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Vivimos un presente de contrastes para la
música. Los discos no se venden y las descargas legales son las
menos frente a una mayoría de consumidores (¿oyentes?) que los
“bajan” gratuitamente sin pensar en las consecuencias
perniciosas para el que se dedica a estudiar, pensar, componer,
ensayar, grabar, etcétera. En el mundo del Jazz las ventas
siempre han sido mínimas pero al menos la presentación en
conciertos permitía vender - cuando el espectador está
en caliente
- algunas copias con las que ir pagando los costos de
producción. Ya ni eso, si el disco está “colgado” en la red.
¡Los músicos en el escenario!, gritan los pata de palo. Ale,
todos a tocar conciertos para poder sacar algo de pasta cuando
las grabaciones ya no las dan. Pero, ¿hay dónde tocar? Sí,
claro, siempre ha habido escenarios dispuestos pero la situación
de crisis económica que dicen vivimos en el presente encuentra
en la cultura siempre un fenomenal chivo expiatorio para los
recortes presupuestarios. Así se busca cómo abaratar el
“producto” de directo y si
hay que reducir plantilla sobre el
escenario se reduce. Supongo que dentro de poco los pata de palo
promoverán que sea el músico quien se pague el escenario, que
para algo su dedicación es un hobby, ¿no?
Y así se encuentra uno con la infrecuente circunstancia de que
en apenas cuarenta y ocho horas, en dos ciudades tan próximas
como Vitoria – Gasteiz y Bilbao, tengan lugar dos actuaciones de
hondo calado jazzístico. Pero, decía, vivimos un presente de
contrastes y a la buena nueva de poder escuchar el proyecto ¡Mingus
Vive! se le une la incredulidad (es un decir) por conocer que la
actuación de este octeto de excelentes músicos ibéricos es la
segunda de un proyecto que se estrenó… ¡hace más de un año!
Claro, son ocho, ocho son multitud y estamos en tiempo de
reducciones drásticas del presupuesto… salvo para los musicales,
que molan y se vende todo. Así lo peor que se puede decir del
proyecto ¡Mingus Vive! es que le faltan unas cuantas horas sobre
el escenario (rodaje, que le llaman) para poder encajar las
complejas piezas del puzzle musical de todo un maestro del
contrabajo y la composición que fue Charles Mingus. Porque no
resulta sencillo asimilar en apenas un ensayo de reencuentro,
tanto tiempo después, la esencia de una música que despide por
todos sus poros un aroma de clasicismo y negritud (de cine
negro, aunque la piel de Mingus también lo fuera) que sin
embargo no pierde con el paso de los años actualidad, modernidad
(seguramente mayor que gran parte de la música que se imprime
hoy en Jazz), ni irreverencia. Es una música viva, exigente para
el intérprete, nerviosa y cálida, incisiva e incluso cómica en
la crítica como ese Fables
of Faubus - composición dedicada al racista gobernador de
Arkansas Orval Faubus - que abrió la velada.
¡Mingus Vive! tiene el atractivo de
contar con tres contrabajistas en su formación aunque el
misterio de su encaje se resuelve en un reparto de papeles que
lleva a dos de ellos a descansar cuando es un tercero el que
lleva el peso de la música. Así estructura el concierto en tres
bloques en el que cada contrabajista lleva la dirección y
arreglos de la música de Mingus. Eso sí, en dos versiones sonó
el octeto al completo, en el tema de inicio (el mencionado
Fables of Faubus) y en el de cierre (el festivo
Boogie Stomp Shuffle).
