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Hacía demasiado tiempo que no me permitía el lujo de pasear por Donosti así que la cuadragésimo sexta edición de su festival de Jazz era una buena excusa para volver a patear su casco antiguo o sentarme por la noche en un banco de La Concha para escuchar y oler el mar. La ciudad cumple con precisión suiza su ritual festivalero trimestral de Jazz, Clásica y Cine (Julio, Agosto y Septiembre respectivamente) y esas son credenciales de una actividad que tiene tanto de Cultura como de turismo. Aunque hay administraciones (las más) que conjugan ambos conceptos estos no son necesariamente comunes y, por desgracia, suelen tener intereses contrapuestos. La Cultura (nótese la mayúscula) tiene la virtud de alimentar el alma mientras que el turismo (no confundir al turista con el viajero, por favor) engorda la caja registradora de la hostelería y de la administración pública. ¿Se puede engordar la caja con el alimento del alma? En otra vida, me temo. En esto no hay por qué engañarse. Las grandes masas no las conforman las almas ávidas de Cultura, sí los turistas. Guste o no uno sale a la calle y se cruza con más espectadores de Telecinco que lectores de Schopenhauer. Así que hay que contar con los primeros para congregar a suficiente personal como para que la noticia el día después sea las decenas de miles de espectadores que han pululado por los diferentes espacios que dan forma al universo Festival de Jazz de San Sebastián (después vendrán Clásica y Cine). Ese es el perverso y eterno pulso: ¿calidad o cantidad? El número de espectadores reunidos es un valor más admirado (publicado) que el pellizco del alma de un buen concierto, así como los vatios son un valor informativo cuanto mayor sea su volumen. La sutileza no cotiza.

Tea for 3: Uri caine, Dave Douglas, Linda
Oh, Avishai Cohen, Clarence Penn y Enrico Rava.
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Lolo Vasco (www.heinekenjazzaldia.com)
Mi particular festival dio inicio con el trío de trompetistas formado por Dave Douglas, Avishai Cohen y Enrico Rava. ‘Tea for 3’ compartido con Uri Caine (piano), Linda Oh (contrabajo) y Clarence Penn (batería). Con este concierto se inauguraban las sesiones dobles de la Plaza de la Trinidad, escenario central de la cita anual donostiarra. Hacía años que no me sentaba por allí y a los pocos segundos del inicio del concierto recordé el porqué de mi prolongada ausencia. El recinto (espacio urbano recogido pero descubierto) se convierte en una suerte de salón de estar donostiarra en el que se bebe (y se acude con perseverancia a rellenar el recipiente), se conversa (con el vecino y por teléfono) y se está a todo menos a la razón del estar allí. Si la contaminación acústica se visualizara como la ambiental el grosor de la capa haría saltar las alarmas del ministerio de sanidad (cultural) y Medio Ambiente (del Jazz) enviaría a la brigada de intervención urgente a despejar aquello. Quedaríamos cuatro. De poco importa que Dave Douglas enfatizara la presencia del septuagenario Enrico Rava, una institución mundial parida en Europa. ¿Quién es Enrico Rava?

Enrico Rava.
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Lolo Vasco (www.heinekenjazzaldia.com)
No es algo negativo per sé que quien vaya a un concierto no conozca a los músicos, por muy instituciones que estos sean. Nadie nace aprendido y nunca es tarde para abrir puertas. El problema viene cuando uno detecta que la curiosidad no es el factor principal de la movilización de miles de personas que acuden al festival sino que el festival no es más que el motor que pone en marcha la vida social durante esos días del año. Tengo la sospecha de que lo mismo da un concierto de ‘Tea for 3’ que una verbena de fiestas. El caso es tener algo que hacer y el Jazz es sólo una excusa. Las páginas de periódicos, las noticias en radio, las cámaras de TVE grabando un año más o los músicos recibiendo tratamiento de estrellas y siendo llevados de aquí para allá en coches y furgonetas son un espejismo de riqueza y grandilocuencia para una profesión que vive de continuo en los márgenes (e, incluso, en la marginalidad). “Buscamos un sitio tranquilo para tomar algo sin fanáticos del Jazz”, me consultó el trompetista Peter Evans en un encuentro casual por la calle. Nada tan sencillo como lo segundo (no tanto lo primero), pensé. Lo malo es que me encontré con Peter cuando yo debía estar en la Plaza de la Trinidad escuchando el segundo concierto de la noche. Para entonces ya había dimitido. Los fanáticos de la vida social habían vencido a este
fanático del Jazz y acabada la sesión trompetera me negué a padecer por Abdullah Ibrahim. Padecí por adoración a Douglas, Rava y Caine pero mis nervios no daban más de sí.
