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Hubo un tiempo en que
para mí la música era un descubrimiento constante; eran
tiempos en que la deliciosa virginidad de quien se acerca a este
arte sin mayor prejuicio que el desconocimiento me convertía en
director de aplausos de la masa. Podía salir tan o más sudado
que el propio músico tras el esfuerzo escénico. Sabía que eso
no iba a durar toda la vida (cuestión de envejecimiento,
supongo) pero lo que no adivinaba era que iba a llegar en el
ecuador de mi veintena. Hace ya tiempo que me convertí en lo
que siempre detesté, lo que algunos denominan en deporte
"público de ópera". Aplauso juicioso, emoción
controlada.
En este juego de las sinceridades he de reconocer también que
cierto cansancio profesional (exceso de implicación mediática
jazzística en relativo poco tiempo) puede ser el causante de mi
alarmante baja cifra de asistencia a directos (no exclusivamente
de jazz) en el último año. Un alejamiento voluntario necesario
cuando el placer se convierte en trabajo rutinario.
La invitación de un buen amigo canario para acompañarle en su
debut "jazzero" fue buena excusa para volver al ruedo
festivalero; ruedo que, por supuesto, cuenta con su
"imprescindible" farándula dispuesta a hacerse notar
con paseos de llegada tardía, refrigerio a destiempo y fuga a
contratiempo. Incluso hubo quien en el tendido degustó buen
pescado (a tenor del olor) con vajilla y cubiertos. Imágenes y
olores que pusieron a prueba un estómago, el mío, que todavía
hoy asimila mal la mezcla de música con acto social. El "Almax"
de la estoica resignación apaciguó la indigestión.
Afortunadamente entre el respetable siempre hay alguien capaz de
endulzar el empacho de una excesiva doble velada musical. Las
horas de más y mis fobias fueron menos gracias a ella. De la
mano materna al principio y sola al final (la vista, y sólo la
vista, agradeció la decodificación) disfrutó, aplaudió,
miró (prismático en ristre) y sedujo a servidor desde sus
deliciosos veinte años (cálculo visual aproximado). Divino
asidero para la esperanza en el relevo generacional del
aficionado.
Pero volvamos al principio. El doblete de la Trinidad ponía a
prueba los efectos de mi alejamiento voluntario al directo.
¿Volví a donde solía? Ni de lejos, pero al menos ciertos
síntomas indicaron una posible recaída en el virus del
disfrute: Aplausos, movimiento de pies al ritmo de la rítmica,
pequeños alaridos de placer... La vacuna de la desidia tiene
sus puntos débiles que por momentos socavaron las dos Big Bands
de la noche.
La Big Band de Dave Holland y la que revive al clásico
legendario Charles Mingus propusieron dos maneras bien distintas
de entender una misma maquinaria. Maneras en lo visual y en lo
sonoro. Con la única diferencia instrumental del vibráfono (Holland)
por el piano (Mingus) la disciplina y sobriedad de los primeros
deviene en aparente anarquía y caos en los segundos; la
elegancia y complejidad de composición y arreglos en selvática
visceralidad...
La maquinaria del contrabajista Dave Holland funciona con
pasmosa facilidad en la nada sencilla lectura de los temas del
británico. Piezas que individualmente flojearon en algunos
casos quizá con motivo de una ya larga gira que se cerraba en
Donosti. Su calidad, por otro lado, está más que sobradamente
demostrada. Todos, incluidos también los músicos de la Mingus
Big Band, tuvieron su momento de gloria personal, pero sólo
algunos (pocos) "hablaron" con su instrumento. La
mayoría dijo con largas frases lo que podía haber explicado en
cuatro palabras. Son los riesgos de la tan habitual, hoy por
hoy, autocomplacencia técnica.
Con esperanza en el relevo generacional de público y con
síntomas de recaída en servidor llegó la retirada tras más
de tres horas de asiento. Una velada como constatación de un
Holland en estado de gracia creativo y una Mingus Big Band que
revive a medias el espíritu de un glorioso transgresor, Charles
Mingus.
Por Carlos Pérez Cruz
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