Los contrabajos de Chastang, Vilà y Martínez reparten funciones:
mientras uno lleva el pulso rítmico los otros se convierten en
voces del background musical de los arreglos. Si hay solos del viento o del
piano se distribuyen los solistas. La coincidencia de los tres
vuelve a producirse en el bis final en el que los “de las cuatro
cuerdas” (como describió Baldo a los contrabajistas) salen en
solitario al escenario y desenchufados luchan por coordinar
tempos y solos con una versión de
Noddin ya head Blues
de tono crepuscular. Y hay una cuarta ocasión en que los tres
coinciden en escena: durante el segmento del concierto que
comanda Baldo Martínez. Y es posible que en ese momento del
concierto, en la versión de
Goodbye Pork Pie Hat, el proyecto ofrezca sus mejores virtudes
distintivas. Porque si el tono general de ¡Mingus Vive! está
determinado por un respeto casi escrupuloso a la escritura
original de Mingus, Baldo Martínez afronta esta composición con
la inédita (en mi memoria) formación de tres contrabajos y el
saxo tenor de Víctor de Diego. Chastang, Martínez y Vilà van
construyendo poco a poco,
mediante
la distribución de funciones rítmicas y armónicas y combinando
arco frotado y pulsación, la estructura sobre la que el
saxofonista desarrolla la melodía y su posterior solo. Ya sólo
por el original planteamiento del arreglo, por su búsqueda de
una nueva perspectiva tímbrica de la elegante elegía musical que
Charles Mingus dedicara al saxofonistas Lester Young tras su
muerte en 1959, merece la pena el esfuerzo de Baldo por aportar
un tono diferente al concierto. Él es de los ocho músicos el que
ha desarrollado una trayectoria más alejada de los patrones de
la ortodoxia del Jazz, quizá el contrabajista menos esperable
para un proyecto como éste y, sin embargo, el que supo aportar
ese punto diferencial a un proyecto que como memoria de la
música de Mingus tiene mimbres sólidos y al que, insisto, le
falta la (merecida) oportunidad (no está ni se la espera) de
desarrollarse para poder conocerse mejor a sí mismo y soltarse
más, para que los solistas puedan interiorizar el espíritu de
esta música y que los solos tengan una personalidad acorde a la
de la música que se interpreta en la que ahora prima el estilo
individual - del fraseo más clásico del trompetista Antonio
Ximénez (con un sonido redondo, hermoso, deudor de los grandes
clásicos de la trompeta de Jazz) al más próximo al Jazz
mainstream actual del
saxo alto de Mikel Andueza - sobre el colectivo. Lo que no
significa que ¡Mingus Vive! deba caer en la recreación
museística (¡¡por dios!! Para eso ya está Wynton Marsalis) pero
sí encontrar una identidad compartida y trabajada. En fin, no
pierdo de perspectiva que era su segunda actuación… en más de un
año; actuación dentro del marco del ciclo
365 Jazz Bilbao, ciclo
todavía joven pero que parece se afianza en su propósito de que
Bilbao tenga Jazz en condiciones dignas durante todo el curso. Y
es que, como dije, vivimos un presente de contrastes.
Bilbao no tiene Festival de Jazz al uso y sí lo tiene Vitoria –
Gasteiz que, sin embargo (contrastes, decía) no dispone de una
programación estable de conciertos de Jazz. Y el que tuvo lugar
apenas cuarenta y ocho horas después del bilbaíno se puede decir
que fue vitoriano de manera coyuntural. Durante el fin de semana
del 12 y 13 de diciembre se celebraron las
Primeras jornadas vascas
de saxofón, bautizadas como
Saxatak,
cuyo objetivo confeso es el de “aglutinar en sí mismo
actividades tan diversas como conciertos, workshops, proyectos
de creación, intervenciones urbanas o performances, entre
otras”. Así, con esa denominación, estas jornadas no son, per
se, vitorianas ni tampoco son estrictamente jazzísticas. Sea
como fuere la primera edición contó con la pareja Iñaki Salvador
(piano) y Mikel Andueza (saxo alto y soprano) para el concierto
de clausura. Aunque cualquiera pudo acudir el público era
mayoritariamente el de los propios participantes y familia.
