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Qué extraños renglones los de la vida. Alguien que vive a miles
de kilómetros de distancia de mí - tantos que no sabría ni
calcularlos - fue quien apenas un día antes del concierto de Fred Hersch
utilizó las palabras precisas para animarme a hacer el
esfuerzo de viajar a Madrid a costa de una
notable pérdida de sueño (y de sajar un poco más mi cartera). Hay cosas en la vida –
no muchas, pero las hay – que no tienen precio y por las que
merece la pena hasta empeñarse. Y por escuchar a quien el
escritor Antonio Muñoz Molina definió con acierto como un
maestro secreto merece incluso la pena poner en riesgo la prima de
ídem. Y es verdad, Fred Hersch es un maestro consumado cuya
música callada es como un río que fluye subterráneo bajo el
maremágnum cacofónico del mundo. Asistir a un concierto suyo es
una cura de desintoxicación de la estresante adicción al ruido
de nuestra sociedad. Una gran ocasión – como él mismo me dijo,
no sin cierta ironía – de apagar los móviles y desengancharse
del iPad (¿alguien conoce una terapia de desintoxicación que
sólo cueste 20€?). De hecho uno tiene la sensación de que en el
mundo de su música resulta inconcebible la propia existencia del
teléfono móvil e iCacharritos con millones de aplicaciones (tan
inconcebible como imaginar que un espectador se dedicara en un
concierto así a enviar fotografías del tipo “¡mira dónde
estoy!”, esa gran y estúpida enfermedad que ha contagiado
incluso a periodistas musicales).

Fred Hersch, John Hébert y Eric McPherson
(Madrid 16/11/2011)
©
Raúl
Mao
Fred Hersch es un secreto. ¿Ayudará este concierto a que se le
conozca un poco más?, preguntaba Raúl Mao, director de
‘Cuadernos de Jazz’, cuando del escenario ya vacío emanaba
todavía un calor como de salita de estar. Y uno miraba al
auditorio y pensaba que si mañana se repitiera la actuación
vendrían todos los que vinieron y más, porque el boca a boca lo
haría inevitable. Hersch es como una de esas películas pequeñas
que permanecen en pantalla semana tras semana porque su belleza
trasciende la parafernalia publicitaria y su único
marketing es su humanidad. Alguien tan sensato en la expresión de
sus ideas como en su expresión musical con el piano. Un
enamorado de la melodía y de la sutileza, un creador de
silencios mediante el sonido. Un pianista cuyo clasicismo con
ecos de Bill Evans no impide que su música tenga el impulso de
la prospección, de la exploración de formas abiertas más allá de
la estructura. Resultó estimulante el juego de enredos entre el
Lonely Woman
de Ornette Coleman y el
Nardis
de Bill Evans y Miles
Davis, que inició Eric McPherson con los timbales como si de un
ritual circular de invocación se tratara. Presentes los
espíritus de vivo y muertos, irrumpió ese monumento melódico
llamado Lonely Woman
en el piano de Hersch (¡ay la melodía! ¿La hay más hermosa?),
que de pronto era Nardis,
que de pronto era una mujer solitaria llamada Nardis. Ahí estaba
Hersch retando su modélico sentido de la melodía. Eso sí, con un
toque tan sutil que más que de percusión hizo del piano un
instrumento de cuerda frotada. De pellizcarla se encargó John
Hébert, otro músico de discretas dimensiones nominales pero que
mostró su valiosa polivalencia. Sobre su bajo se caminó, con su
bajo aportó texturas y timbres y agarrado a él voló libre en
varios momentos para convertirlo en una guitarra entre sus
manos.