Tengo la sospecha de que el de ‘Tea for 3’ fue un buen concierto, que nada tiene el proyecto de
All star festivalero sino que está construido sobre composiciones sólidas y complejas, especialmente enrevesadas en lo rítmico cuando Douglas firma el papel. Como la cosa gira en torno a los trompetistas el trío rítmico queda en un segundo plano, y bien que se lamenta uno cuando está en presencia de Uri Caine, magistral en sus limitadas intervenciones. Pero el soplo manda en esta reunión y Douglas, Rava y Cohen soplaron de lo lindo; Douglas y Rava con sonidos francamente personales mientras Cohen con una voz más estándar. No es demérito de Cohen pero es cierto que, aunque no son tantas en la Historia del Jazz, Douglas y Rava pueden presumir de algo que en el caso de Cohen es más dudoso: voz propia. Es infinitamente más fácil reconocer las trompetas de Douglas y Rava que la de Cohen. Dicho esto, Douglas se movió a su antojo en un proyecto que controla como propio y en el que Rava parece a veces tantear más que caminar con solidez (en un momento pareció concluir un solo por anticipado algo desconcertado). Más sólido fue en ese sentido Cohen que el italiano aunque su expresividad no llegue, ni por asomo, al lenguaje serpenteante y arpegiado de la trompeta de Douglas. Cohen toca como se planta: firme y estático; solos de una solidez y tempo exquisito pero sin la flexibilidad de Douglas o la propulsión etérea de la trompeta de Rava. Tres trompetas que, en definitiva, suman y que recrean un repertorio concienzudo y nada condescendiente con el gran (por numérico) público. No era una reunión para pasar el rato en el verano europeo. ‘Tea for 3’ tiene mimbres de gran música aunque no haya alcanzado todavía (al menos por lo intuido en Donosti) grado de excelencia.

TriEZ: Agustí Fernández, Baldo Martínez y
Ramón López
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Enrique
Moreno Esquibel
Tras mi comprometida renuncia a volver a conciertos en la Plaza de la Trinidad (no se me tengan en cuenta futuras debilidades del alma) mi implicación festivalera quedó circunscrita al cursillo de siete horas impartido por TriEZ y a la actividad derivada de su presencia. TriEZ, como su propio nombre indica, está compuesto por tres Músicos de apellido común ibérico: Fernández, Martínez y López. Apellidos comunes para una formación tristemente insólita en nuestro país. Ellos son representantes máximos de una creatividad con aspiración de vanguardia ignorada en España; los tres son, en sus respectivos caminares, nombres referenciales para quien de veras profundiza en la música improvisada y, sin embargo, mucho más desconocidos (dentro del desconocimiento general) que otros músicos apenas originales o, directamente, rutinarios. Pero es lo que hay. Queda mucho trabajo por hacer (¿más que al principio?) para que, incluso entre los que se consideran aficionados al Jazz, el abanico de estímulos musicales sea mucho más amplio y enriquecedor que el conocido y reconocido.
La presencia de Agustí Fernández (piano), Baldo Martínez (contrabajo) y Ramón López (batería) en un festival de semejantes dimensiones tiene el plus de la amplificación mediática que otros espacios cotidianos del Jazz no tienen. Sin embargo tal dimensión tiene un problema: ¿cómo lograr sobresalir entre la saturación de contenidos simultáneos? A TriEZ no se lo pusieron fácil ya que estaban allí por un cursillo (ajeno a los intereses del 99,9% del público) y para dar un concierto “secreto” (es decir, sin fecha, ni hora, ni lugar anunciados con antelación). O dicho de otra manera, no estaban allí en las condiciones de accesibilidad ni repercusión que otros músicos menos inspirados pero de nombre más
cool o exótico. Estaban de tapadillo. No es fácil ser músico español en España.
