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Lloraba desconsolado.
Vestido de impecable (que no impoluto) pamplonica sus lágrimas
surgían irrefrenables mientras permanecía sentado en el suelo
(tampoco impoluto) con la espalda apoyada en la parte delantera
de la furgoneta de los músicos. Tal era su desazón que ni
siquiera una amiga se atrevía a consolarle. Parecía temer la
reacción o quizá consideraba que lo mejor era que su dolor
surgiera y se expresara sin cortapisas. Una toalla a mano le
servía de pañuelo. Y frente a él, como banda sonora
contrapuesta a sus emociones, el Proyecto Miño servía las
primeras notas conjuntas durante la prueba de sonido.
Es San Fermín en Pamplona. La escenografía de esta fiesta de
la anarquía incívica y el humor a partes iguales depara
siempre instantáneas pintorescas como la de este mozo pamplonés
que lloraba desconsolado su tragedia azuzada por el alcohol. O
como la de las peñas con sus txarangas que interrumpieron con
su "ruido" la prueba en varias ocasiones. En el
escenario un contrabajo, una zanfoña o un serpentón; a pie de
calle las peñas vestían con el rojo del vino y el kalimotxo
sobre ellos derramado durante la tarde.
No parece ésta la descripción idónea para una actividad
cultural y artística de primer orden. No lo parece y no lo es
pero así es Pamplona por San Fermín. Y entre la desbordante
oferta de conciertos de Rock, de Folklore y de Pop (a priori
menos exigentes en sus condiciones escénicas) por las calles y
plazas se cuela cada año un pequeño ciclo de Jazz de
predecible contenido salvo en contadas ocasiones como la de esta
presentación del "Proyecto Miño" del contrabajista
Baldo Martínez.
En una ciudad tan poco dada a la oferta de conciertos creativos
llama la atención la repetida presencia del contrabajista
gallego. Se le ha podido ver en los últimos años en Pamplona y
alrededores con su "Baldo Martínez Grupo", con su
"Cuarteto Acústico", con "Un Texto, Un
contrabajo", junto a Carlo Actis Dato y ahora con la
formación más compleja (numéricamente hablando) de su
catálogo de grupos.
El "Proyecto Miño" (impulsado desde el festival
portugués de Guimaraes en 1999) trabaja sobre las músicas
tradicionales surgidas en torno al río Miño (región
portuguesa y gallega) a través de las interpretaciones y
composiciones del propio Baldo. Se trata de una actualización,
de una puesta al día al lenguaje contemporáneo del Jazz de
melodías ancestrales y de composiciones actuales con aire
ancestral pero siempre actual.
Un concierto que trabaja mucho la parte rítmica no sólo a
través de la contundencia del batería Pedro López y los
apuntes coloristas del percusionista Nirankar Khalsa sino con un
concepto rítmico de grupo en el que los vientos se convierten
en una parte más del siempre complejo y juguetón pulso al
igual que sucede con el propio contrabajo de Baldo o la zanfoña
del siempre sorprendente Germán Díaz.
Tiene el grupo importancia fundamental sobre los solistas.
Aunque prácticamente todos los músicos tuvieron su momento de
improvisación solística importa más el resultado sonoro del
bloque. No obstante pudimos disfrutar de la soberbia guitarra de
Antonio Bravo (con grandes ideas en sus solos e impecables
desarrollos armónicos), del buen hacer de la tuba y serpentón
de Chiaki Mawatari (imprescindible soporte rítmico) o del saxo
de Alejandro Pérez (el más ortodoxo en su lenguaje jazzista).
Capítulo aparte merecen la zanfoña de Germán Díaz y la voz
de Terela Gradín. Germán explora con su ancestral instrumento
(en constante actualización) las posibilidades sonoras y como
improvisador de un instrumento de aparentes limitaciones
expresivas. La zanfoña se convierte en rítmica colorista y en
solista de primer orden con la conjunción de la creatividad de
Germán y las posibilidades que la electrónica ofrece (genial
su solo trabajando con pequeños riffs que iba grabando sobre la
marcha y utilizando como contrapunto a su desarrollo solista).
Por su parte la cantante Terela Gradín debutaba en el proyecto
de Baldo supliendo la baja maternal de la titular Maite Dono.
Una agradable sorpresa por la joven madurez, la calidez de una
voz flexible (quizá algo limitada en el registro) y cuya mayor
virtud vino de la aparente sencillez en su manera de expresarse
como solista (¡Sí, una voz de Jazz que improvisa!) y como un
instrumento más al servicio de los arreglos instrumentales de
Baldo Martínez.
Al frente de la formación el incombustible Baldo sigue
demostrando una encomiable capacidad para armar proyectos que
perduren en el tiempo y presenten una de las caras menos comunes
en el jazz español: la propia. Engranaje perfecto de la
maquinaria instrumental sigue teniendo muy claras las ideas de
su propio estilo que impregna hasta el último detalle rítmico,
armónico e incluso atmosférico de la música que practica. Una
idea sonora que suele incluir al buen trompetista británico
David Herrington que en pequeñas dosis mostró su hermoso
sonido y gusto improvisador al igual que ejerció de
prolongación del brazo director de Baldo.
Por Carlos Pérez Cruz
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