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Tanto va la fuente al cántaro que al final la montaña viene a ti y se rompe. Una mezcla surrealista de refranes nos puede servir para intentar entender la sorprendente inversión de la valoración de la figura de John Zorn en el ámbito jazzístico
- entiéndase por ámbito los festivales, los programadores, la crítica y por supuesto también el público
-. En cosa de 20 años John Zorn ha pasado de enfant terrible y objeto de burla por parte de la
intelligentsia jazzera a auténtico y merecido tótem intocable. Mi historia con Zorn ha viajado paralela a su ascensión a los altares musicales. Lo descubrí en 1990 gracias al recopilatorio
Grindcrusher, editado por el sello Earache, un artefacto terrorista que aglutinaba lo mejor del grindcore (estilo derivado del
hardcore, nacido en Inglaterra, extremadamente veloz y ruidoso).
Entre todo el pandemónium relucía una banda llamada Naked City,
una maravilla de la técnica y la precisión aplicada al ruido. En
esa época Zorn era pasto de radicales, ruidistas, hardcoretas,
vanguardistas y amigos del free más incómodo. En 1993 actuó en
el Johnny (apelativo cariñoso del San Juan Evangelista de
Madrid) con la que era su nueva banda, Masada, todavía en
formato eléctrico. Un auditorio semivacío recibió al proteico
Zorn rodeado de tres monstruos de la escena llamados Marc Ribot,
John Medeski y Billy Martin. Sirva toda esta parrafada para
ilustrar mi conmoción casi veinte años después, al aguardar la
salida de Bar Kokhba, sentado en un entorno idílico, un precioso
parque a las afueras de Amberes, rodeado de miles de personas de
toda edad y condición tan ansiosos como yo porque compareciera
una de las mayores concentraciones de talento musical de las que
se pueden disfrutar hoy en día. Definitivamente Zorn ha ganado
la partida, el establishment ha hincado la rodilla, y
todo ello sin haber hecho la más mínima concesión artística en
toda su carrera. El festival de jazz de Middelheim le cedía un
día entero para que lo programase y configurase a su gusto, un
jugoso programa triple: Uri Caine en solitario, Bar Kokhba y
Masada en sexteto.
La dificultad de acceso al parque donde acontecía el festival
por medio de transporte público provocó un retraso inesperado
que me impidió asistir al concierto a piano solo de Uri Caine.
Eran las 18:40 cuando lograba acceder al remoto recinto, los
horarios se cumplían rigurosamente y nuestro admirado pianista
había terminado su show hacía rato. Estaba a punto de empezar el
segundo acto del programa, el publico se apuraba en el
avituallamiento de comida y cerveza (conté hasta nueve tipos
diferentes, cada una servida en una copa de cristal distinta,
allí la cerveza es algo cultural). Salió el sexteto Bar Kokhba y
se arremolinó en torno a Zorn que dirigía desde el centro la
minuciosa interpretación de sus partituras. A la izquierda las
cuerdas: Greg Cohen (contrabajo) Mark Feldman (violín) Erik
Friedlander (violonchelo); al fondo y derecha la percusión: Joey
Baron (batería) y Cyro Baptista (percusiones y objetos variados)
y en el centro y a escaso medio metro del jefe la auténtica
columna que vertebra la música preciosista de Bar Kokhba, la
guitarra del ubicuo Marc Ribot. La música de Bar Kokhba es la
sublimación del talento compositivo de Zorn, no particularmente
en cuanto a su complejidad, que la tiene, si no en cuanto a la
sabia reducción de recursos en favor de la melodía y la
capacidad de evocación para todos los públicos y todos los
oídos. Es la vertiente amable de la tormenta, una recreación del
easy-listening, el lounge, la exótica y cierto tipo de
banda sonora en el eje Mancini-Barry-Schifrin.
Zorn dirige y manipula la interpretación, con mano dura indica
quien o quienes deben improvisar o cuando se debe volver al
comienzo de la partitura, un da capo que lógicamente
indica señalándose la sesera. El grupo responde a la perfección,
con reflejos instantáneos, si bien hubo una ocasión en la que no
entendió a tiempo una señal de da capo y el grupo se
suspendió medio minuto largo en las procelosas manos del azar
total. Zorn los dejó sonar y retomó aspaventoso la señal de
vuelta al inicio para cerrar el tema como Yahvé manda. Feldman y
Friedlander se movieron en los márgenes de perfección habituales
en ellos, tanto en la lectura de arreglos como en la
improvisación, mención especial para la impactante técnica de
pizzicato de Friedlander en algunos de sus solos,
logrando arpegiar y rasgar acordes en su cello con una precisión
pocas veces oída en su instrumento. Greg Cohen disfrutó de un
sonido memorable en su contrabajo, probablemente de los mejores
que he escuchado en mi vida, con cuerpo y definición en perfecto
equilibrio. Lo cual pudo ayudar a que se soltase más de lo
habitual y se mostrase más explosivo que en otras ocasiones.