Participantes, muchos de ellos, en proceso de formación:
saxofonistas adolescentes. Y la adolescencia carece de un
sentido del silencio (¿era yo así de adolescente?). Así que
servidor, que se situó en una preventiva primera fila, tuvo
severos problemas de concentración auditiva con el infante de la
fila anterior - monólogos interrumpidos, sólo puntualmente, por
la voz grave del padre; sonido del movimiento continuado y
nervioso de su abrigo - y con el ambiente general de la sala
que, si bien en líneas generales respetaba el necesario
silencio, contó con innecesarias aportaciones acústicas a lo que
sucedía en escena (¡cuánta pedagogía de la educación cívica
falta por hacer!).
En ella Salvador (que, por cierto, formó parte de aquel primer
concierto del proyecto en Madrid ¡Mingus Vive!) y Andueza
ofrecieron un repertorio de temas propios (dos de Iñaki, otro de
Mikel), dos versiones de música de Mikel Laboa (con quien
Salvador colaboraba con frecuencia y del que ahora se cumple un
año de su fallecimiento) y la versión de una esku dantza
(arreglo de Andueza) que dio lugar a una pequeña anécdota: Iñaki
Salvador comentó que Mikel había grabado un “precioso” CD sobre
música popular vasca del que procedía esa versión. Tras el
concierto, y después de preguntarle a Mikel por ese disco, me
enteré de que tal grabación existía pero que nunca se había
llegado a editar para sacar en CD. A Iñaki se le había ido el
santo el cielo (por no utilizar aquello de “ido la olla”) por lo
que aprovecho este texto para rectificar la información que
dieron en escena y que quizá llevó a decenas de espectadores a
correr hacia la tienda de discos a por él. Existe el master,
no el CD y, por lo tanto, tampoco la descarga para los pata de
palo (¿elementos para una posible regla de tres?).
La veteranía es un grado y se nota cuando dos músicos como
ellos, de ya larga trayectoria, afrontan un concierto que exige
mucha concentración para mantener pulsos rítmicos y armónicos,
especialmente para el pianista que, salvo en un solo a solas de
Mikel, acompañó en todo momento y llevó a cabo los suyos
propios. Ambos hicieron solo en cada uno de los seis temas pero,
lejos de resultar reiterativos, supieron combinar con acierto
momentos de un jazzismo
más puro (¿?) con otros de tono más melódico y popular, con
estructuras prefijadas pero abiertas a la dilatación y
contracción de los tempos (de las que especialmente disfrutó el
pianista). Con una suerte para el espectador: la ausencia de
sonorización que permitió disfrutar del sonido original de ambos
instrumentistas que leyeron la música con brillante precisión y
empastaron sonido y tempos con soltura. Un concierto que me
permitió descubrir la filiación
garbarekiana de
Andueza, tanto en el título de uno de sus temas,
Jan Steps (dedicado a
Jan Garbarek; juego de palabras del
coltreniano y clásico
Giant Steps),
como en el sonido buscado en algunos momentos tanto con el saxo
alto como con el soprano aunque sin caer nunca en la imitación,
siempre pequeños detalles dentro de un estilo que no es el del
noruego y que tiene en Mikel querencia por fraseos de largo
desarrollo; una actuación que me permitió el reencuentro años
después con Iñaki Salvador, un pianista con notable capacidad
para armonizar con bellos arreglos (sobre la marcha) sus solos y
conseguir afectar la improvisación del espíritu fundacional de
la música de la que se hace versión, siempre con un tono que
apela a la nostalgia pero que nunca languidece y que no renuncia
en ningún momento a una concepción que no por lúdica es menos
profunda.
Y así después del concierto un joven músico que se encontraba
entre la audiencia les sugirió sacar un disco a dúo. Ambos
reconocieron haberlo pensado pero… ¿quién lo compraría? “Yo lo
compraría”, dijo él. Perfecto, pensé, luego me lo pasas y me lo
copio.
Carlos Pérez Cruz
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