John Hébert
(Madrid 16/11/2011)
©
Raúl
Mao
Se
pueden decir muchas cosas de la música de Fred Hersch y su trío.
Se puede uno solazar con la maestría colectiva o con la pericia
individual; como la del baterista Eric McPherson, capaz de hacer
un asombroso solo in crescendo de silenciosa intensidad. La necesaria virtud de la
escucha se manifestaba en su gestualidad pero sobre todo en la
reacción al instante a lo propuesto por Fred y John, además de
por su propia capacidad de sugestión rítmica, en muchas
ocasiones más compleja de lo que la fluidez resultante podría
sugerir. Mucho se puede decir, en efecto, pero sobre las
cuestiones técnicas de la música del trío y sobre las cualidades
individuales sobrevuela algo mucho más relevante: una emoción
embriagadora, la de aquellas cosas hechas con tal dedicación y
concentración que parecen pura artesanía, que reclaman la más
gozosa de las atenciones. Y así Hersch logra no sólo acallar la
mundanal cacofonía sino que convierte en ridículo el debate
entre melodías de nuevo cuño y
standards.

Eric McPherson
(Madrid 16/11/2011)
©
Raúl
Mao
Es tal la
capacidad de absorción que Fred Hersch hace de los sentidos, de gestar un estado de
hipnosis colectiva, que lo mismo da que uno pueda tatarear de
memoria la melodía de un tema de Cole Porter, que sea como
Whirl una composición
de su propia firma dedicada a una bailarina (y vaya, fue
explicarlo y la bailarina danzaba a su alrededor) o una habanera
bautizada Mandevilla
la que lo inspire. Todo pasa a formar parte de un universo que
surge de su piano callado, de ese piano-arpa que contiene la
respiración del respetable hasta que levanta el pie del pedal.
Sin impostación, sin gestos para la galería, con los ojos
cerrados para viajar con la música, con una apabullante
sencillez que le permitió jugar al gato y al ratón en un
circense Skipping para
hacerme creer que detrás de aquella improvisación de
apariencia monkiana se escondía Bach (quién sabe, quizá allá
arriba hayan hecho buenas migas). ¡Tanto y tan bueno! Y en esas
estamos que el concierto acaba, el público se derrite, aparece
Hersch disfrazado de
Valentin y… ¡zas! El corazón hecho trizas. Lo que faltaba.
El Fred Hersch del piano solo que me tiene secuestrado con su
Alone at the Vanguard
pone lazo al regalo de una noche en Madrid con una composición
que de tanta belleza aplaudí sólo para constatar que mi yo seguía
teniendo estado físico.
El secreto de ese maestro
secreto de Muñoz Molina ya lo es un poco menos. Lo
desvelarán los muchos que esa noche lo descubrieron y se
llevaron como testimonio de fe un extraño artilugio llamado
disco que el propio Hersch se ocupó de vender al salir. Será
menos secreto, seguro, pero la arrolladora serenidad de su
música, la laboriosa artesanía de su trabajo, la compleja sencillez de su
Arte, le aseguran un lugar privilegiado en el Olimpo de los
dioses de otro mundo. No de este.
Carlos Pérez Cruz

Fred Hersch Trio
(Madrid 16/11/2011)
©
Raúl
Mao
PD:
Mi reconocimiento, cariño y admiración a María Antonia
García y a Raúl Mao, directores de ‘Cuadernos de Jazz’ y
representantes de Fred Hersch en su actuación de Madrid. Sin su
ayuda y generoso trabajo no habría sido posible mi asistencia al
concierto, la entrevista con Fred Hersch ni lo más importante,
la actuación del propio Hersch en Madrid. En esa vida en el
permanente alambre que es la del Jazz (en sus diferentes
vertientes) pusieron en riesgo su propia cartera – una vez más -
para hacernos un regalo que no tiene precio. Con la crisis como
excusa, el Festival de Jazz de Madrid (con fondos públicos) ha
decidido este año que todos
los músicos vayan a taquilla. Es
decir, cobren sólo la recaudación de las entradas, prescindiendo
del caché. Que los músicos, verdaderos protagonistas de un
festival de Jazz, sean los únicos (junto a sus promotores) que
no cobren por su trabajo es de un cinismo atroz. Hacer que los
músicos se jueguen su jornal a la ruleta de la fortuna es tanto
como obligarles a que de héroes de la supervivencia pasen a
mártires de la causa. What a wonderful world! |