde el sentido del gusto, ni de la humildad musical, ni mucho menos esa perenne sonrisa que le acompaña por el mundo. El tándem siamés que forman Dave Douglas a la trompeta y John Zorn al saxo alto voló alto, tan alto que a veces desde la platea cuesta comprender fisiológicamente tamaña sincronía. Ese trenzado telepático recuerda mucho a conexiones históricas de saxo y trompeta como la de Lester Bowie - Roscoe Mitchell y por supuesto el constante referente: Ornette - Cherry; por la forma de acometer los arreglos, de deformarlos a su albedrío y sobre todo por el infalible instinto que despliegan a la hora de improvisar juntos. Masada mostró todas sus caras esa noche y bordó sus dos extremos de furia y belleza, las andanadas de aridez free y los valles de melancolía klezmer, más honda si cabe por el repiqueteo de la lluvia batiendo la carpa bajo la que nos guarecíamos. Por mucho que le moleste a Zorn, y a pesar de ese variado songbook de cientos de piezas que ha compuesto en casi 20 años, la mejor descripción del sonido de Masada sigue siendo la de klezmer reinterpretado con los mimbres del cuarteto clásico de Ornette Coleman. A pesar de que en Middleheim jugaron al despiste con el sorpresivo añadido de Caine y Baptista. La fragancia a césped mojado y los efluvios de la mejor cerveza belga acabaron de convertir la noche en el picnic musical más exquisito que uno pueda imaginarse. Durante momentos de máximo volumen, y alta violencia atonal, que los hubo, sorprendía girar la cabeza y comprobar como todo el mundo, miles de personas, niños y ancianos incluidos, mantenía la mirada extática, sin fruncir el ceño lo más mínimo. En detalles como ese es donde se comprueba que ciertos países europeos entienden la música en directo de una manera mucho más avanzada, respetuosa y sana. Envidia sentí.


Javier Díez Ena