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"Boleros
Flamencos"
El suave canto del piano interpretado por las manos de Bebo y el
desgarro en la voz ronca de "El Cigala" hicieron del
bolero un nuevo palo flamenco. Letras de amor y desamor características
del género subrayadas por el ágil, musical y sensible teclado
de Valdés y acompasadas por las ininterrumpidas palmas del
flamenco. Por detrás, la solvencia del contrabajo del pamplonés
Javier Colina, un cajero y la percusión del hijo pequeño de
Bebo, de la que quedó constancia en un ajustado acompañamiento
y en el lucimiento de los solos, medidos en su duración y
expresivos de las capacidades creativas individuales.
Salió primero Bebo Valdés, saludado con calor por el público,
en compañía del trío rítmico. Un baño de música caribeña,
preámbulo de la aparición de Diego "El Cigala", el
mejor cantaor flamenco en opinión del cubano. Gabon (buenas
noches): este escueto saludo en euskera fue respondido con
aplausos tras el agravio de la exclusión de la lingua
navarrorum en la velada inaugural de la víspera. Algún
inconveniente técnico en la limpieza del sonido de la voz, - el
típico golpe de aire de las pes amplificado por la megafonía
-, y una iluminación insuficiente del atril del piano, cuya
corrección suplicó con gestos Bebo Valdés, fueron las únicas
incidencias que estorbaron el clima de complicidad artística de
los músicos, de especial evidencia en las atentas miradas de
Colina al maestro Valdés.
Las propinas brotaron sin racanería. Bebo Valdés fue siempre
el primero en volver al instrumento. Valdés y "El Cigala"
crearon una pieza de intensa emoción a partir del Concierto de
Aranjuez, del maestro Rodrigo.
El público les despidió en pie. Sin lágrimas. Si las hubo, no
fueron negras sino blancas de limpia emoción.
Por Carlos
Pérez Conde
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