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Lanzo la moneda al aire
y… ¡al concierto! Ha salido cruz. Hace años que procuro
evitar sufrir con las esporádicas actividades jazzísticas que
se celebran en la ciudad de Iruñea – Pamplona. Esta vez
concedo la decisión al azar de la moneda y me encamino al… no
sé cómo describirlo. Oficialmente es un edificio universitario
de comedores. ¡Eso es lo que es! Un edificio de comedores. Ni
un auditorio, ni una sala de cámara, ni siquiera un aula magna,
aquí el universitario deglute a diario. Tengo especial interés
por escuchar a ese guitarrista llamado Joel Harrison que
descubriera con su estimulante encuentro de Jazz y música
Country en Free Country (ACT – 2003). Su concierto en
cuarteto comparte nominal liderazgo con el violinista Christian
Howes. Programado a las siete, a las siete las puertas permanecían
cerradas. Una vez abiertas recuerdo uno de los motivos que me
alejaron de este mini ciclo hace años. El improvisado escenario
se sitúa frente a una hilera de mesas alargadas a cuyos lados
están situadas las sillas, fijadas al suelo y con limitada
capacidad de giro. Eso significa que en cada mesa una de las líneas
de sillas queda inhabilitada para su uso en el concierto, a no
ser que se prefiera permanecer mirando al personal en vez de a
los músicos (quizá aquí le viniera a Abbas Kiarostami su idea
para la película Shirin). Me sitúo en primera fila,
para evitar unas cuantas de charlatanes (ya se sabe que el Jazz
es música para beber y gritar), espero y espero, saludo a
conocidos, aguardo mi porción del rancho (¡despierta Carlos,
es un comedor pero ahora no sirven comida!) y sigo esperando. Lo
inexplicable es que cómo pasados veinte minutos de la hora hay
quien entra tan tranquilo. ¿Cómo sabían lo de los más de
veinte de retraso? Nadie explica nada pero a nadie parece
importarle.
Sin mucha más referencia que esa grabación mencionada de
Harrison me dispongo a la escucha. Iniciados los primeros
compases, y todavía abrumado por el impacto súbito del volumen
y los graves (imagino que cuando Howes nos preguntó por el
sonido habría alucinado con el “great” general), un grupo
de jóvenes hace notar su llegada. Arrastran unas sillas
(imagino que no las habrán arrancado, aunque tal y como está
Bolonia…) hasta situarlas a conveniencia detrás de mi fila,
por delante de la siguiente mesa (y sus correspondientes e inútiles
sillas Kiarostami). ¿Qué hago yo aquí? Maldigo la moneda de
mi suerte pero, ya que estoy, ejercito mis habilidades de
aislamiento social (tan y tan trabajadas en múltiples
proyecciones cinematográficas). El concierto comienza frío, yo
estoy frío, el local es frío, y lo que es peor, sospecho que
la música está cogida con pinzas. Se percibe cierto desajuste
desde el escenario, miradas de incógnita sobre lo que suena
resueltas, sin embargo, con la capacidad de maquillaje que se
les supone por bagaje. No es una música fácil para una primera
vista la que firma Harrison (la mayoría de composiciones del
concierto son suyas) y la sospecha de falta de rodaje es
permanente. Cierto es que baterista y bajista, jóvenes
productos de la academia Berklee, han llegado casi por los pelos
al concierto desde Nueva York (aterrizaje en Madrid y carretera
hasta el viejo Reyno, nos cuentan) y se les puede suponer un
tanto desorientados aunque, en el fondo, cumplen (Berklee estaría
orgulloso). Una segunda sospecha es que ambos forman parte
colateralmente del proyecto (si es que este existe como tal),
reclutados al grito de: ¡Chicos! Nos vamos a Europa. ¿Alguien
se quiere venir?
El concierto responde en parte a la idea previa que tengo de
Harrison y del toque Country de su música. El uso del violín
ayuda a reforzar el terreno de lo tradicional y, sin embargo,
las composiciones devienen en largas progresiones de gran poder
rockero subrayadas por largos solos de Howes que utiliza de
manera frecuente la distorsión guitarrera para su violín (esos
juguetitos). Todo gira en torno a Harrison, sus miradas
delimitan solos y posibles despistes, sostiene la música cuando
esta parece estar en mayor peligro y la hace caminar. El fraseo
conjunto de guitarra y violín, cuando este no utiliza distorsión,
tiñe de vaquero la música. Sin embargo cuando Howes
distorsiona el concierto discurre por parámetros de purito
Jazz-Rock sustentado a su vez en la contundencia del baterista
Jordan Perlson (amigo Perlson, esas miradas de Harrison pedían pianissimo)
y en la adecuada función que un bajo eléctrico, el de Evan
Gregor en este caso, ofrece a la música que así viste. Cuando
los temas se abren, cuando se puede olvidar el solista de los
juegos rítmicos del Harrison compositor, la cosa se templa en
el escenario y se calienta en el público. La dinámica se
reitera en muchos de los temas: del jugueteo inicial ya sea por
medio de notas largas de guitarra y violín (buscando la
correspondiente tensión armónica) sobre una nerviosa base rítmica
de la batería o de una exposición más melódica y tradicional
(en el sentido vaquero y baladista de la palabra) se pasa a
territorios más atmosféricos que, in crescendo,
devienen en largos solos de los dos líderes nominales hasta
volver a la reexposición temática. Ortodoxia conceptual, no
por ello menos meritoria si es personal. Y me resulta tan
admirable la precisión de los jóvenes bostonianos,
especialmente del baterista, como falta de expresión personal.
No es una novedad viniendo de la fábrica de jazzistas por
excelencia.
Entre
música y bromas (“Después de que durante ocho años nos
insultaran por Bush en Europa espero que ahora con Obama
cambie”, dijo Harrison) el cuarteto regala algo más de hora y
cuarto de música de agridulce regusto. Harrison compone
bien, tiene muy claro su concepto musical y es un guitarrista
notable pero este cuarteto parece más para la ocasión que un
proyecto de enjundia (o al menos verde para salir de gira).
Aunque visto el comedor no era como para exigencias de gourmet.
Por Carlos Pérez Cruz
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