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¡Qué suerte la mía! En tres meses he tenido
la fortuna de escuchar en dos ocasiones a este magnífico zanfonista vallisoletano llamado Germán Díaz. Siento debilidad
por los sonidos de la noche de los tiempos, por aquellos
instrumentos con una resonancia propia de nuestro imaginario
medieval: la alboka vasca, la nyckelharpa nórdica o la zanfona,
entre otros. Son instrumentos habituales en los contextos de la
música tradicional y del Folk pero que gracias a creadores como
Germán - que piensan simplemente en Música - se expresan ajenos a las posibles limitaciones que
toda etiqueta impone. Germán pertenece a esa estirpe de músicos
que no son de Jazz pero son más jazzistas que muchos ortodoxos
del gremio;
no sólo porque sea un excelente improvisador - que lo es - sino
porque el suyo es un lenguaje personal, una voz individual que
acoge las diversas influencias de todo aquello que forma parte
de su bagaje como oyente sin ser perceptible imitación alguna.
Hay un espacio muy amplio en el que habitan maravillosos músicos fronterizos
(que no híbridos) y en él se encuentra Díaz.
Compañero en este peculiar recorrido por el cancionero bélico
español el guitarrista Antonio Bravo ofrece el contrapunto a la
llamativa zanfona de Germán (y viceversa). Estamos más
acostumbrados a la guitarra eléctrica en contextos de
improvisación jazzística pero no por ello pasa desapercibido el sonido tan
cálido de este músico y su habilidad rítmica (como acompañante
de los solos de Germán y también durante los momentos en los que
la zanfona calla) además de un fraseo limpio e imaginativo.
Ambos tiran de ingenio a partir de una complicidad que con sólo
una mirada, un gesto de confianza, consigue cambiar el rumbo de
la música, que ésta fluya sin dificultad aparente; gestos que
transmiten bienestar entre el público que percibe que ellos se
lo pasan bien con una música que, despojada de su sentido
trágico, puede resultar amable a los oídos sin por ello caer en
el error de frivolizar con estas sencillas tonadas (como
Arrión, A las barricadas o La Internacional)
cuya pulsión belicosa se puede percibir en el trasfondo de
lo que ofrece la Brigada Bravo & Díaz. Resulta divertido
verles practicar con unos pequeños ventiladores de juguete, un
estropajo metálico, un pequeño aparato de radio o con el flash
de una cámara fotográfica aplicado a las cuerdas y a la vez
comprobar cómo se genera con ellos una sonoridad que nos
recuerda que detrás de las bravatas líricas de la época, de las
simples melodías de ánimo belicoso, hay una tragedia que
late bajo el aparente divertimento de este dúo.
Espacios para la expresión individual, mutuos acompañamientos
armónicos y rítmicos, creación de atmósferas etéreas que fluyen
hacia la claridad rítmica, diálogo de preguntas y respuestas
musicales o la creación de loops de grabación en
directo son algunos elementos que configuran la presentación en
concierto de las
Músicas populares de
la Guerra Civil que dos años atrás editaran
discográficamente. Mantienen la esencia del estudio pero con la
ampliación de espacios que permite el directo que, en su
actuación pamplonesa, fue ante un público aparentemente ajeno a
estos menesteres musicales: usuario del centro cívico, de edad
avanzada y probablemente atraído por una temática que podría
haber prefigurado la figura de un cantautor (no se hacía mención
a los instrumentos de la Brigada en los folletos informativos de
la actuación). No hubo heridos en el camino (y sí petición de
bis) a pesar de la intensidad creativa de la Brigada Bravo &
Díaz que, aunque transite terrenos plácidos en algunos momentos,
no se acomoda y se exige; y exige por momentos la complicidad
del oyente para poder disfrutar con sonidos que tienen la
necesaria aridez que esconde un conflicto civil tan serio y
penoso como
la Guerra Civil Española.
Carlos Pérez Cruz
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