Para la treintena aproximada de participantes en el cursillo (entre músicos profesionales, aficionados y oyentes) la experiencia resultó productiva. El encuentro pedagógico con TriEZ partía condicionado por la (quizá) excesiva generosidad en el criterio de admisión. Admitir tanto a músicos como no músicos, a profesionales como aficionados, crea un importante desequilibrio entre los intereses particulares y el enfoque pedagógico que, no obstante, fue suplido por la empatía entre alumnos y el estímulo que siempre supone estar frente a músicos y creadores de semejante calibre e infrecuente humildad. La combinación de ambos elementos trajo consigo el descubrimiento inesperado de otros mundos dentro del Jazz (inéditos para muchos aficionados al género), la expresión de prejuicios que la educación (académica y ambiental) ha cimentado con la constancia de un goteo incesante en la cabeza de todos y, sobre todo, la estimulación necesaria para afrontar con energías renovadas la siempre compleja tarea de construir la personalidad musical. Una propuesta educativa que siempre es bienvenida en el contexto de un festival y que San Sebastián no haría mal en repetir con la previa revisión de criterios de selección.

TriEZ: Agustí Fernández y Baldo Martínez
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Enrique
Moreno Esquibel
Como colofón a la estancia de TriEZ el trío ofreció una actuación “secreta” en el mismo recinto del cursillo, en el Club del Teatro Victoria Eugenia (espacio anexo al gran auditorio del histórico recinto donostiarra). La pequeña sala se llenó (¿alguien lo esperaba?) y las condiciones acústicas, la cercanía espacial a los músicos, la concentración del personal (¡qué lejos de la socialización de la ‘Trini’!) permitieron que, sumado a la creatividad sin límites del trío, surgiera la magia y que alguno incluso alcanzara el nirvana. ¡Qué inmenso placer! Estas tres voces tan particulares de la Música convergen de tal manera que uno se pregunta adónde podrían llegar juntos si la frecuencia de encuentros fuera mayor que la de tres o cuatro veces al año que las programaciones les permiten. Esta,
mi segunda vez en menos de un año con TriEZ, fue la confirmación personal de que estamos ante una gran oportunidad para exportar al mundo Jazz de primer nivel sin necesidad de acudir al tópico flamenco. Músicos nacidos en Mallorca (Agustí), Alicante (Ramón) y Ferrol (Baldo) que, de contar con el apoyo necesario, podrían empezar a darle la vuelta al tradicional “no conozco el Jazz de España… bueno sí, el flamenco… Paco de Lucía” que responden los músicos foráneos en muchas entrevistas. Son tres músicos extraordinarios que saben jugar en terrenos de estructura fijada con la misma soltura con la que crean texturas y universos sonoros asombrosos en espacios abiertos. Capaces de hacer sonar mediterráneo el
We will meet again de Bill Evans (dedicado por Agustí a Raúl Mao, director de la ilustre y desaparecida en papel
Cuadernos de Jazz), de hacer volar un frenético moscardón con un encaje de bolillos rítmico y tímbrico asombroso o de despertar nuestro imaginario africano con apuntes melódicos y sonoros en el piano de Agustí o con la kalimba en manos de Ramón. Todo ello en una montaña rusa emocional y sonora que iba del recogimiento más absoluto al estallido orgiástico de líneas entrelazadas y capas sonoras de gran poder y densidad. “Nunca había escuchado algo así”, me confesó impactado un guitarrista asistente al cursillo nada más acabar la actuación. “He estado en muchos conciertos en mi vida pero este ha conseguido un lugar en mi corazón”, expresó una mujer entre la verborrea que desata la excitación eufórica
de un recital así. Esa es la grandeza de la Música, no la de las cifras de asistentes.

Jan Bang
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Lolo Vasco (www.heinekenjazzaldia.com)
A los habituales recintos de la Plaza de la Trinidad o el Auditorio Kursaal (además de las carpas playeras de la Zurriola) se sumó este año el renovado Museo de San Telmo con sus muy diversos espacios. Conciertos de medianoche programados con diferencias horarias de apenas quince o treinta minutos que, por lo tanto, se solapaban. De antemano las entradas estaban agotadas y, sin embargo, muchos espacios semivacíos. El abono daba acceso a todos ellos pero no existían entradas individuales para cada actuación. Un error que debería corregir el festival para próximas ediciones. Resulta lógico pensar que el nombre de John Scofield llene el claustro y que el de Jan Bang palidezca ante el peso de la fama si tiene que jugar a la misma hora y para el mismo público. Así centenares de espectadores intentaban descifrar la música del guitarrista en la maraña acústica del claustro (hermoso espacio… para contemplar) mientras apenas una treintena procuraba ganarse el cielo en la iglesia con la electrónica estática de Jan Bang junto a músicos tan relevantes de Noruega como el trompetista (o intérprete de
Shakupeta o Trompehachi) Arve Henriksen o esa debilidad personal llamada Sidsel Endresen. No sólo la “lucha” era desigual sino que el espacio sacro se veía frecuentemente profanado por los ecos del concierto de Scofield por lo que el efecto hipnótico de la música de Bang se perdía en una lamentable mezcolanza sonora. A su vez René Marie hacía lo suyo en otro espacio ante, igualmente, unas pocas decenas mientras el reloj corría hacia un cuarto concierto programado una hora después del inicio del de Scofield y media hora de los de René Marie y Jan Bang. Así se llegaban a solapar hasta cuatro actuaciones para un mismo abono. ¿Y cuál era esa cuarta actuación? Otro concierto “secreto”, el de Agustí Fernández (piano) y Peter Evans (trompeta). Un extra para los ya sobreestimulados fanáticos del Jazz de San Telmo, inaccesible para el resto de mortales.

