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El escritor se
enfrenta al folio en blanco. Es un folio de anchura ciertamente
reducida pero de una longitud estimable. Cuando la idea surge
desafía al blanco y lo perfora, desciende por él agujereándolo
hasta alcanzar un final. Nuestro escritor no imprime letras
sobre el papel, ni siquiera escribe braille. Su escritura
perforada necesita de una pequeña cajita de música para ser
leída. Así introduce el folio por la estrecha ranura de la caja,
ésta lo retiene y comienza a girar una manivela que parece de
juguete. El papel camina y atraviesa el interior de la cajita.
La historia comienza a sonar y el folio que la contiene inicia
su descenso por el otro lado. Lo que queda por contar asciende
lentamente hacia la caja; lo ya dicho cae hacia el suelo con la
misma lentitud del ascenso. La historia llega a su fin y el
papel queda suspendido. Ha sido un cuento breve, una canción de
cuna, un cuento de hadas. De pronto la historia vuelve a
contarse pero el papel que la contiene permanece inmóvil. ¿Será
cosa de un mago? Es la misma historia, sí, pero con nuevos
escenarios y personajes, distinta cada vez aunque siempre la
misma. Nuestro escritor, nuestro mago del sonido, apoya sobre
sus piernas una zanfona, su instrumento de escritura principal,
y como si de un palimpsesto se tratara reescribe. Hay dos
niveles de narración: El argumento original que nos leyó la caja
de música y la reescritura que realiza la zanfona. La primera
permanece, la segunda nunca más volverá a ser contada así. Como
si convivieran la narrativa escrita y su transmisión oral.



© Carlos Pérez
Cruz
La descripción del párrafo anterior
(contraviniendo las normas que indican que no se debe utilizar
una crítica para hacer “poesía”) tiene su justificación al
hablar de un músico como Germán Díaz. Zanfonista, sí, pero
también contador de historias. Las cuenta con la zanfona pero
también con otros instrumentos de manivela, esos que necesitan
de una para sonar porque de otra manera no sabrían. En la
iglesia de Otazu (Álava), muy cerquita de Vitoria-Gasteiz -
aunque la ciudad no se dejara ver rodeado como estaba el pueblo
por la noche -,
nos
convocó Díaz para contar las historias que antes pudimos
escuchar en su Pi – Música
para manivelas. Historias propias y ajenas, las que narraron
en su día autores como Anouar Brahem, Valentin Clastrier o
Richard Galliano. Son cuentos hipnóticos, capaces de hacernos
olvidar que el ambiente helador del interior sacro apenas se
diferenciaba de la gélida noche de otoño que azotaba fuera.
Estábamos todos tan ensimismados que sólo fuimos conscientes del
frío cuando Germán nos convenció de que había terminado (nadie
se movió después del bis y de que Díaz hubiera abandonado el
altar-escenario; tuvo que salir para comunicarlo). Pero mientras
las ganas de escuchar pudieron con cualquier inconveniente. Y
fue generoso en la narración, dadas las circunstancias.
Germán Díaz es una voz singular con un
sonido plural. Con un poco de ayuda electrónica (la magia
siempre es magia) hace sonar la caja de música o el órgano de
barbaria (éste también lee cartones perforados) y los registra
mientras para que después, con un golpe de pedal, vuelvan a
sonar sin necesidad de girar sus respectivas manivelas. Así
primero escuchamos los cimientos de una historia que crece
después con la improvisación que desarrolla con la zanfona. Pero
no siempre es así, en ocasiones es la propia zanfona la que
suena, graba y reproduce los sonidos sobre los que improvisa. Y
son cuentos que tienen siempre, pese a su modernidad, un halo de
antigüedad que es parte de la magia del instrumento. Si la caja
de música nos retrotrae a la infancia (¡aunque yo no tuviera
ninguna!) o el órgano de barbaria nos recuerda a un acordeón (no
obstante su mecanismo es en parte semejante), la zanfona
consigue barnizar de Historia las notas que el intérprete recrea
con ella. Su sonido pertenece al de esa serie de instrumentos
que, como la nyckelharpa o la alboka, llevan consigo de manera
inevitable la imaginación a otros tiempos quizá imaginados. Pero
aunque eso sea así no quita para que Germán sea capaz de
expresarse con la zanfona como quiera y en el contexto que él
quiera. Ya le hemos escuchado con jazzistas como Antonio Bravo (Músicas
populares de la Guerra Civil) o Baldo Martínez (Cuarteto acústico
o el
Projecto Miño) y eso
quiere decir que el límite del instrumento no está en el
instrumento mismo sino en la mentalidad del intérprete. Y la de
Germán Díaz es una mentalidad abierta que podría asemejarse a la
de un jazzista (¡ojo! ¡¡Músico de Jazz y mentalidad abierta no
son conceptos unívocos!!) aunque más que un género le define un
concepto: creatividad. Es capaz de generar música de los
elementos más insignificantes y la desarrolla con una facilidad
pasmosa. Es de los que hace parecer muy fácil aquello que toca,
aunque en esa facilidad se escondan horas de trabajo y de
escucha (quizá la parte más obviada con frecuencia en la
formación de un músico). Parte de ritmos tradicionales, busca
las sonoridades extremas del instrumento, lo percute, crea
loops y sobre ellos improvisa (bajos, ritmos…). Está facultado para
emocionar y hacer contener la respiración con lo que crea. Es
capaz de mantener en vilo al oyente hasta la última resonancia
de la última nota de cada composición/improvisación. Recorre el
teclado de su zanfona con la musicalidad de un Keith Jarrett en
el piano, trabaja las cuerdas para obtener los efectos que, por
ejemplo, un Baldo Martínez con el contrabajo (frotación de las
cuerdas) o que un Pat Metheny con la guitarra cuando esta suena
a pequeña arpa (pulsando las cuerdas de su zanfona). Su mundo
musical es tan amplio que no merece la pena reducirlo a una
estética concreta. Es mejor dejar que su música siga escribiendo
una historia propia al margen de lo que se supone que debería
ser. El siguiente folio en blanco espera para ser perforado. Y
promete, como la buena literatura... aunque lo suyo no sea un
best seller.
Por Carlos Pérez Cruz
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