Joey Baron aportó ese peso específico de su timbre baterístico
particular, siempre en su justa medida, lo cual no puede decirse
de Baptista, transmutado en profesor chiflado en perpetua
búsqueda del sonido curioso y el golpe de efecto. Algunas veces
resulta fascinante, pero corre el riesgo de saturar las
entendederas si no se le ata en corto, Zorn tuvo que cortarle en
seco en dos ocasiones. En cuanto a Ribot, como siempre
deslumbró, desgarrador en sus solos, implacable en su claridad
de ideas, ideas cristalinas, ideas rotas, pero siempre llegando
a alguna entraña del espectador, sea la víscera o sea el
corazón. Eso sí, dejó ver su vertiente más humana al cometer dos
notables fallos en la lectura de la preciosa melodía de "Hazor".
Momentos álgidos del repertorio fueron "Gevurah", "Khebar", "Lilin"
o la muy sedosa "Ner Tamir". El público se emocionó y los
músicos acabaron felices y exhaustos, esto último era
especialmente plausible en el gesto de un Feldman resoplante que
no paraba de repasarse la frente con el dorso de la mano. Había
acabado su noche. A algunos de los que saludaban desde el
escenario todavía les quedaba otro intenso concierto.

Park den Brandt
(Durante las actuaciones las fotografías estaban prohibidas)
©
Javier Díez Ena
Tras la belleza absoluta estalló la tormenta y no solo en
sentido figurado. El cielo se rompió y comenzó a llover
escandalosamente. Sucedió a los cinco minutos de la salida a
escena del cuarteto clásico de Masada: John Zorn al saxo alto,
Dave Douglas a la trompeta y repitiendo faena la sección rítmica
Joey Baron y Greg Cohen. Para la ocasión Masada se convirtió en
sexteto con Uri Caine al piano y Cyro Baptista a la percusión y
cacharrería variada. La decisión era arriesgada, Masada
prescindió desde su primer disco de cualquier elemento armónico,
en la línea de los grupos de Ornette de los 60. Evidentemente un
pianista como Caine puede con cualquier reto, enriqueció más si
cabe el songbook masadesco y soleó como un auténtico
poseso para no quedarse atrás ante los altos vuelos de Zorn y
Douglas. A veces incluso impuso una extraña personalidad virando
el sabor de algunos temas hacia territorios cercanos a lo
latino, hazaña / sacrilegio del que también hay responsabilizar
a Cyro Baptista y sus percusiones. Aquí el brasileño se mostró
bastante más comedido que en Bar Kokhba, o quizás fue que el
exultante nivel de expresión instrumental del cuarteto Masada le
permitió un mayor margen de expresión para su tormenta de
cacharros percutibles. La extensión a sexteto funcionó a pesar
de las hierbas extrañas que a ratos se colaron en el potaje.
El cuarteto clásico rindió a su estratosférico nivel habitual.
Joey Baron y Greg Cohen forman una sección rítmica en permanente
estado simbiótico, su caminar es rocoso y elástico a la vez.
Greg Cohen exhibió su famoso pulso, férreo y melódico a la par,
pero esta noche se mostró especialmente extrovertido en sus
solos, puede que ayudado por el excelentísimo sonido ya
mencionado. Baron volvió a confirmar que es uno de los baterías
más imaginativos y fiables que ha dado el jazz en las últimas
dos décadas, el abanico de matices que rezuma cada fill
apabulla, puede estallar violentamente o precipitar el oído del
personal en un delicadísimo pasaje de batería tocada con las
manos, pero nunca pierde el sentido del gusto, ni de la humildad
musical, ni mucho menos esa perenne sonrisa que le acompaña por
el mundo. El tándem siamés que forman Dave Douglas a la trompeta
y John Zorn al saxo alto voló alto, tan alto que a veces desde
la platea cuesta comprender fisiológicamente tamaña sincronía.
Ese trenzado telepático recuerda mucho a conexiones históricas
de saxo y trompeta como la de Lester Bowie - Roscoe Mitchell y
por supuesto el constante referente: Ornette - Cherry; por la
forma de acometer los arreglos, de deformarlos a su albedrío y
sobre todo por el infalible instinto que despliegan a la hora de
improvisar juntos. Masada mostró todas sus caras esa noche y
bordó sus dos extremos de furia y belleza, las andanadas de
aridez free y los valles de melancolía klezmer, más honda si
cabe por el repiqueteo de la lluvia batiendo la carpa bajo la
que nos guarecíamos. Por mucho que le moleste a Zorn, y a pesar
de ese variado songbook de cientos de piezas que ha
compuesto en casi 20 años, la mejor descripción del sonido de
Masada sigue siendo la de klezmer reinterpretado con los mimbres
del cuarteto clásico de Ornette Coleman. A pesar de que en
Middleheim jugaron al despiste con el sorpresivo añadido de
Caine y Baptista. La fragancia a césped mojado y los efluvios de
la mejor cerveza belga acabaron de convertir la noche en el
picnic musical más exquisito que uno pueda imaginarse. Durante
momentos de máximo volumen, y alta violencia atonal, que los
hubo, sorprendía girar la cabeza y comprobar como todo el mundo,
miles de personas, niños y ancianos incluidos, mantenía la
mirada extática, sin fruncir el ceño lo más mínimo. En detalles
como ese es donde se comprueba que ciertos países europeos
entienden la música en directo de una manera mucho más avanzada,
respetuosa y sana. Envidia sentí.
Javier Díez Ena
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