Agustí Fernández y Peter Evans
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Lolo Vasco (www.heinekenjazzaldia.com)
¿Tiene sentido programar un concierto a la una y media de la madrugada cuando uno de los implicados ha sido profesor de cursillo desde las once y media de la mañana y reanuda actividad pedagógica a las once del día siguiente? Peter Evans preguntaba a quien quisiera escucharle si lo de tocar a la hora de la
Teletienda era normal en España. Por fortuna para la salud mental del aficionado no es lo más frecuente (algún caso conozco), aunque tampoco lo es poder escuchar en este país propuestas como la suya. Así que si el precio por elevarse a los cielos (de manera inversa a la propuesta por Jan Bang) era trasnochar, valía la pena odiar el despertador a la mañana siguiente. ¡Y vaya si mereció!
Peter Evans y Agustí Fernández debutaban como dúo (existe el
precedente de trío junto a Mats Gustafsson) y, por supuesto, no hubo ensayo previo. Ambos son maestros de la música sin red, del más difícil todavía. Agustí acumula ya un bagaje de años y años en el negocio (¡vaya! Nunca una expresión fue tan inadecuada) mientras Peter Evans es, como quien dice, un recién llegado que, sin embargo, ha puesto patas arriba las orejas de quien dedica tiempo de su vida a abrirse paso entre el espesor de propuestas del mundo de la música improvisada (llámese Jazz o como se quiera). Es Peter el trompetista técnicamente más dotado que servidor ha escuchado en su vida. Un portento, un extraterrestre, una locura con pistones que pone al servicio de la Creatividad, no de la pirotecnia. En reflexión del propio Agustí es lo
nuevo frente a lo antiguo, el nuevo relato de la música frente a lo ya contado. Haciendo abstracción de su abrumadora capacidad técnica Peter Evans es un inventor de sonidos, un explorador de los límites del instrumento, un espíritu gloriosamente libre que camina con la misma soltura en los terrenos del gamberrismo Hard Bop de
MOPDTK (que actuó en el mismo recinto en el día anterior) que en el barroquismo de los
Conciertos de Brandenburgo de Bach, que en la lectura de nuevas partituras de compositores de hoy o en la Libre Improvisación. Sobre este último parámetro Agustí y Peter condimentaron la madrugada más opípara que servidor recuerda en su vida. Un bombardeo de ingenio y frescura, de reacciones al milisegundo en las provocaciones del uno hacia el otro, de felicidad al ridículo precio (pero hoy tan cotizado) de la concentración. Mientras alguno se asomó al
durísimo ambiente del Salón de Actos (la colección de chorradas que uno puede llegar a leer en la prensa generalista de críticos (¿?) por un día no tiene límite) otros vivíamos el éxtasis de ser parte (porque escuchar implica ser parte) de la música propuesta por dos genios (creo que ellos no lo saben) que dieron toda su alma para trabajar a partir de una paleta que en sus manos y labios parece infinita. El problema es que si lo que uno aprecia es cómo
pellizcaban las cuerdas del piano y retorcían los sonidos de trompeta se está quedando en lo accesorio en vez de ser consciente de que eso es irrelevante; que lo fundamental se aprecia con los ojos cerrados y eso es la Música; se cree ésta con los dedos sobre las teclas del piano o pellizcando las cuerdas. Y es que los
atrevidos somos capaces de disfrutar tanto del estatismo de Jan Bang como del nervioso coleteo de Peter Evans y Agustí Fernández sin salir corriendo de allí para buscar un
mantra sónico de pura calma; porque levitar se levita de muchas maneras y no siempre de la más evidente.
Carlos Pérez Cruz
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