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El tiempo ejerce de valioso filtro al
recuerdo. Normalmente se porta y descarta lo negativo para
quedarse con lo que realmente importa: los buenos momentos.
Sin tiempo necesario todavía para el filtro haremos memoria.
Memoria de cinco días de intensidad jazzística y, lo que es más
importante, humana.
Cinco días de encuentro con músicos y músicas varias, con
propuestas desde la consagración hasta la ilusión de la
primera vez. Primera vez que nos deja una clara esperanza de
futuro en nombres como Dead Capo. El tiempo dirá si su proyecto
se afianza o sólo es un paso más en la evolución de sus
componentes. Sea como fuere lo importante es su manera de
entender la música. Todo un ejemplo que esperemos cunda como
tal.
Nos quedan también sinsabores, pero estos duermen ahora en un cálido
y húmedo domingo de julio. Tiempo habrá para ellos.
Pero lo verdaderamente importante ha sido ver las caras de
satisfacción e ilusión de unos jóvenes músicos que se han
sentido por primera vez tratados como tales. Como profesionales
que son de la música que saben de la dificultad de un día a día
cada vez más complicado para quien no vende su alma al diablo.
Una demostración de que al dinero público se le puede dar buen
uso. Aunque la realidad nos muestre un oasis en el desierto. Al
menos este oasis merece ser mimado. Su organización lo hace y
hace que todos los aquí presentes nos sintamos, al igual que
los músicos, profesionales y, ante todo, personas. Que algunos
tomen nota.
BRAD MEHLDAU TRÍO
La noche final fue "la noche Mehldau". El pianista
californiano eclipsó prácticamente todo lo visto hasta la
fecha con una actuación memorable.
Es curioso comprobar como la evolución de su trío habitual ha
derivado prácticamente en un trío para piano solo. La
presencia de Grenadier y Rossy pasa prácticamente desapercibida
ante el vendaval de pianismo creativo del californiano. Salvo
momentos puntuales la música es su música. Es su idea y su
estilo. Aunque si uno es capaz de abstraerse del piano verá en
la batería a un magistral Rossy y un contrabajo, el de
Grenadier, cuya limpieza en la pulsación es envidiable.
Mehldau vive en su mundo. Un mundo que siente en cubano con las
"Tres palabras" de Oswaldo Farrés, que hizo jazz de
Paul Simon o viajó al Brasil de Toninho Horta. No se olvidó de
lo propio pero sobre todo importa lo que este mago capcioso del
piano hace con el.
Su música camina despaciosa y profunda. No eleva la voz en ningún
momento. Requiere la atención que el público (esta vez sí)
prestó. Su lenguaje entra y sale del colchón armónico y rítmico
con una facilidad pasmosa.
GROOVE STATION
Groove Station abrió la velada y cerró. Cerró la
presencia de grupos Injuve.
El groove es una de las caras más bailables y pegadizas (en
ocasiones pegajosas) del jazz. En el caso del sexteto barcelonés
no fue ni lo uno ni lo otro. Ni incitó al baile ni, dudo mucho,
nadie salió cantando sus melodías.
Por Carlos
Pérez Cruz
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