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Vivimos un momento musical desconcertante
donde lo aparentemente nuevo suena viejo y los parámetros de
descripción crítica han llegado a puntos ridículos en los que se
recurre con frecuencia al prefijo post para tratar de
explicar la música de grupos de hoy que nos recuerdan
a los de ayer. ¿Cómo llamaremos a los grupos de dentro
de veinte años? ¿Los postpost? Es lógico que los de
hoy nos recuerden a los de ayer ya que todos
forman parte de una línea cronológica (quizá evolutiva más que
cronológica) que los músicos recorren
de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás continuamente.
Y al contrario que con el acto físico de caminar - en el que ir
hacia atrás cuesta más que avanzar - en música (en el arte
en general) dar un paso hacia adelante cuesta lo que diez para
atrás. Por eso tiene razón Ken Vandermark cuando asegura que la
música no ha dejado de evolucionar; hoy suceden cosas
impensables hace no tanto tiempo pero los medios de comunicación
siguen pensando (seguimos pensando) con la mente puesta en el
pasado, en formas de expresión musical que alcanzaron su cénit y
difícilmente pueden ser mejoradas (sólo repetidas), con
estructuras mentales que todavía no han asimilado como naturales
formas de hace cincuenta años y por lo tanto son incapaces de
analizar con cierta perspectiva las propuestas de hoy.
Es obvio, e insisto en ello, que el hoy parte del
ayer y que el mañana ya está presente hoy
pero nos cuesta mucho (me cuesta mucho) asumir que no es que no
esté todo inventado (probable) sino que la evolución no está
tanto en hacer nacer un nuevo estilo (normalmente los
estilos se fundan a partir de pequeñas variaciones sobre
lo ya existente) sino en ser conscientes de que los bagajes
siguen interactuando (hoy más si cabe en este tiempo
global) y generando sonidos que, aunque nos lo
parezcan, nunca antes escuchamos. Nos falta perspectiva
histórica, la criba del tiempo. Y nos falta libertad (es cosa
nuestra) para el análisis fuera de estructuras mentales
prefijadas.

Ken Vandermark, Paal Nilssen-Love y Lasse Marhaug
©
Jesús Moreno
Sirva este largo prefacio para contextualizar mi análisis de la
actuación de Fire Room; grupo de naturaleza incendiaria (en
honor a su nombre) y de intensa explosión creativa (permítaseme
empezar por lo más primario, por nuestros sentidos y su
percepción de un concierto así). Ken Vandermark es un ejemplo
claro de cómo un músico hoy puede aprovechar las
ventajas de la sociedad global y ampliar sus fronteras
mentales en contacto con músicos de otras latitudes. Lleva
muchos años haciéndolo y de ahí la ingente cantidad de proyectos
que hacen casi imposible seguir la totalidad de su carrera. Éste
le reúne con dos músicos noruegos: el baterista Paal
Nilssen-Love y Lasse Marhaug, cuyo instrumento llamamos
electrónicas como parte de nuestra (mi) limitada capacidad
del uso del lenguaje fijada por los instrumentos
tradicionales). Tres músicos cuya interacción a partir de
la improvisación es capaz de alcanzar momentos de sublime
unidad; tres fuentes de sonido que cuando confluyen son capaces
de generar un magma sonoro de increíble densidad en el que las
respuestas primitivas que se le suponen al diálogo sin
partituras quedan superadas por formas que necesitan de un
excelente dominio del instrumento, cultura musical (y general) y un altísimo
nivel de concentración y escucha para que el resultado sugiera
empatía al oyente. Así Paal Nilssen-Love, detenido, escuchaba
la propuesta de Marhaug y Vandermark. Rostro concentrado en el
que la gestualidad delataba una comprensión anticipada de la
voluntad de sus compañeros hasta que, de pronto, despertaba de
forma abrupta y se convertía en el sistema nervioso de un
cuerpo musical que se contorsiona compulsivamente como una
unidad tentacular. Un relato que no se detuvo en ningún momento
y que finalizó con la naturalidad con la que acaba una partitura
escrita. Y sin embargo no lo está y sigue siendo ésta una de las fascinaciones que despiertan músicos como estos, capaces de componer en directo sin que las ideas desfallezcan. Lejos de malabarismos innecesarios, siempre dentro de una lógica que se enfrenta a las limitaciones (puerta a su vez a un mundo de infinitas posibilidades) de la música que no tiene un sustento compositivo pero que se expresa en el lenguaje del caos armónico de la naturaleza.

Ken Vandermark
©
Jesús Moreno
Si el Orchestrion de Pat Metheny abre bocas (y
encuentra eco en los medios generalistas) por la
espectacularidad de su conjunción mecánica, un trío como Fire
Room las perpetúa en ese estado por su conjunción humana, factor
nada despreciable pero mucho menos apreciado en la sociedad del
parque temático y las gafas 3D. Una conjunción
que no lo es por su capacidad de repetir todos de manera
simétrica un mismo gesto (al modo de un desfile militar) sino
por, desde la disparidad expresiva, crear un todo
unitario. Y supieron cómo crear tensión y distensión, supieron
llegar a formas rítmicas definibles como descanso a la tensión
extrema de modos más abstractos; contrapunto en el resultado
global pero también en los momentos particulares en los que Vandermark y Nilssen-Love se contenían ante las contundentes
insinuaciones de Marhaug y viceversa, cuando la virulencia de
los dos primeros era compensada por una tormenta que se alejaba
en manos del electrónico.

Lasse Marhaug y Paal Nilssen-Love
©
Jesús Moreno
Está todo inventado (probable) y no es Fire Room ajeno a esa
premisa. Pero no conviene perder de vista que la evolución de la
música no depende de inventos ni de artificios sino de ser capaz
de seguir generando a partir de lo que ya está escrito en la
historia. Toda esa información está ahí para quien quiera
aprovecharla y desde luego que Vandermark, Nilssen-Love y
Marhaug la conocen y la aprovechan. Lo escuchado en Huesca fue
una inyección de cruda realidad musical. Un chute tremendamente
adictivo y optimista.
Carlos Pérez Cruz
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